Divorcio a la japonesa

¿Una familia como las demás? Los Hirata discuten en presencia de Noriko, situada tras la mesa, en el centro. Quienes van a divorciarse son los mayores situados a la izquierda.

KAZOKU WA TSURAIYO (Maravillosa familia de Tokio, Yôji Yamada, 2016)

TRAS LA MUERTE del portugués Manoel de Oliveira, al que algunos ya creíamos inmortal, Yôji Yamada va camino de convertirse, con permiso de Clint Eastwood, en el cineasta más longevo en activo. Ni su aspecto ni su cine delatan la avanzada edad del director japonés, cuyas películas (ochenta y cinco, tantas como años tiene) se caracterizan por su vitalidad y frescura, lo que tiene que ver no tanto con sus temas como con su mirada cinematográfica, limpia y sencilla, pero nunca superficial.

El arte de ser a la vez claro y profundo lo aprendió de Yasujirô Ozu, repetidamente invocado en sus películas, especialmente las últimas, en las que Yamada aparece como el último clásico del cine japonés, heredero de la gran tradición representada por Ozu, Yamanaka, Gosho, Shimizu y Shimazu, entre otros maestros.

Vivir mucho le está permitiendo, además, asistir al paulatino reconocimiento internacional de su obra, que gracias a los festivales y, sobre todo, al favor del público, logra acceder periódicamente a los mercados occidentales, poco receptivos a las producciones asiáticas que no contengan terror, sangre y violencia, elementos ausentes en sus películas. Tiene aún más mérito que su último triunfo esté relacionado, además, con un aspecto que rara vez se asocia con el cine japonés, pero que ha muy estado presente en la obra de Yamada desde sus inicios: el humor.

Porque no otra cosa que una comedia es Kazoku wa tsuraiyo, producción Shochiku estrenada en España como Maravillosa familia de Tokio. De entrada hay que decir que al igual que el trailer, dicho título es engañoso, ya que trata de vender la historia de los Hirata como una típica “delicia japonesa”, pintoresca y agradable, cuando en realidad el original alude, irónicamente, a su carácter problemático.

La crisis familiar se desata por sorpresa. El jubilado Shuzo Hirata (Isao Hashizume) lleva 45 años casado con Tomiko (Kazuko Yoshiyuki), quien con una sonrisa pone en sus manos un formulario de divorcio. El hombre, acostumbrado a dejarse servir por su esposa, a la que ha venido descuidando de forma contumaz, asume enseguida el papel de víctima y ve en la maniobra un intento de “deshacerse” de él.

El anuncio de este divorcio tardío repercute como es lógico en los miembros de la familia. Los hijos del matrimonio han conservado una foto fija de sus padres, a los que quieren ver como una pareja feliz, seguramente para no tener que preocuparse de ellos, algo que también sucede en Tôkyô kazoku (Una familia de Tokio, 2013), la excelente lectura que Yamada hace del clásico de Ozu Tôkyô monogatari (Cuentos de Tokio, 1953). Por otro lado, Yamada rescata el motivo de la esposa-sirvienta, arrinconada por un marido autocomplaciente, ya presente en Chiisai ouchi (La casa del tejado rojo, 2014).

La decisión de Tomiko

Pero mientras en La casa del tejado rojo la mujer escapa gracias a su relación con un joven artista, en Maravillosa familia de Tokio la infidelidad asume una forma sutil: Tomiko acude a un taller literario, en cuyas sesiones aprender a imaginar otras vidas, a explorar su propia sensibilidad. Al leer el relato en el que ha venido trabajando, el profesor detecta huellas de otros escritores, por lo que Tomiko admite haberse inspirado en el  Natsume Sôseki de Kôkoro (Corazón). La elección es significativa, tanto por el sentimiento dormido en el interior de la mujer como por la pueril idea que el marido tiene de la afición de su esposa, a la que imagina escribiendo relatos eróticos.

Frente a la decisión de Tomiko, largamente meditada, Yamada coloca el espejo frágil de las jóvenes generaciones, incapaces de afrontar la menor contrariedad. Así, la nerviosa  Shigeko Hirata (encarnada por Tomoko Nakajima, actriz con una vida harto problemática) anuncia que va a divorciarse de Taizo (Shôzô Hayashiya) solo porque este ha roto un carísimo plato que compró a sus espaldas.

Sin perder tiempo, Yamada nos presenta al resto de familiares: el moderno Konosuke (Masahiko Nishimura), aficionado al deporte y a evitar los conflictos, la sensata Fumie (Yui Natsukawa) y el tímido pianista Shoto (Satoshi Tsumabuki), liado con la bella y simpática Noriko (Yû Aoi). Los amantes del cine de Ozu ya saben lo que este nombre significa: Noriko fue personaje capital de tres grandes películas del maestro, Primavera tardía (1949), Verano precoz (1951) y la citada Cuentos de Tokio, siempre interpretada por la inolvidable Setsuko Hara. La Noriko de Yamada no enfrenta el “problema” de su soltería, pero sí participa en la reunión familiar, de larga tradición en el cine japonés. Hija del divorcio, ella no puede frivolizar con la ruptura matrimonial, máxime cuando la historia de sus padres se parece mucho a la de Tomiko y Shuzo.

