El general y la princesa

 

Dolor y rabia se mezclan en el semblante de la princesa Yuki (Misa Uehara), aguerrida amazona en la aventura épica de Kurosawa, coprotagonizada por el gran Toshiro Mifune

KAKUSHI TORIDE NO SAN AKUNIN (La fortaleza escondida, Akira Kurosawa, 1958)

LOS REITERADOS INTENTOS por desprestigiar al maestro japonés Akira Kurosawa tienen en común dos aspectos: todos hacen hincapié en la occidentalización de su cine (hay quien lo acusa de ser el más norteamericano de los directores nipones, como si eso fuera un delito) y todos han fracasado. Pese a quien pese, Kurosawa es un director enorme, al que ni siquiera la comparación con Mizoguchi, Ozu y Naruse (cada uno genial en su ámbito) logra relegar a un segundo plano.

Si acaso son algunas de sus películas más enfáticas las que rebajan la apreciación general de su cine, entre las que para mí no se encuentra Kakushi toride no san akunin (La fortaleza escondida), hoy rehabilitada, pero que durante décadas pasó por un trivial divertimento destinado al gran público. No está de menos recordar que por aquellas fechas otra “peliculita de aventuras” merecía el mismo desprecio en Europa; me refiero al soberbio díptico de Fritz Lang compuesto por El tigre de Esnapur y La tumba india.

El propio Kurosawa dio argumentos a sus detractores al improvisar escenas de acción durante el rodaje de su primera producción en pantalla ancha, episodios que iba demandando, sobre la marcha, a sus guionistas. Si, además, el director de Vivir había dedicado la década de los 50 a rodar densas adaptaciones de Shakespeare, Akutagawa, Dostoyevski y Gorki, era obligado mirar por encima del hombro este cuento de dos parias que cruzan sus miserables destinos con los de una princesa y el samurái encargado de su protección en el Japón castigado por las guerras feudales.

Pero no es la anécdota, sino el poderoso, vibrante aliento que Kurosawa infunde al relato lo que hace de esta película una cumbre del arte marcial, superior sin duda a los deslumbrantes espectáculos –lujosos pero vacuos– que el cine oriental ha exportado en los últimos años. Pienso, por ejemplo, en Zhang Yimou.

En La fortaleza escondida, nobles y plebeyos atraviesan territorio hostil cargados con las reservas de oro destinadas a restaurar la dinastía Akizuki, de la que la princesa Yuki es heredera. El director de Los siete samurais cuenta esta historia a la manera de las antiguas sagas, con su mezcla de épica y picaresca, lo que hace pensar en dos paráfrasis pueriles: por supuesto La guerra de las galaxias, hija tonta del filme japonés, pero sobre todo El bueno, el feo y el malo, no en vano Sergio Leone es el principal imitador de las ideas y el estilo visual de Kurosawa.

Ambos filmes, el japonés y el italiano, comparten esquema argumental (la persecución de un bien material, el oro, en el contexto histórico de la guerra civil), al tiempo que comulgan en lo narrativo, pues los dos poseen el mismo tono arrogante, negligente y bárbaro. La ventaja de Kurosawa estriba en la forma, misteriosa e irónica, con la que se engarzan las dos líneas del relato. Los parias no saben lo que hacer con su libertad, tienen que ponerse forzosamente al servicio de alguien; entretanto, los nobles deben restituir el orden allí donde el orden no existe, de hecho la fortaleza a la que alude al título del filme más parece un alcázar fantasmal, escondido entre montañas altas y calizas, que la sede de una corte abandonada. Los señores se valen de la codicia de los plebeyos, a los que no necesitan explicar nada; basta con emplearlos para acarrear el preciado metal a riesgo de sus vidas, que ciertamente valen poco (sus peleas en campo abierto son meras disputas de vagabundos, interrumpidas por la llegada de la caballería, que los espanta entre gritos lastimeros).

La metáfora de la fortaleza escondida se transmite al oro, oculto en los canales de los palos que forman los haces de leña; ello hace que pase desapercibido a los ojos de soldados y bandidos, que persiguen el botín del derrocado soberano de Akizuki. El intrépido general Rokurôta Makabe (Toshiro Mifune) sabe que cuando uno quiere ocultar algo de valor, es mejor dejarlo a la vista de todos: Según él, “una piedra se esconde entre las piedras, un hombre entre los hombres”.

