Plan diabólico

La encarnación del mal: Rudolf Klein-Rogge, como el doctor Mabuse. en el segundo acercamiento de Lang al personaje creado por Norbert Jacques en 1921

DAS TESTAMENT DES DR. MABUSE

(El testamento del Dr. Mabuse, Fritz Lang, 1932-1933)

LA APROXIMACIÓN CRÍTICA a Das Testament des Dr. Mabuse está llena de callejones sin salida. Cuando no se hace hincapié en su condición serial (como prolongación folletinesca del Mabuse original, rodado diez años antes) se señala que clausura la primera etapa alemana de Lang antes de su partida hacia el exilio norteamericano (siempre en segundo plano, por detrás de su predecesora, la celebérrima M, y soslayando la existencia de Liliom, rodada un año después en Francia, camino del exilio).

A mi modo ver, el alcance de la película es mucho mayor y trasciende esas acotaciones. Lo que Lang hizo (de una manera no del todo imprevista, ya que el Tercer Reich se encontraba a la vuelta del calendario) fue cerrar el ciclo de pesadilla que el cine alemán había inaugurado a finales de los años 10 y anunciar una superestructura, la del nacionalsocialismo, que haría realidad todas las premoniciones, temores y ansiedades que los directores expresionistas habían sembrado en sus ficciones. El recién nombrado ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, se dio cuenta enseguida y la cinta fue prohibida.

Por otro lado, Das Testament des Dr. Mabuse –como su versión francesa paralela, Le testament du Dr. Mabuse, que circuló en su lugar durante mucho tiempo– deviene demasiado compleja y fascinante para ser reducida a una variación, ya sea de M, con la que comparte su visión del inframundo y el personaje del inspector Lohmann; del doble filme de 1922 Dr. Mabuse, der Spieler, del que ciertamente emana, o del genial Spione (Los espías), rodado cuatro años antes.

La diferencia básica entre el primer Mabuse y el segundo radica en la reformulación del personaje creado por el escritor luxemburgués Norbert Jacques, amigo y colaborador de Lang cuya crítica apuntaba menos al insurgente totalitarismo que a la frágil República de Weimar, inmejorable caldo de cultivo para aquel.

En la obra muda, Lang destacaba la ubicuidad diabólica de su doctor, que distribuía su talento criminal en un sinfín de actividades, lo que complicaba hasta extremos enloquecedores su seguimiento policial y judicial. En la película sonora, que en muchos sentidos marca el fin de su relación con su esposa, la guionista Thea von Harbou, Lang da un giro alucinante: Mabuse (Rudolf Klein-Rogge) ya no es una persona, sino una  holografía. Muerto, su aura se proyecta sobre el psiquiatra encargado de su tratamiento. Vivo, es su voz la que ordena y da instrucciones sin que ningún oyente localice el cuerpo que produce esos sonidos. Dentro de la ficción languiana, Mabuse alcanza la que podíamos llamar su “encarnación más fiable” en el paciente de un hospital que escribe su testamento a un ritmo inhumano. Su actividad fabril no puede ser atribuida a una persona, sino a una entidad que obra a impulsos mecánicos, movido por una fuerza demoníaca.

Mabuse el criminal, según el comisario Lohmann (Otto Wernicke). Mabuse el genio, según su exégeta, el profesor Baum (Oscar Beregi). Mabuse, el padre del terrorismo moderno. El núcleo de su doctrina consiste en llevar la angustia al corazón de los hombres por medio de crímenes desmedidos y absurdos que sólo obedecen a la lógica del caos. Por algo Lang es el más moderno de los clásicos.

La instancia diabólica que todo lo domina es sugerida desde el arranque. La cámara explora una habitación llena de artilugios que vibran al compás de un ruido monótono, propio de una fábrica o taller clandestino. El movimiento desemboca en la aterrorizada figura del espía Hofmeister (Karl Meixner) que, agazapado en un rincón, aguarda la llegada de sus enemigos. Cuando logra ganar la calle, la banda sonora se vacía de todo ruido mientras la cámara inicia un segundo seguimiento del personaje, esta vez determinado por las líneas geométricas del trazado urbano.

A lo largo de El testamento, Lang se sirve del decorado y de los sonidos para regular la tensión dramática. Mabuse no  puede ser reconocido en ninguno de esos planos, ya que escapa a toda identificación espacial u oral. Cuando Kent (Gustav Diessl) irrumpe a tiros en la habitación desde donde supuestamente Mabuse dicta sus órdenes, todo lo que se encuentra al descorrer las cortinas es una silueta flanqueada por dos altavoces.

La película contiene la escena de asesinato más sofisticada de la historia del cine, magistral intersección de los espacios dramático y sonoro. En la calle se produce un “accidental” atasco de tráfico. El concierto de las bocinas es aprovechado por un francotirador para abatir a su víctima desde uno de los vehículos cercanos. Cuando el embotellamiento finaliza, la cámara de Lang se sitúa por encima de las capotas de los coches que prosiguen su marcha sorteando a un vehículo que queda aislado en medio de la calzada, mientras su claxon suena de forma ininterrumpida, sugiriendo la caída del cuerpo tiroteado sobre el volante. A esto se le llama cine. ♠

2 comentarios en “Plan diabólico

  1. La versión francesa es más breve, casi media hora menos, ¿no?. Fue la primera que ví y no me permitió apreciar la grandeza del film, a mi entender un paso por delante de la doble muda y uno por detrás de la incomparable de 1960, que precisamente parte de esa escena del asesinato en el embotellamiento de tráfico.

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  2. Gracias por tu comentario, Jesús, y bienvenido. Anoche estuve tentado de dedicar un párrafo a la versión francesa, pero no quería extenderme. También yo debuté con «Le testament». Fue en el Festival de San Sebastián de 1982: copia deficiente (hasta donde recuerdo), narración expeditiva (daba una sensación de rapidez algo artificial) y cierta ilusoria semejanza (que solo después advertí) con el contemporáneo «Fantômas», de Fejös. Desde luego, se trataba de una copia «abreviada», no solo respecto al original alemán (que rebasa las dos horas) sino a la propia versión francesa (94 m.). Dudo que llegase a la duración estándar y me temo que con ese buey hemos tenido que arar hasta la llegada de las restauraciones posteriores. Sin embargo, por algún motivo, aquella película mutilada, incompleta, escondida en una copia espuria, me fascinó (aunque es probable que hoy la aborreciese, el ojo se acostumbra rápido a lo bueno). La versión francesa con la que hoy contamos, en la que Lang fue asistido por René Sti, posee un raro sentido del humor y resulta algo más folletinesca y menos científica que la alemana, pero no sé hasta qué punto estas valoraciones son subjetivas. Por lo demás, coincido contigo: el segundo Mabuse supera al primero, y el tercero me parece sublime, como el díptico hindú que le precede.

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