Misión imposible

La imagen de Cristo se aparece al padre Rodrigues (Andrew Garfield) en Silence, película de Martin Scorsese basada en el clásico de las letras japonesas Chinmoku, de Shûsaku Endô

CHINMOKU (Masahiro Shinoda, 1971)

SILENCE (Silencio, Martin Scorsese, 2016)

1923 FUE EL AÑO DEL GRAN TERREMOTO que asoló la región japonesa de Kantô, uno de los mayores desastres de la historia de Japón. Seis meses antes había nacido en Tokio Shûsaku Endô, uno de los maestros de la literatura oriental. El pequeño Shûsaku debería haber sido educado en la fe budista, profesada por la inmensa mayoría de los japoneses, pero a los doce años fue bautizado a instancias de su madre. Por lo tanto, Endô no es en sentido estricto un escritor converso (como lo fueron  Chesterton, T. S. Eliot, Tolkien, C. S. Lewis, Rumer Godden, Evelyn Waugh o su gran admirador Graham Greene, entre otros autores venidos de la esfera protestante), sino alguien que recibió el cristianismo por línea materna, en un contexto cultural y religioso completamente ajeno –cuando no hostil– a Occidente.

Las tensiones generadas por esa “desviación” acabarían aflorando a su obra literaria, como demuestra su famosa novela Chinmoku (Silencio), publicada en 1966. Silencio narra la terrible persecución sufrida por los cristianos en la primera mitad del siglo XVII, cuando Japón se hallaba bajo el shogunato Tokugawa. Endô se proyecta claramente en el personaje del jesuita portugués Sebastião Rodrigues, quien junto a otro sacerdote, el padre Garupe, entra de forma clandestina en Japón para continuar la labor apostólica. Ambos intentarán encontrar, además, a su extraviado mentor, el teólogo Cristovão Ferreira, del que se rumorea que ha apostatado.

No habían pasado cinco años desde la edición de Silencio, cuando uno de los principales cineastas de la “Nueva ola” japonesa, Masahiro Shinoda, la llevó a la pantalla con el concurso del propio Endô, que renegó (con razón) del final, en el que Shinoda subraya la rendición del protagonista con un coito dado en fotos fijas, triste concesión a las modas de la época que favoreció en muy poco a su esposa, la actriz Shima Iwashita.

Muchas menos libertades (por no que decir que ninguna) se ha tomado Martin Scorsese en su personal versión del relato, bendecido por la viuda y el hijo del escritor, al que el director de Toro salvaje visitó en Nueva York antes de su muerte, participándole su proyecto con un entusiasmo contagioso.

Veintisiete años ha tardado Scorsese en realizar su película, como era de esperar muy distinta de la Shinoda. Mientras el director japonés expresa la odisea de los religiosos portugueses a través de un lenguaje neutro, rayano en la atonalidad, Scorsese recurre a una narrativa clásica, que no busca epatar al espectador (como sucede en sus películas sobre la mafia) sino encauzarlo serenamente.

En cuanto a los personajes, el Rodrigues de Endô es un hombre común, aparentemente firme en sus creencias pero interiormente lleno de dudas y preguntas. “Me he convencido de que el Dios que predica el clero en las iglesias y mi propio Dios son dos seres distintos”, admite en la parte final de la novela. Como antagonistas tiene al judas Kichijrô (que concita el rechazo de todos, compartido por Endô), al intérprete (un funcionario sin nombre, escudado en una semisonrisa maliciosa que es la puerta misma del infierno) y, sobre todo, al inquisidor Inoue, antiguo catecúmeno que intenta desarmar al padre Rodrigues mediante hábiles metáforas, perfecto complemento de las torturas infligidas en sus dominios.

Rodrigues sortea por amor a Cristo las trampas que le tiende el señor de Chikugo. Por amor a Cristo y, también, porque espera ver justificadas todas las penalidades con el hallazgo del padre Ferreira, interpretado por Tetsurô Tamba en el filme de Shinoda y por Liam Neeson en el de Scorsese. Sin embargo, el esperado, el escondido, revela una naturaleza muy distinta cuando el misionero lo encuentra al final de su viaje, perdido en una remota región de Oriente, en lo que algunos han visto un eco de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.

Siguiendo el Evangelio

Es sabido que el director italonorteamericano iba para cura pero acabó haciéndose cineasta (otra forma de apostolado, de hecho Scorsese ha compaginado su principal faceta con la de divulgador y restaurador de películas). De Boxcar Bertha a Kundun, pasando por Malas calles y La última tentación de Cristo, su cine está recorrido por inquietudes religiosas. Por tanto, es lógico que Scorsese haga más hincapié que Shinoda en los numerosos paralelismos que Endô establece con los hechos referidos en el Nuevo Testamento.

