Y el mundo fluye

El pretendiente escogido para la joven angloindia Melanie se transfigura a sus ojos en el dios Krishna, durante los esponsales imaginarios de El río, la obra maestra de Jean Renoir

THE RIVER (El río, Jean Renoir, 1951)

AFIRMAR, CON ANDRÉ BAZIN, que El río es La regla del juego de la segunda época de Renoir no es, como pudo pensarse en 1952, un timbre de gloria para la primera, sino para la segunda. Con independencia del grado de admiración que susciten una y otra, La regla del juego pertenece a una cultura –la francesa– y a un tiempo –el fin del periodo de entreguerras– concretos, mientras que El río es una obra universal que trasciende épocas, lugares y fronteras.

Vista en superficie, The River cuenta la historia de dos familias inglesas que viven en la India colonial, no del todo ajenas a su cultura, como demuestra el personaje de Mr. John (Arthur Shields), fascinado por las costumbres del país. Ni conflictos raciales ni debate político, tampoco cacerías de tigres ni paseos a lomos de elefantes, rehusados expresamente por el director: la historia se desarrolla enteramente desde el punto de vista de una adolescente (Harriet: Patricia Walters), que recuerda su primer y frustrado amor por un joven oficial (el capitán John: Thomas E. Breen), herido durante la primera guerra, de la que volvió tullido. Este es, por otro lado, el romántico asunto abordado en su novela por Rumer Godden, escritora y coguionista del filme, quien cuatro años antes había inspirado otra cumbre del cine angloindio, Narciso negro.

Tan tierna acuarela podría desanimar a los amantes del cine de contenido, si no fuera porque es el cañamazo sobre el que Renoir teje una de las mejores películas de la historia. Toda ella parece hecha de ágiles y seguros trazos, a imitación de la mano que, en el plano inicial, dibuja en el suelo gráciles figuras valiéndose de la harina de arroz mientras la voz en «off» de la protagonista comienza a desgranar sus memorias.

Por ellas pasan acontecimientos y personas que no tienen nada de extraordinario. El hecho más notable será la muerte del pequeño Bogey, picado por la cobra que tan afanosamente ha buscado en la espesura junto a su compañero Kanu. Pero ni este drama detendrá el curso del relato, que avanza con la fluidez del agua, entreverando recuerdos a semejanza de las corrientes que discurren bajo el río Ganges.

Hija de Renoir, aunque engendrada por Rumer Godden, Harriet advierte cómo sus ilusiones limitan con la realidad externa, la que representa el mundo, la que encarna el prójimo. Por ello, su papel en la propia remembranza no es muy superior al que desempeña Valerie (Adrienne Corri), la chica un poco más mayor y más agraciada que le disputa el amor del capitán, ni el que juega la misteriosa Mélanie (Radha), debatida entre las culturas materna y paterna, entre India e Inglaterra, entre Oriente y Occidente. Su misión consiste en contarse y contarnos, en conjurar la muerte mediante el hechizo narrativo, por algo se identifica con la Sheherezade de Las mil y una noches. Con una suave cadencia, sus memorias nos llevan de un sitio a otro, de la Fiesta de las Luces a la fábrica de cáñamo de su padre, del profano bazar a las sagradas raíces del baniano, de Kali a Krishna, recreada la diosa con el barro del río, el dios con las palabras de la chica, que para seducir a su amado encadena diferentes historias hasta llegar a un núcleo imaginario en el que Mélanie, la triste, la descastada, baila una antigua danza nupcial.

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Si Stevenson fue capaz de contar la historia de una ciudad a través de sus farolas, Renoir evoca toda una cultura a través de las escaleras que Harriet visualiza mentalmente en su recorrido por el Ganges. Es más, al hijo del pintor impresionista Auguste Renoir le basta una somera pincelada para expresar el paso de las estaciones a través de los árboles que mudan sus colores para recibir la primavera en Bengala.

La remembranza de Harriet discurre a media voz, como la propia película, y es lógico que en ella la faceta oral desempeñe un papel importante. Mientras narra su historia, el personaje está creciendo, sufre por la forma en que su cuerpo se estira y se pregunta por qué. Bogey le responde con su muerte, informándole de que el dolor y la pérdida son consustanciales a la vida. La misma conciencia guía los pasos de Mélanie. Casi de la misma edad que Harriet, la joven angloindia no se expresa de forma tan abierta, pero sus silencios rebosan protestas, interrogantes, así cuando pasa por detrás de su padre sin dirigirle la palabra, movimiento sigiloso que roza al adulto, situado en primer plano. «Algún día sabré a qué mundo pertenezco», le había dicho a Mr. John tras escuchar de su boca que quizá no debería haber nacido. Pero la espera es un camino arduo, sobre todo para quien sabe que solo podrá elegir una vez.

