Salto de gracia

Jean Marais y Josette Day, en la fantasía cinematográfica dirigida por Jean Cocteau

LA BELLE ET LA BÊTE (La bella y la bestia, Jean Cocteau, 1946)

DEL FUGAZ MATRIMONIO ENTRE EL SURREALISMO Y EL CUENTO DE HADAS nació, en 1946, La belle et la bête, sin duda la película más famosa del escritor y director francés Jean Cocteau. Hasta tal punto se la considera una invención total que muchos atribuyen el argumento al propio Cocteau. En realidad, la historia original se remonta a mediados del siglo XVI, cuando en Centroeuropa corrían todo tipo de leyendas sobre homúnculos y criaturas antinaturales. Dos siglos después, Madame Leprince de Beaumont le dio forma literaria y no fue hasta principios del XX cuando el cine, concretamente la productora francesa Pathé, se acercó a la historia, recreada en 1908 por el pionero Albert Capellani y por Jean Cocteau tras la Segunda Guerra Mundial.

En un momento en el que el cine francés se zambullía en la glosa de la resistencia y en la exaltación de las clases populares a través del realismo, Cocteau huyó hacia los dominios de la fantasía. Retomaba así el hilo de su primer filme, rodado en 1929: La sangre de un poeta, en cuya esfera temporal y estética La bella y la bestia no habría desentonado. Tras dibujar bajo su firma la estrella de David, hermoso título de crédito, Cocteau se pronuncia en 1946 a favor de la imaginación creadora del hombre, contra la barbarie bélica.

La película nos cuenta la historia de una redención por amor, la que permite a la Bestia (Jean Marais) abandonar su fea envoltura animal y mudar en un apuesto joven gracias a la compasión y el afecto que le profesa la Bella (Josette Day). Cocteau propendía a lo apolíneo; y aquí lo apolíneo, dentro de un patrón de belleza eminentemente clásico, conlleva la salvación maravillosa del monstruo, algo que no sucede en extrapolaciones del mismo tema, como Nuestra Señora de París, El fantasma de la ópera o King Kong.

También respeta Cocteau la elemental división espacial del cuento feérico. De un lado, tenemos la casa del mercader arruinado, donde dos de sus hijas, Felicia y Adelaida, codician el lujo, ajenas a la quiebra de las finanzas domésticas. Frente al mundo real se alza la mansión de la Bestia, a la que se llega después de traspasar la frontera del bosque, idea retomada por M. Night Shyamalan en The Village.

Dentro de su ortodoxa interpretación del cuento clásico, Cocteau se revela honesto e imaginativo. Honesto, porque nunca se sitúa por encima del relato e incluso demanda del espectador un principio de credulidad infantil. Imaginativo, porque colorea de fantasía todos y cada uno de los elementos de la obra. Si la descripción de la casa del mercader evoca las telas de la escuela flamenca, cuyos pintores armonizaban lo intangible y lo visible, el surrealismo más naíf atraviesa el mobiliario neoclásico de la casa de la Bestia, poblada por objetos animados, espejos que permiten invocar, manos que escanden vino y brazos que emergen de la pared sosteniendo candelabros, un repertorio heredado de La sangre de un poeta.

No menos llamativa es la forma narrativa escogida por Cocteau, artista de lo aéreo. El director pasa de una cosa a otra, dejando un ligero rastro; no necesita agotar un momento desde el punto de vista dramático, sino que enlaza despreocupadamente con el siguiente. Un ejemplo: Felicia y Adelaida, que no pueden llorar pero que desean conmover a su hermana para sonsacarle el secreto de la Bestia, frotan sus ojos con cebollas; en el plano siguiente, ambas se materializan en el dormitorio de la Bella, a la que roban la llave que da acceso al pabellón de Diana y sus rutilantes tesoros.

La bella y la bestia es un sensual relato fantástico con aromas de danza. En la época de entreguerras, Cocteau había colaborado con los ballets rusos de Diaghilev y esa experiencia de los cuerpos ingrávidos se trasladaría a varios de sus films, en especial este, en el que la pareja escapa al cielo mediante un salto de gracia. Las soluciones cinematográficas de Cocteau nunca estuvieron libres de cursilería. La que cierra La bella y la bestia invita a dejar atrás el mundo y sus deformidades: liberados de su carga terrenal, los amantes se elevan hacia las alturas sin otro lastre que sus galas, mientras la cámara, anclada en el mundo, los ve subir hacia el paraíso de los cuentos, el único posible. ♠

2 comentarios en “Salto de gracia

  1. Hace dos semanas escuché a Ado Arrietta que «La bella y la bestia» es la primera película que recordaba haber visto. Fue en la presentación de su última película, «Bella durmiente», un fruto tardío de esa unión entre el surrealismo y el cuento de hadas.

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