Lobos humanos

El hombre es un lobo para el hombre: uno de los impactantes fotogramas de la película rusa basada en el relato de Jack London Lo inesperado, publicado en 1906

PO ZAKONU (Dura Lex, Lev Kuleshov, 1926)

HE AQUÍ UNA DE LAS INJUSTICIAS DE LA HISTORIA DEL CINE. Lev Kuleshov, considerado uno de los realizadores más influyentes de la Unión Soviética, pasa a la posteridad como impulsor de un experimento de montaje, el llamado «Efecto Kuleshov«, de enorme repercusión en el lenguaje fílmico y que contó entre sus seguidores con Alfred Hitchcock.

Básicamente, Kuleshov demostró que el sentido dramático de un primer plano podía cambiar en contigüidad con otros, y que el rostro de un actor (el gran Iván Mozzhujin) ofrecía diferentes connotaciones si se lo relacionaba con las imágenes de un plato de sopa, de un cadáver en su ataúd o de una niña jugando con su peluche (elementos cambiados en las ulteriores reelaboraciones del experimento, cuyo original de 1918 se cree perdido). La importancia de estos y otros ensayos llevó a que Kuleshov fuera incluido junto a Eisenstein, Pudovkin, Vertov y Yutkevitch en el grupo de los teóricos soviéticos más influyentes, aunque en su expediente siempre pesó la destrucción de material de archivo en aras de sus trabajos de laboratorio.

Durante décadas, las aportaciones realizadas por Kuleshov a la semiótica del nuevo lenguaje hicieron olvidar que ante todo era un cineasta, quizá el más inclasificable e individualista del régimen soviético. Una prueba se encuentra en su película más famosa, Po zakonu (Por ley), también conocida como Dura Lex.

Con una temeridad sólo comparable a su ingenio, el director desoyó las directrices oficiales y se dedicó a adaptar uno de los relatos de Jack London, The Unexpected, ambientado en las heladas riberas del río Yukon. Allí va a parar un grupo de buscadores de oro compuesto por personas de distintas nacionalidades, entre ellos una inglesa, Edith (Aleksandra Khokhlova), casada con el sueco Hans (Sergei Komarov). La aparente armonía que reina entre ellos (Kuleshov los filma como si se tratara de una expedición científica, aplicada con humor a su tarea) se ve truncada cuando Michael Denning (Vladimir Fogel) pierde repentinamente el juicio y asesina a dos de sus compañeros. Lejos de la civilización, la pareja de supervivientes reduce al criminal, pero mientras Hans opta por matarlo, su esposa invoca la Ley. De este modo, el asesino y sus guardianes se ven obligados a convivir durante el invierno en una exigua cabaña cercada por los hielos y la crecida.

En vez de sumarse a la propaganda (salvo que se entienda por tal el cuadro de la Reina Victoria, colgado en la pared de la choza como símbolo de una cultura decadente y servil), Kuleshov dirige sus pasos en otra dirección, la más incierta y peligrosa de todas: el alma humana, acechada por el mal. Huelga decir que su guía en este viaje es un escritor que conocía el asunto de primera mano y que reflejó como pocos la devastación provocada por una violencia irracional, aliada en sus relatos con el frío, el hambre y el escorbuto.

No sabemos si Kuleshov tuvo también en mente Berg-Ejvind och hans hustru (Los prtoscritos), de Sjöström, y Greed (Avaricia), de Stroheim; o si le había dado tiempo a leer L’or, de Blaise Cendrars, publicada el año anterior. Lo que sí parece claro que en su odisea nórdica explora abismos que el cine soviético había evitado en favor de la exaltación de los mitos comunistas. Siempre interesado en la cultura norteamericana (O’Henry le sirvió luego de pretexto en Veliky uteshitel), Kuleshov se arriesgó a ser acusado de “desviación”, peligro que supo sortear gracias a sus buenas relaciones con la elite.

Hay algo más. En Dura Lex no existe rastro de determinismo, conductismo o fatalismo; ninguna interpretación científica de los hechos. Kuleshov borra las huellas que conducen hasta la psicología de sus personajes, aislados en un enloquecedor confín. En ese precario edén, hombre y mujer asisten a la representación del crimen original, perpetrado no por un Caín celoso, sino por un animal reducido a su expresión más tosca e insensata, un ser primitivo que actúa sólo guiado por un impulso ciego, destructivo. Por otro lado, al diferir técnicamente el juicio del asesino, los jueces se ven obligados a vivir con él, convirtiéndose en los tutores de una criatura a la que acabarán sentenciando tras investirse rudimentariamente con los atributos de la autoridad.

Si Kuleshov era sobre todo un artista satírico (y hay está para demostrarlo Las extraordinarias aventuras de Mr. West en el país de los bolcheviques, rodada dos años antes), en Dura Lex la sátira se congela y adquiere un rictus macabro. Es más, la austeridad glacial de la película deviene un argumento de peso para que Kuleshov escape de una vez por todas a su fama de ingenioso truquista y manipulador de imágenes. ♠

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