La comedia del amor

Björn Bjelfvenstam (a la guitarra) es observado de muy distinta forma por Harriet Andersson y Ulla Jacobsson, en una escena perteneciente al clásico del cine sueco producido en 1955

SOMMARNATTENS LEENDE

(Sonrisas de una noche de verano, Ingmar Bergman, 1955)

COMO EL DANÉS CARL DREYER, Ingmar Bergman arrastra fama de sesudo autor de dramas existenciales, llenos de preocupaciones filosóficas y graves interrogantes acerca de Dios. Se trata en ambos casos de una impresión apoyada en juicios peregrinos, limitada a un par de títulos famosos y, en cualquier caso, adoptada sin criterio por quienes no conocen bien la obra de ambos maestros, autores de espléndidas comedias, algunas de una belleza y sensualidad irresistibles.

Este es el caso de Sommarnattens leende (Sonrisas de una noche de verano), con la que muchos ponen fin a la etapa “rosa” del cineasta sueco, situado ya en el umbral de Fresas salvajes y El séptimo sello. Desde luego, nadie diría viendo esta película que Bergman, enfermo y de mal humor durante todo el rodaje, venía de acariciar la idea del suicidio, frustrado gracias a una excursión al lago Siljan en compañía de una joven de deteriorada salud que no frivolizaba con el proyecto de quitarse la vida.

El director de Juegos de verano nos emplaza aquí en la Suecia del cambio de siglo. Nadie está conforme con su pareja: Frederik Egerman (Gunnar Björstrand) conserva virgen a su joven esposa Anne (Ulla Jacobsson) con el fin de poseerla cuando el fruto de su relación madure; esta tolera mal que bien la infidelidad del marido, que retoma su vieja amistad con la actriz Desirée Armfeldt (Eva Dahlbeck), a su vez amante del arrogante conde Carl Magnus (Jarl Kulle), cuya mujer es la fiera amazona Charlotte (Margit Carlqvist),  enojada por las aventuras extramaritales de aquél. Complica la trama el hijo del primer matrimonio de Egerman (Henrik: Björn Bjelfvenstam), un joven virtuoso, seguidor de Lutero, secretamente enamorado de su madrastra pero tentado por la sirvienta Petra (Harriet Andersson), a la que le tira los tejos el cochero Frid (Åke Fridell).

Bergman concierta, pues, una ronda amorosa aprovechando el hecho de que todas las parejas están desconcertadas. Cercano a Ophüls y Renoir, el director sueco ofrece una comedia romántica en la que precisamente se desacraliza la idea del amor romántico. Es la caducidad de los afectos, el carácter mudable de los sentimientos humanos, lo que anima a las figuras de este teatro mundano. Con excepción de Henrik y Anne, todos están de maniobras amorosas y enarbolan la bandera de la infidelidad para enardecerse antes de la batalla que tiene lugar en el castillo de la anciana madre de Desirée.

Parafraseando el comentario que Egerman hace respecto a su amante, la película tiene la perfección de la que carece todo lo perfecto. Bergman convierte la inconstancia amorosa en un arte mayor, haciendo que Cupido sople a favor de los personajes cuando éstos han llegado al límite de su sensibilidad o están a punto de perder los nervios. Solo dos parecen escapar al peligro emocional: la castellana, por razones de edad, y el conde Magnus, que tras múltiples devaneos promete fidelidad a Charlotte “hasta que el gran bostezo nos separe”.

De principio a fin, la puesta en escena de esta ronda amorosa es admirable, pero quiero llamar la atención sobre el momento reservado a la cata de vinos en el castillo. Cada uno de los personajes se retrata por la forma con que sus manos cogen las copas y los labios apuran su contenido. Por sus gestos se sabe si el amor los ha saciado o si esperan la próxima cosecha de Eros. Una película sensacional. ♠

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