Planeta prohibido

El androide (David: Michael Fassbender) se dispone a soplar en la cara del neomorfo

ALIEN: COVENANT (Ridley Scott, 2017)

COMO ERA DE ESPERAR, el estreno de Alien: Covenant, la segunda precuela de Alien, ha venido precedido por una astuta campaña publicitaria. ¿Sus ingredientes? Entrevistas preparadas, suspense, interrogantes sobre la participación de determinados actores, filtraciones interesadas y atisbos de carnicería, a lo que hay que sumar un cortometraje a modo de prólogo titulado, irónicamente, The Last Supper (La última cena),  en el que la tripulación de la Covenant se felicita por el buen rollito creado a bordo de la nave.

Hay un segundo prefacio, y es el que Ridley Scott dispone mientras desfilan los títulos de crédito: en una habitación semivacía, un androide relamido (David: Michael Fassbender) se entrevista con su creador (el magnate Peter Weyland: Guy Pearce), quien le participa su ambicioso proyecto, nada menos que encontrar al Padre de la Humanidad. Por deseo de su amo, David sirve el té e interpreta al piano a Wagner, pero pronto se sustrae a su condición servil al recordar a Weyland que él no necesita saber quién es su creador pues lo tiene ante él.

Tan sorprendente introducción nos hace retroceder más de tres décadas: no hasta 1979, año del estreno de Alien, sino hasta 1982, cuando ve la luz Blade Runner. En una de las escenas clave de esta gran película, el replicante Roy Batty se entrevista con su creador, el doctor Tyrell, dueño de la corporación que lleva su nombre, para saber cuánto tiempo le queda y si su vida es prorrogable. El planteamiento se invierte en Alien: Covenant. Aquí no es la criatura, sino el creador, quien desea saber, y no es el futuro el objeto de interés, sino el origen, la matriz. También difiere la actitud del androide, presentado como esclavo en ambas ficciones: Batty ansía respuestas, mientras que David, indiferente al curso de la historia, no las necesita: no es perecedero.

Lo que viene a continuación pertenece a los estándares del género. Se nos emplaza a bordo de la nave Covenant, que emprende un viaje de colonización rumbo al planeta Origae-6. Corre el año 2104 (como se ve, los tiempos de la ciencia-ficción se van estirando por precaución, visto lo pronto que quedó desfasado el 2001 de la odisea espacial y lo cerca que está de rebasarse el 2019 de Blade Runner); ha transcurrido una década desde Prometheus (cuya misión se esboza en el prólogo) y quedan otros veinte o veinticinco años para que la suboficial Ripley se las vea con el xenomorfo en los pasadizos del Nostromo, escenario de Alien.

El paraíso perdido

Parecía difícil que los expedicionarios de la Covenant tuvieran menos interés que los de la Prometheus, pero Ridley Scott, cada vez más lejos de sus primeros logros, ha obrado el milagro. Pocas películas de ciencia-ficción cuentan con un grupo de personajes menos atractivo. A ellos y a ellas los hemos visto ya en docenas películas de acción rodadas a lo largo de los últimos años, interpretados por actores insustanciales, cuyos rostros, maneras y presencia ante la cámara son intercambiables entre sí (todo lo contrario que en Alien, donde los tripulantes de la Nostromo poseían una acusada personalidad, reforzada por sus magníficos intérpretes).

A falta de personajes adultos, asistimos al habitual compadreo entre los navegantes, trufado de bromas cómplices, graves discusiones técnicas, armonía multirracial (aunque sin llegar al extremo empalagoso de Marte) y lágrimas postizas por los colegas idos, entre ellos el capitán Branson (James Franco, que sale poco, lo cual se agradece). Dos personajes escapan al estereotipo: el segundo capitán (Oram: Billy Crudup), un líder que a duras penas ejerce como tal, y sobre todo el androide que monitoriza la nave, Walter (Michael Fassbender), una versión evolucionada del citado David cuyas apariciones elevan por momentos el interés del filme.

Cuando los “covenantes” reciben una señal de radio procedente de un planeta desconocido y Oram decide bajar a ver qué hay allí, el espectador, ya muy avisado, olfatea escabechina. Pero es obligado reconocer que, tras media hora de catástrofes tediosas, la visita al planeta prohibido se agradece, y no tanto por la esperada irrupción de los alienígenas (visualmente confusa) como por el escenario: un mundo virgen, sin animales, en que la vegetación señorea silenciosos valles antediluvianos. Muy bien filmados por Dariusz Wolski, los paisajes de Oceanía hacen su trabajo, lo mismo que el equipo de diseñadores, que erigen en su seno una impresionante necrópolis lovecraftiana sembrada por los cadáveres de los Ingenieros, cuya civilización se extinguió a consecuencia de un cataclismo. Los vimos ya en Prometheus, donde reaccionaban ante el humano con una hostilidad aún inexplicada. Y reaparecerán, bajo la forma del fosilizado “jinete especial”, en Alien. Que los expertos me corrijan si me equivoco.

En el centro del episodio se encuentra, para mí, el mejor momento de la película: el encuentro de Walter con su “gemelo” David, que ha permanecido durante diez años en ese cementerio tras el desastre de la Prometheus. Para su solaz –y para llevar a cabo sus siniestros experimentos con mutantes–, David ha construido una catacumba cuya atmósfera arcaica se subraya mediante una cita explícita de La isla de los muertos, el famoso cuadro de Arnold Böcklin, luego recreado por su compatriota, el artista suizo H. R. Giger, principal diseñador del universo de Alien.