Por Silencio pasan la soledad de Getsemaní y la traición de Judas, la sed de Cristo (Rodrigues siente en la boca el sabor a vinagre de la esponja ensartada en la lanza del soldado romano), la eterna pregunta sobre el mutismo divino y, naturalmente, el Calvario (la historia recoge un amplio abanico de tormentos, desde el suitaku, con los crucificados expuestos a la pleamar, hasta el suplicio de la fosa, que acaba con la última resistencia de los creyentes). Ambos cineastas miran de frente la barbarie, pero ninguno hace concesiones al sadismo. Americano y asiático se hermanan, además, en la evocación de las primitivas comunidades cristianas, de hecho los campesinos japoneses se reúnen de noche en las cabañas de carboneros para celebrar misas a medianoche, “como en la época de las catacumbas”.

David Lampson encarna a Rodrigues en el filme de Shinoda

No es el único punto destacable en ambas versiones. A lo largo de la historia, Rodrigues cree enfrentar la imagen de Cristo en varios lugares. Shinoda lo expresa con sequedad, poniendo ante los ojos del sacerdote la tosca imagen de la Virgen y el Niño que los cristianos deben pisar para formalizar su apostasía ante las autoridades (el fumie). Queriendo dar una visión más emotiva y trascendental, Scorsese ofrece recurrentes contraplanos de la tabla dispuesta para el sacrilegio, pero al  mismo tiempo sugiere que Jesús hace suya la vejación infligida a los cristianos y les invita a negarle (como le comunica al propio Rodrigues y al espectador, mediante el uso, algo discutible, de la voz en “off”). Desde mi punto de vista, estos coloquios espirituales funcionan mejor cuando se roza la fantasmagoría, así el momento en el que joven religioso se inclina sobre un charco para aplacar su sed y ve su imagen reflejada en el agua: su rostro se transforma primero en el de Jesús, bello, armonioso, sereno, y a continuación en alguien que no es exactamente él, sino su contrafigura demente.

El silencio de Dios, la indiferencia de la naturaleza

A lo largo de Chinmoku, Masahiro Shinoda confronta las dudas del protagonista con una naturaleza que se deja contemplar y que le opone una perfecta indiferencia. Scorsese sigue a Endô al insinuar que esa naturaleza, exasperante y húmeda, está ahí para hacerle ver al personaje lo fútil de su misión (no en vano el triunfo del país-ciénaga, reacio al cristianismo, está representado por la incesante y fúnebre llovizna, “que lo pudre todo en el haz y en la raíz”). Pero Shinoda tampoco anda lejos: el desolado país descrito en su película se asemeja mucho al evocado por Endô, un Japón de pesadilla, hecho de campos ateridos, colinas cenicientas y negros acantilados contra los que baten olas cargadas de salitre, bajo un cielo sin estrellas manchado por nubes sucias.

Ambas películas están magníficamente fotografiadas, en un caso por Kazuo Miyagawa (operador de los últimos filmes de Mizoguchi) y en otro por el mexicano Rodrigo Prieto, antiguo colaborador de Iñárritu, que saca un excelente partido de los escenarios taiwaneses. No menos ejemplar resulta el uso de las respectivas bandas sonoras. En Chinmoku, el gran compositor Toru Takemitsu hace dialogar una melodía barroca interpretada a la guitarra con sonidos disonantes, trasunto de las viejas luchas que el horror y la piedad entablan en el seno del alma humana. En Silence, Scorsese elige como patrón sonoro el canto de las cigarras que en el filme de Shinoda se escucha de fondo durante el primer y tenso diálogo entre el maestro y su discípulo. Muy poca música y escasos ruidos (si acaso los procedentes del mar y de la maleza) se escuchan a lo largo de su película, ayuna de los llamativos efectos que otrora caracterizaron su cine.

Tiene a su favor Chinmoku su hermetismo y Silence, su belleza formal. Pero creo que, en conjunto, la balanza se inclina claramente del lado de Shinoda (si exceptuamos su grueso y erróneo final, endosado con fines publicitarios). Más fiel a Endô, la impecable película de Scorsese acaba resultando tan fría y poco creíble como la interpretación que Liam Neeson hace del padre Ferreira. Ferozmente escéptico, Shinoda no cree en la redención del personaje central, interpretado en su filme por David Lampson, pero Scorsese ansía siempre la redención de los suyos, incluso en la muerte. La imagen final dedicada a Rodrigues (Andrew Garfield) apunta en esa dirección. Sin embargo, yo hubiera preferido que ahondase en un aspecto esbozado por Endô que Shinoda toca de pasada: la identificación del superior con su joven discípulo, que creyendo seguir los pasos de Cristo da con la pista del apóstata en el que va a convertirse, al menos de manera formal. “Parecemos siameses”, reconoce con rabia el Rodrigues de la novela.

Sin duda, Silencio es una ficción sumamente compleja, tanto que los 129 minutos empleados por Shinoda y los 161 requeridos por Scorsese parecen ser insuficientes para abordar todos los problemas suscitados por Endò, cuya novela, hermosa y ambigua,  imperfecta y terrible, no ha perdido un ápice de su vigencia. ♠

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