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A lo  largo de la historia, Rokurôta es descrito como un guerrero invulnerable, siempre dentro del mito particular que Mifune fue construyendo a lo largo de su colaboración con Kurosawa. Cuando espolea a su caballo para dar alcance a  los jinetes rivales, le vemos erguido sobre la montura, lanzado su “kiai” o grito de ataque, que es como una ráfaga de viento. Para lucimiento del personaje (y del actor), Kurosawa se sale del relato a fin de rodar un espectacular duelo a lanza y presentar al antagonista de Rokurôta, convertido luego en su providencial aliado: el general Tadokoro (Susumu Fujita), que se une a los furtivos cabalgando sobre el fantástico tema marcial de Masaru Satô.

Pero, en mi opinión, el gran personaje del filme es la princesa Yukihime (Misa Uehara), precursora de las heroínas del Manga, a la que se ve siempre desafiante, formando triángulo con las piernas  y  blandiendo una vara a modo de fusta. A la antecesora de la princesa Leia no le falta coraje, ni tampoco sentimientos, como revela el director en un espectacular primer plano de su rostro bañado en lágrimas, encerrado entre el estandarte militar y la luna de otoño, símbolo de su estirpe. Kurosawa la filma, además, entre los caballos que pacen en el bosque, comulgando con la naturaleza indómita de la que forma parte, sin duda uno de los momentos más bellos de su filmografía.

Entre la princesa y el general hay un respeto que a veces se toca con la admiración pero nunca con el afecto. Ambos son demasiado fuertes, demasiado conscientes de su rango; Yuki debe preservarse para la restauración de su clan, Rokurôta, para continuar sirviéndolo. El exilio no rebaja a la muchacha, pero le ayuda a comprender, por fin, el sufrimiento de su pueblo. Restituido su poder, vuelve a convertirse en una entidad inviolable, como la encumbrada fortaleza de la que los dos campesinos salen al final con su óbolo y un gramo de honor. ♠

2 comentarios en “El general y la princesa

  1. Excelente película de aventuras, llena de inventiva y sabrosas peripecias, y de un eficaz uso de inesperados escenarios naturales. Y estupendo es el leitmotiv del oro, que va de un lado a otro, de mano en mano, como los pendientes de “Madame de…” o el rifle de “Winchester 73”.
    Me gusta bastante tu artículo, José Andrés (en especial es muy revelador el último párrafo), pero discrepo en cuanto a la consideración que se tiene de Kurosawa: para buena parte de la crítica está a la altura de Mizoguchi, Ozu y Naruse, algo para mí excesivo. Kurosawa posee muchas bondades, pero también carencias y debilidades impropias de los más grandes y que hacen que de cuando en cuando se atempere mi admiración por la película.
    Pongo un ejemplo: durante la primera escena los dos pícaros se cuentan quiénes son, de dónde vienen, lo que acaban de hacer y lo que juntos hicieron en el pasado. Diálogos hechos (pues los personajes bien saben sus circunstancias) para informar al espectador, información que los directores citados (y también Shimizu, Shimazu, Gosho, Tanaka…) introducen con sutilidad y naturalidad, muchas veces con leves pinceladas que no desvelan todo (lo que acrecienta nuestro interés), y sin basarse única y exclusivamente en la palabra.

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  2. Te cuento. Aunque rehecho de arriba abajo, este comentario fue originalmente escrito a finales de 2004, tras el redescubrimiento entusiasta de una película que, aunque admirada por directores como Lucas o Polanski, siempre había pasado por trivial o indigna de un artista serio (al menos yo tenía esa perspectiva, que igual exageré en su momento). He querido conservar también, y de forma consciente, otra exageración: para mí, tanto Ozu como Mizoguchi están por encima de Kurosawa, pero no estoy dispuesto a bajar más puestos en el escalafón al autor de obras maestras como «Ikiru», Shichinin no samurai», «Kumonosu Jô», «Tengoku to jigoku» o «Dersu Uzala» e, incluso de otras no tan reputadas como «Subarashiki nichiyôbi», «Nora inu», «Akahige» o la que comento aquí, para mí una de las mejores películas de aventuras jamás realizadas.

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