Rosa entre zarzales

Bernadette Soubirous (Jennifer Jones) atrae a los primeros fieles hasta la gruta de Maissabelle en la producción 20th Century Fox con la que consiguió el Óscar a la mejor actriz en marzo de 1944

THE SONG OF BERNADETTE (La canción de Bernadette, Henry King, 1943)

“ALLÁ, A LO LEJOS, Bernadette, el nuevo mesías del dolor, aparece como la terrible lección, la ofrenda amputada al mundo, la víctima condenada al abandono, a la soledad y a la muerte, castigada con la desgracia de no haber sido mujer, ni esposa, ni madre, todo porque había visto a la Santa Virgen”.

Con estas palabras concluye Émile Zola su novela Lourdes, escenario sobre el que transcurre la historia de Bernadette Soubirous, la niña que en la Francia de 1858 dijo haber asistido a la aparición de “la bella señora” en la miserable gruta de Maissabelle. Su vida se narra en The Song of Bernadette (La canción de Bernadette), cuyo guion cinematográfico no se inspira, sin embargo, en Zola, sino en la novela homónima del escritor austriaco Franz Werfel, que fuera esposo de Alma Mahler y autor de algunos de los mejores relatos de la literatura centroeuropea de la primera mitad del siglo XX (entre ellos  uno que convendría leer hoy en las escuelas: La historia verídica de la cruz restaurada).

Pero no será con la coartada de Franz Werfel con la que defenderé esta película tachada de hagiográfica y piadosa, sino con la de su director, Henry King, ese “eficiente artesano” al que yo tengo por uno de los grandes maestros del cine estadounidense. Del cine, a secas.

El virginiano sabía que no tenía en sus manos una típica “vida de santo”, sino –vuelvo a citar a Zola– la de una rosa silvestre crecida entre zarzales. En el bello retrato que de ella hace King, Bernadette Soubirous (Jennifer Jones) aparece como una criatura que sin comprender el misterio de su existencia se aplica a ella con una fe limpia, ajena a la imposición de ese dolor con el que tantos cristianos (entre ellos la adusta hermana Marie Therese, encarnada de forma impresionante por Gladys Cooper) intentan ganar el reino de los cielos.

Pero la película, basada en un guion de George Seaton,  futuro director de Aeropuerto, no se centra solo en la experiencia de la joven Bernadette, más tarde convertida en hermana Bernarde. Henry King explora con inteligencia el complejo universo de intereses –políticos, económicos, científicos y religiosos– que se mueven en la órbita de la muchacha y de su mirífica visión. Esto es (o debería ser) evidente para todo aquel que vea la película despierto y no se guie por prejuicios, no digamos ya para quien haya transitado por la filmografía de este extraordinario director habiéndose zafado previamente de los tópicos recogidos en los manuales.

Con asombrosa fluidez, pasamos del hogar de los Soubirous (impresionante la muda escena inicial que describe el angosto habitáculo y el despertar del padre de familia, que sale al alba para buscar trabajo) a las populosas calles de Lourdes, y de estas a los centros de recreo donde las fuerzas vivas celebran sus concilios para ver qué rentabilidad pueden sacar al fenómeno local.

Habría redundado en beneficio del filme la supresión de algunos monólogos interiores (como el del arrogante fiscal imperial, doblegado por la fe de una desarrapada) y, sobre todo, la eliminación de los contraplanos que muestran a la Bella Señora aparecida a Bernadette. Sin embargo, la película es tan hermosa y admirable en todos los sentidos que uno no puede por menos de maravillarse ante la incomprensión que todavía hoy la rodea. Eso sí que es un milagro y no el de Lourdes. ♠

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