¿Es necesario convertir la vida en una lucha constante? Ambas jóvenes se lo preguntan, como se lo pregunta Valerie, quien tras recibir el esperado beso del príncipe siente desvanecerse en ella el hechizo en el que había vivido y, avergonzando al capitán con sus lágrimas, que no derrama por él, reclama el sueño de su primera juventud, que se acaba de ir. Renoir clausura la escena con un maravilloso trávelin de retroceso que integra a los dos personajes en el paisaje, un envolvente decorado natural rebosante de agua y árboles, que enjuga el dolor humano sin el menor dramatismo. También allí se producen constantes cambios, mudanzas, transformaciones, la inextricable trama de la vida.

A través de su mirada cinematográfica, Renoir sugiere que, frente a lo inevitable, no cabe resignarse, sino aceptar; consentir, como luego le participará  Mélanie al capitán en un admirable diálogo en el que lo implícito, lo que no se dice, es tan importante como los pensamientos manifestados.

El rio

Sin hacer ruido, las tres jóvenes convergen en su amor por el atormentado oficial, que entretanto huye de sí mismo. El director expresa la encrucijada sentimental en una insólita escena de persecución que arranca en el jardín de Mr. John y culmina en el pantano, escenario del fallido idilio. En el plano inicial, Renoir condensa tres acciones: al fondo del encuadre, Mélanie abandona la casa, disgustada consigo misma, según acaba de reconocer al capitán, obsesionado con su tara; Harriet los ve salir a ambos, escondida tras una planta, y todos son espiados a su vez por Valerie, parapetada tras el muro semiderruido. Físicamente rezagada, Valerie ocupa un privilegiado primer plano que de algún modo anticipa la ventaja que pronto va cobrar respecto a sus rivales. Invisible testigo, Renoir engloba de forma natural las tres estrategias antes de que estas sean desglosadas a lo largo de un breve y emotivo pasaje (el seguimiento del capitán) que para las muchachas supone el fin de la inocencia.

Los fluidos movimientos de cámara y la concatenación de los recuerdos mediante suaves transiciones hacen invisible el montaje de las escenas y producen una ilusión de continuidad en el espacio y en el tiempo. A veces, las evocaciones se formulan sin desarrollarse del todo o finalizan antes de su conclusión (así el discurso pronunciado por el fordiano Arthur Shields, que convierte el comentario a la muerte de Bogey en un elogio conmovedor de la infancia). En otras ocasiones, es el tiempo muerto, la inacción, lo que llama a la mirada, que se deja mecer ritualmente con la siesta de niños y adultos en uno de los más hermosos cantos a la pereza jamás filmados.

Todo en El río es tan sublime y bello que no puede si no emocionar a quien sepa ver algo más que una colección de estampas maravillosamente fotografiadas por Claude Renoir, tras cuya cámara, no lo olvidemos, velaba sus primeras armas cinematográficas el joven Satyajit Ray. Algún día habrá que averiguar por qué la India ha sacado lo mejor de varios cineastas occidentales, no solo de Lang y Renoir, sino, en distinta medida, Powell & Pressburger, Joe May, Osten, Curtiz, Hathaway, Korda, Brown, King, Cukor, Rossellini, Sucksdorff, Fregonese, Fisher, Berry, Malle, Ivory, Lean) y ha sido, en definitiva, escenario de tantas grandes películas, rodadas por nativos y forasteros. ♠

3 comentarios en “Y el mundo fluye

  1. «El río» es una película inagotable, y este texto da buena muestra de ello al decirnos cosas nuevas, en lugar de repetir lugares comunes: esa fue también la actitud de Renoir, que decidió romper con las tradiciones de la novela colonial y la novela de formación, eligiendo una narradora femenina en lugar de un héroe varón. Bogey es víctima de la pasión masculina por controlar la naturaleza, y los hombres aparecen en la película como seres débiles, lisiados, incompletos; por otra parte, la infancia y la madurez no son compartimentos estancos, sino que forman parte de un flujo continuo y cambiante.
    La fascinación por la India forma parte de la historia de la Europa contemporánea, y no siempre con buen fin; las últimas páginas de «Tristes trópicos» de Levi-Strauss son una elegía sobre la ruptura del vínculo entre oriente y occidente siglos después de Alejandro Magno, cuando las invasiones islámicas destruyeron la cultura greco-budista de Gandhara y Taxila; el colonialismo británico fue incapaz de reparar la sutura, pero quizá algunos artistas, como Renoir, sí consiguieron hacerlo, aunque fuera de forma parcial e intuitiva.

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    • Magnífico e iluminador comentario. Al respecto, admito que reconsideré algunas de las cosas que había escrito hace años, por ejemplo que las dos familias inglesas viven ajenas a las miserias de la India. Hoy lo veo de forma diferente, y hasta creo que en «El río» hay una especie de idilio entre dos culturas que se extrañan mutuamente, sin haber llegado a comprenderse del todo.

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