Idilio en Alfa de Acuario

Natasha MacElhone muestra sus estigmas a George Clooney en una escena de «Solaris» (2002), tercera versión de la novela homónima de Stanislaw Lem

SOLARIS (Steven Soderbergh, 2002)

ANTES DE DESAPARECER DEL MAPA CULTURAL, el escritor polaco Stanislaw Lem hacía una declaración inquietante: “No me asusta el futuro, ya que la muerte me impedirá ver lo que le aguarda al hombre”.

Sea lo que sea lo que nos aguarda (y no es difícil de adivinar), Lem vivió lo bastante para ver confirmados alguno de sus temores. Varios de ellos atraviesan su novela Solaris, publicada en 1961 y piedra angular de una serie de invenciones fantásticas que dentro de la literatura moderna solo tienen parangón con Las ciudades invisibles, de Italo Calvino.

Al revés que otros de sus relatos, Solaris ha tenido mucha fortuna en sus excursiones al mundo de  la imagen. Fueron los rusos quienes primero se interesaron por este hito de la ciencia-ficción: Boris Nirenburg y Lidia Ishimbayeva dirigieron en 1968 una película para la televisión soviética dividida en dos capítulos, una notable rareza que aún puede bajarse de Internet. Luego, sería Andrei Tarkovski quien en 1972 trasladaría a la pantalla su odisea espacial, granjeándose algunos problemas con el politburó, que le tenía en el punto de mira desde Andrei Rublev. Veinte años después Steven Soderbergh, ese inclasificable director norteamericano capaz de lo mejor y de lo peor, se atrevió a resucitarla. En las semanas previas al estreno, el director de Kafka insistió en que su película no era un “remake” de la obra maestra de Tarkovski y subrayó una y otra vez el carácter personal de su proyecto.

El filme le da la razón. No sólo hay muy pocos elementos transferidos desde el primer Solaris cinematográfico al segundo, sino que este posee vida propia. Soderbergh desarrolla a título personal una línea que Lem había esbozado en su libro y que Tarkovski expresaba con esa suerte de melancolía inconsolable que recorre todo su cine. Me refiero a la dolorosa historia de amor que el protagonista vive con el fantasma de su mujer muerta, cuyas visitas periódicas recibe en la estación espacial a la que ha acudido procedente de la Tierra.

Supongo que este será un débil atractivo para los amantes de los efectos especiales y las batallas intergalácticas, pero para mí es un argumento cinematográfico de primera magnitud, infinitamente más interesante que la exhibición de chatarra cósmica. Por otro lado, Soderbergh no hace demasiado hincapié en las características de ese extraño planeta que gira alrededor de dos soles y sobre cuyo oceáno protoplasmático gravita la destartalada estación. En su novela, Lem describía a Solaris como “un desierto sombrío moteado por destellos moribundos” y “olas fuliginosas” cuyo movimiento lento semeja las contracciones de la piel de un réptil; también como un mundo introvertido, una “entidad reclusa” alimentada de procesos psíquicos y corrientes de pensamiento confinadas en las profundidades de sus abismos pielágicos. Soderbergh limita su exposición a imágenes aisladas de un mar caleidoscópico.

El cineasta se centra en sus personajes y, sobre todo, en la pareja protagonista. Cuando Kris Kelvin (George Clooney) aterriza en Solaris se encuentra con una tripulación formada por un cibernético enajenado (Snow: Jeremy Davies), un físico recluido en su laboratorio (Gordon: Viola Davis) y un cadáver, el del científico Gibarian, que se ha quitado la vida unas semanas antes de su llegada. Pronto Kelvin recibirá la visita de otra suicida, su amada Reyha, nombre surgido de la inversión de las sílabas que componen Harey, por el que es conocida en la novela.

Y es en este enfrentamiento entre vivos y muertos donde Soderbergh juega su principal baza, la más emocionante y arriesgada dentro de una película que destaca por su equilibrada construcción. A su paso por la Tierra, Reyha (encarnada por la inquietante Natasha MacElhone) nos es descrita como una mujer compleja, con personalidad propia, que rechaza la vida gregaria y que lee a Dylan Thomas, motivos por los cuales es tachada de anómala, cuando no de loca. Hombre independiente, Kelvin se aferra a esta mujer única para vivir un romance igualmente único, realizado al margen del consentimiento general.

Como el propio Kelvin reconoce implícitamente, una relación así sólo puede ser vivida  fuera del mundo, lejos de todo y de todos. Quien le proporciona esta ocasión es Solaris. En la novela se dice que, para mitigar su autismo, el oceáno explora conscientemente a quien entra en su órbita. En una interpretación oscurantista de su naturaleza, alguien lo equipara con un enorme demonio que envía súcubos a los miembros de las expediciones científicas con el fin de atormentarlos. La realidad es aún más terrible: los visitantes son fantasmas de estructura subatómica, no ya alucinaciones sino criaturas simétricas copiadas por el planeta a partir de las huellas de memoria alojadas en el cerebro de los humanos. Ello explica que Reyha, nacida de los sueños y recuerdos de Kelvin (también de sus reproches y de su sentimiento de culpa), se comporte como una sonámbula incapaz de recordar nada que no sea la existencia inmediata, la última discusión, las caricias más recientes.

En su tercera colaboración con Soderbergh (tras las desastrosas Out of Sight y Ocean’s Eleven), George Clooney hace su interpretación más creíble y comprometida, pese a lo cual los medios de comunicación, siempre atentos a la frivolidad, sólo repararon en la exhibición de su trasero. La expresividad atenuada de Natasha MacElhone conviene a su misterioso personaje y convierte su elección en un acierto completo, como lo es la decisión del director de contar su historia en una “tierra de nadie”, un mundo alienado  y cosmopolita que tiene su contrapunto liberador en los yermos fantasmas de Solaris.

Está claro que el filme de Soderbergh no alcanza la altura vertiginosa del de Tarkovski (en mi opinión, y junto al 2001 de Kubrick, la mejor película de viajes al espacio de la historia del cine), pero es una obra de enorme interés, contada con el ritmo y los recursos adecuados: una hermosa historia de amor loco que, huelga decir, desentona ferozmente en estos tiempos desapasionados y correctos. ♠

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s