Y Dios dijo a Abraham

Aaron Hallam (Benicio del Toro) y Bonham (Tommy Lee Jones), combaten cuerpo a cuerpo en el clímax de La presa, una de las películas más físicas y vi0lentas de William Friedkin

THE HUNTED (La presa, William Friedkin, 2003)

EL SUEÑO DE LA GUERRA PRODUCE MONSTRUOS. Los próximos saldrán de los actuales conflictos, pero muchos fueron engendrados en los Balcanes. Uno de ellos responde al  nombre bíblico de Aaron, veterano norteamericano de la guerra de Kosovo, que fue condecorado por sus servicios en aquella matanza y que, una vez reintegrado a la vida civil, no pudo dejar de hacer aquello para lo que había sido preparado.

Aaron Hallam es el protagonista de The Hunted (La presa), película firmada por William Friedkin, un director interesado por las múltiples manifestaciones del mal, desde la posesión diabólica en El exorcista hasta el carácter mimético y perfeccionista del asesino moderno en Rampage (Desbocado), pasando por los poderes sobrenaturales que atesora la protagonista de The Guardian (La tutora. El otro punto de interés de Friedkin han sido las fuerzas armadas, y en concreto la policía, cuyos procedimientos y relaciones con el elemento criminal estudió con ojo clínico en títulos como French Connection, To Live and Die in L. A. (Vivir y morir en Los Angeles), Cruising (A la caza) y Jade.

Esas dos líneas del cine de Friedkin convergen en La presa, un nuevo episodio de  cacería humana en el que el perseguidor, un antiguo rastreador del FBI (L. T. Bonham: Tommy Lee Jones)  debe acabar con el soldado que su gobierno le ordenó adiestrar años atrás (Aaron Hallam: Benicio del Toro). Tal y como lo plantea el director, la única diferencia entre ambos es que el más joven participó en una guerra. Treinta y cinco años antes, Bonham rehusó alistarse para no aumentar el sufrimiento de su padre tras la pérdida de su hermano en Vietnam; Hallam es, presumiblemente, un desarraigado, un hombre sin familia, que fue adoptado por el Ejército y que una vez terminada su misión en Kosovo padece pesadillas relacionadas con su traumática experiencia en el frente. Al igual que otros veteranos, Hallam aparece y desaparece periódicamente de la “vida ordinaria”, como revela su relación con una joven  mujer y su hija, a las que visita en uno de los intermedios de su persecución, una grieta de vulnerabilidad abierta en su blindaje ético y humano.

Con la frialdad característica de sus “thrillers”, Friedkin narra los sucesivos capítulos de esta cacería en la que también participan miembros de los servicios de inteligencia norteamericanos (que planean el secuestro alegal de Hallam para hacerlo desaparecer) y agentes de la policia encabezados por una profesional eficiente (Abby Durrell: Connie Nielsen), cuyo única reacción emotiva será declarar la caza sin cuartel del proscrito tras haber asesinado a dos de sus mejores hombres.

En cierto modo, el director prolonga el discurso de su anterior filme, Reglas de compromiso, trasladando al espectador el deber de juzgar a los militares que sobrepasan la frontera moral trazada por un sistema que necesita defenderse a través de la violencia pero que, a la vez, intenta corregirla dentro de sus propios límites geopolíticos. En el caso de Aaron Hallam, la caza es un código regido por la ley de la supervivencia, principio que le fue inculcado durante su adiestramiento en los bosques. Cuando Durrell le reprocha la muerte de dos cazadores en las montañas de Oregon, Hallan le opone que al año se matan en las granjas cientos de miles de pollos y que podría llegar un día en que un animal superior apareciese dentro de la cadena alimentaria para hacer lo propio con el ser humano.

Esta es la única reflexión dentro de un filme que se mueve sólo en el terreno de la experiencia física, lo que no debe extrañar en un director como Friedkin, siempre alérgico a las explicaciones y que a lo largo de su carrera ha buscado ante todo el impacto en la audiencia (de forma muy inteligente, eso sí). Lo mejor de su película se encuentra en la descripción de una naturaleza húmeda y salvaje, vista como un monstruo acuoso indiferente a la suerte de los humanos que tratan de burlar sus trampas (algo que Friedkin ya intentó en Carga maldita, espléndido remake de El salario del miedo), y en las violentas luchas cuerpo a cuerpo, que poseen la pegada del mejor Gordon Douglas. Lo más débil son los obvios paralelismos que Friedkin traza entre hombre y animal (vale decir, entre el soldado y el lobo) y, sobre todo, la equivalencia dramática entre la supervivencia en el frente y en la sociedad civil (se ve llegar de lejos la esperada analogía entre el campo de batalla y la jungla de asfalto, de hecho cuando Bonham se asoma a la ventana de un despacho y atisba un fragmento de calle, los guionistas le hacen decir, un poco forzadamente: “Es una jungla”).

Pero la afinidad mayor tiene un eco bíblico. La parábola del entrenador y el soldado, maestro y discípulo en el arte de la guerra, está significativamente encerrada en la historia del éxodo de Abraham a las montañas con el fin de cumplir la voluntad de un dios que, para ponerlo a prueba, le ordena el sacrificio de su hijo. En La presa, Dios es el Sistema, pero éste no se pronuncia ni conoce la culpa; se limita a corregir los defectos de su propia creación por medio de la fuerza.

Pese a que este duelo sin palabras dice mucho de la relación entre los dos hombres, uno se queda con ganas de saber más acerca de ellos. Puede que esta información adicional se encuentre en el metraje descartado, pero en la copia de duración estandar (94 min.) estrenada en su día, todo se reduce al enfrentamiento físico entre dos gladiadores que se entienden a través de sus cuerpos armados. Por fortuna, tanto Hallam como Bonham están encarnados por magníficos actores que ayudan a comprender los motivos implícitos en este sordo combate técnico filmado con nervio por William Friedkin. ♠

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