El tema del doble hace, así, su aparición en la saga y a la mediocre película le crecen de pronto alas. Como dos poetas románticos, David y Walter intercambian pensamientos con un fondo de velas y evocaciones de Byron y Shelley que culmina con un casto beso de las criaturas sintéticas. Scott nos devuelve, otra vez, al universo de Blade Runner: las velas, la tenue iluminación, el híbrido arquitectónico, el inquietante diálogo de dos inteligencias al borde del Hades… También aquí el sueño de la perfección produce monstruos.

Alien-Covenant-YouTube-Fresh-Movie-Trailers

El engendro rentable

Al igual que Prometheus, Alien: Covenant está repleta de autocitas, algunas descaradas, otras sutiles, que van desde la iconografia del monstruo (objeto de todo tipo de complejas reelaboraciones) a la fisonomía atlética de los autómatas (heredera de los replicantes Nexus-6). También se escuchan ecos en la banda sonora, donde lo mismo se evoca el tema central compuesto por Jerry Goldsmith para Alien que “Life”, el motivo épico escrito por Harry Greggson-Williams para Prometheus (inspirado, creo, en el “amanecer” de Daphnis y Cloé,  ballet de Ravel en el que tiene un gran protagonismo la flauta, precisamente el instrumento antiguo que David le ofrece a Walter como signo de bienvenida).

Por desgracia, tan pronto como volvemos a la trama principal la película retoma su curso manido. La odisea de los insípidos “covenantes”, pasto de la voracidad alienígena, desemboca en escaramuzas, carreras y combates a cual más trillado, incluyendo un ataque en las duchas de la nave, digno de los peores filmes de terror para adolescentes. Huelga decir que la exhibición de efectos digitales devora literalmente el desenlace, como el “facehugger” acapara el rostro de sus víctimas.

Como era de esperar también, el final deja la puerta abierta a las próximas entregas de la serie, entre dos y cuatro, según ha dejado entrever Scott. Se supone que en ellas la oficial Daniels (Katherine Waterston, pálida sombra de Sigourney Weaver) estará al mando de las operaciones tras la masacre de sus predecesores. También se nos dirá qué suerte han corrido o van a correr los dos mil colonos de la Covenant, de los que nada sabemos aquí, pese a tratarse de un asunto prioritario para la compañía Weyland y, por extensión, para los pilotos de la nave. ¿Quiénes son? ¿Por qué se embarcan? ¿Experimentará David con ellos? Ya nos enteraremos.

O quizá haya que esperar un tiempo, porque todo apunta a que la próxima entrega, Alien: Awakening, narrará lo sucedido en los diez años que separan las ficciones de Prometheus y Alien: Covenant. No es  fácil construir una historia hacia atrás, pero dado que la saga no va a seguir un orden cronológico, los guionistas van a tener que hacer verdaderos equilibrios para encajar todas las piezas de un puzzle ya de por sí complicado. Para colmo, Sigourney Weaver regresará un día de estos a su infierno particular en la harto anunciada quinta entrega de Alien, dirigida por Neill Blomkamp, con lo que, una de dos, o todos podemos volvernos locos o acabar muy aburridos.

Obviamente, el fin del multiproyecto no es otro que seguir haciendo caja. Los primeros resultados obtenidos en taquilla apuntan a que los 97 millones de dólares invertidos en la producción de la segunda precuela van a ser recuperados con largueza. La Fox se frota ya las manos. Alien nació como una clásica película de ciencia-ficción, harto incomprendida, como Blade Runner, y hoy se ha convertido en una franquicia. Mucho me temo que esta última, cuya secuela se estrena el próximo otoño, seguirá los mismos pasos. ♠

4 comentarios en “Planeta prohibido

  1. Buen texto sobre un film esquizofrénico, en el que Scott se desmemoria un poco más y ya no sabe si se autocita o copia a otros. El arranque sin ir más lejos no sabe uno si es solo un lazo con «Blade runner» como dices, uno con Kubrick o con Spielberg tratando de ser Kubrick o con Spike Jonze tratando de ser alguno de ellos. Agotador.

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  2. Me he reído con la última parte de tu comentario, pero a continuación debo admitir con tristeza que ya no sé muy bien dónde queda Ridley Scott. Quizá no se movió nunca del mismo sitio y solo fue siempre, como dijo José María Latorre, un coordinador de equipos, mientras algunos queríamos ver (haciendo un gran esfuerzo) que era algo más (un nuevo Richard Fleischer, en mis más candorosos sueños). Ciñéndonos a lo último, me apena que no haya sacado partido de cosas tan potencialmente interesantes como la necrópolis perdida y que haya desperciado tanto metraje con los «marines del espacio». A nadie le gustó «Prometheus», pero por lo menos allí había cierto aliento de parodía, una disparatada mezcla de elementos que por momentos tenía gracia. Aquí, ni eso.

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    • No creo que mis malos tragos ante una pantalla tengan gran importancia (y tampoco es que me abriera de carnes viendo «AC»), pero supongo que lo dirás por mi vieja admiración hacia «Alien» y «Blade Runner». A ambas las defendí desde el principio, cuando casi todos las alababan de boquilla, o directamente las defenestraban. Ha llovido mucho desde entonces, y no creo que Scott, un hombre de la industria, como él mismo ha declarado, esté ya en condiciones de repetir aquellos logros. Dicho esto, es injusto afirmar que no haya hecho luego nada interesante: «American Gangster» y «Body of Lies» son, en mi opinión, dos buenas películas. Todo lo último me parece muy flojo.

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