Fábula de los dos ratones

El perseguidor y su presa: Tom Hanks y Leonardo Dicaprio

CATCH ME IF YOU CAN (Atrápame si puedes, Steven Spielberg, 2002)

LA HONESTIDAD QUEDA BIEN EN LOS REFRANES, PERO SE AVIENE MAL CON EL DINERO. Como es bien sabido, las fortunas no se hacen trabajando. Esto debió pensar Orson Welles cuando dedicó su última película al falsificador de obras de arte Elmyr D’Hory (Fake, 1974), y otro tanto barruntó en 2002 el llamado Rey Midas de la industria del cine, Steven Spielberg, al llevar a la pantalla las andanzas de Frank Abagnale Jr., artista del fraude financiero que mantuvo en jaque al FBI y a las policías europeas allá por los años 60. Nuestro personaje no fue a Vietnam, pero recorrió medio mundo suplantando personalidades, ejerciendo profesiones sin título y extendiendo cheques falsos que él mismo fabricaba.

Catch Me If You Can (en español Atrápame si puedes) es la crónica cinematográfica de esa huida hacia adelante. Si los títulos de crédito con dibujos animados evocan las comedias semiserias de Blake Edwards, todo lo que viene a continuación es digno del último Mankiewicz, el que va desde Mujeres en Venecia a La huella, pasando por El día de los tramposos, que parece ser el modelo cínico escogido por Spielberg para contar (sin ningún cinismo y de manera muy blanca) la azarosa la historia de este timador cualificado.

Todo lo hizo Abagnale entre los 16 y los 21 años, de manera que la elección de Leonardo DiCaprio como protagonista ofrece poca contestación. Quien le sigue los pasos es Carl Hanratty, un sabueso del FBI al que presta su físico Tom Hanks. Como se demuestra a lo largo de la persecución, el halcón es infinitamente menos inteligente que su presa, pero tiene a su favor la paciencia y la tenacidad, además de un corazón de oro, que le llevará a redimir al delincuente poniéndolo al servicio de la lucha contra el fraude.

Tal y como nos lo cuenta Spielberg, Frank Abagnale es un joven que huye, engaña y estafa presa del pánico que le produce la separación de sus padres. Sus numerosos alias y cambios de profesión (doctor, abogado, piloto de líneas áeras), unidos a una constante movilidad y capacidad mimética, no sólo dificultarán su localización por parte de la policía, sino que le harán desarrollar un extraordinario instinto de adaptación al medio escogido. Spielberg no hurga en los deslizamientos de identidad provocados por este continuo transformismo, sino que deja que esa identidad múltiple se construya a partir de los acontecimientos que se van acumulando sin descanso en la experiencia del joven, lo que lo emparentaría con el androide infantil de Inteligencia artificial.

En el fondo, Abgnale es la variante perfeccionada de su padre (Frank Abagnale Sr., Christopher Walken), quien en su discurso inicial a los rotarios habla de la distinta suerte que corren dos ratones al caer en un cazo de nata. Uno se queda quieto y sucumbe; el otro se mueve sin parar y sobrevive. Pero el conferenciante no sigue su propio ejemplo y, desarbolado por la pérdida de su esposa, decide respetar la ley tras haberla transgredido al por menor. En mala hora. Viendo cómo su progenitor se convierte en víctima crónica de los abogados y de los inspectores de Hacienda, el joven Frank decide hacer lo que el segundo ratón.

Spielberg rueda toda su historia sobre el eje de esta parábola que para el protagonista se convierte casi en un articulo de fe; de hecho, con ella da gracias como comensal de la familia que lo acoge antes de su precipitada boda con una enfermera desdichada a la que, previamente, ha embaucado. Sin embargo, para un hombre perseguido no hay familia y es ese sentimiento de soledad y desarraigo el que Hanratty explota con el delincuente en sus conversaciones telefónicas, que siempre tienen lugar por Nochebuena. En la que para mi gusto es su película más lograda, Spielberg va aproximando con gran precisión a los dos sujetos de esta cacería humana, haciendo surgir entre ellos una tácita familiaridad producto primero del antagonismo y luego de la amistad. También divorciado, Hanratty no podrá ofrecerle su casa al joven descarriado, pero sí un despacho en el departamento de lucha contra el fraude del FBI: su hogar técnico, su familia de hecho.

Comos sabemos, Mr. Abgnale se convirtió luego en un ciudadano respetable. Dio clases en la Academia Nacional del FBI y abrió su propia página en Internet. En ella aparecen su lista de clientes y los servicios que desde 1967 presta la firma que dirige (Abagnale & Associates). Catorce mil instituciones financieras, corporaciones y agencias han recurrido a su programa de prevención de fraudes y compañías de los cinco continentes se ponen en sus manos para combatir a los innumerables amigos de lo ajeno. Respecto a su pasado, lo considera inmoral, dice que no se siente orgulloso de él, sino de los muchos años que lleva prestando su ayuda al Gobierno de los Estados Unidos, a sus clientes y a miles de entidades y consumidores. Su acto de contricción le honra, pero sin duda mucho menos que su capacidad para burlar al sistema haciendo agujeros por los que sólo podría pasar un ratón de inteligencia privilegiada. ♠

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