Estamos, en definitiva, ante una versión ligera de los clásicos gendaigeki de la Shochiku. Frente a los problemas económicos que suelen padecer las familias de Yamada (pienso sobre todo en la pareja de transportistas de Furusato, de 1972), los Hirata tienen su vida resuelta, por lo que se pueden dedicar a los enredos. “¡A quién le importa el dinero!”, exclama Shigeko. Solo su padre se muestra preocupado por la subida de precios, inquietud común a otros personajes del director.

Reunión familiar

En el cine japonés, ni los adulterios ni las separaciones suelen ir muy lejos. Un precepto no escrito que también se cumple en Maravillosa familia de Tokio, cuya conclusión se ve venir pese a las muchas pruebas que Tomiko ha acumulado contra Hirata-san. Más que el respeto a la tradición es la tendencia natural de Yamada al optimismo la que anima a disculpar el trillado desenlace, que, dado el éxito comercial del filme, va a derivar en una secuela, la cual se acaba de estrenar en Japón. Hasta los chinos van a hacer su propia versión, quién sabe si los americanos.

Tampoco es original el dibujo de los personajes, previsiblemente excéntricos, como Konosuke, que se planta en la reunión vestido de ciclista; un punto histéricos, como Shigeko, que a ratos parece la madre de Shin-chan, o ferozmente arquetípicos, como el marido tonto de Shigeko, que para salvar los muebles se postula como modelo de comportamiento marital frente a su suegro, dedicado al golf, las carreras de caballos, el mahjong y, cómo no, el alcohol. Para mayor sonrojo (aunque pudo tener gracia), Shigeko tiene la idea de hace seguir a su padre, por lo que, a través de su marido, pone el asunto en manos de una agencia de detectives de tebeo. En realidad, es una excusa para montar una escena de bar calcada de Una familia de Tokio (incluso con los mismos actores) e inspirada, cómo no, en Ozu.

Este tipo de caricaturas amables atraviesan la larga serie de comedias (cerca de medio centenar), dedicadas al vagabundo Tora-san, personaje al que Yamada y el público oriental profesan un apego que estoy lejos de compartir. En la parte positiva de la balanza hay que colocar la asombrosa coherencia del director, cuyos dramas nunca acaban en tragedia y cuyas comedias nunca desaguan en la sátira. Indulgente por naturaleza, el director de Osaka siempre intenta poner a salvo la parte más humana de sus personajes, labor en la que implica a sus actores, un grupo de intérpretes que, con ligeras variantes, viene repitiéndose desde Otôto (Hermano menor, 2010), llegando incluso a asumir papeles similares o repitiendo relaciones de parentesco: que yo sepa Isao Hashizume y Kazuko Yoshiyuki han estado casados en al menos tres de las últimas ficciones.

Todos ellos dan continuidad al cine de Yamada, modesto, pero aventajado discípulo de Ozu. La relación del director con su ídolo se parece mucho a la que observa uno de sus personajes, el joven universitario de Haha to kuraseba (Nagasaki: recuerdos de mi hijo, 2015), que antes de morir bajo las bombas le envía cartas anónimas al autor de Banshun. Creo que si Una familia de Tokio fue la sentida carta de amor enviada por el alumno a su maestro, Maravillosa familia de Tokio es solo una postal veraniega, inofensiva y convencional. ♠

4 comentarios en “Divorcio a la japonesa

  1. Muy acertado tu comentario al mostrar con claridad los aciertos del film y sus defectos. KAZOKU WA TSURAIYO dentro de las últimas de Yamada es mi favorita. Debo confesar que no siento admiración por sus remakes. Creo que su Cuentos de Tokio es un film tan bello como inútil. Traslada la historia a la época actual con algunos aciertos argumentales pero ni copiando la planificación de Ozu llega a los tobillos del film original. Ozu crea poesia,delicadeza, intimidad con una sencillez extrema. El film de Yamada es una copia llena de sentimentalismo y lágrima facil. (Algo muy habitual el sus últimos films). Siento el mismo cabreo con su remake de Ototo. La version de Ichikawa está llena de intimidad y delicadeza. Yamada crea un Hermano que parece Shin Chan , idiota, ridículo, lo cual me crea antipatía. Sobre Nagasaki, tiene un inicio espléndido para desembocar en un compendio de sensibleria con fantasma incluido. No es un film sensible, es sensiblero y mas cercano a los film clásicos americanos con fantasma que a los japoneses. Sobre Tora-San comparto tu antipatía. Los films que pude ver de la saga son un horror. Siento discrepar contigo José Andrés, pero para mi Yamada no llega a alumno de Ozu. Solamente ha existido un Ozu, como solo ha habido un Mizoguchi… nuestra pasión cinéfila desea su regreso pero solamente son errores de nuestro corazón ante la desesperación por su ausencia.

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    • No sientas discrepar, Marcos; yo he hecho de mi vida una discrepancia con todo. A ver: creo que en estas películas inspiradas en Ozu o por Ozu, Yamada no se conduce como un amanuense; solo hace interpretaciones respetuosas y nada pretenciosas del maestro, sabiéndolo inaccesible; vamos, que no intenta hacerse pasar por heredero ni nada por el estilo (como sabes, ha habido alumnos «aventajados» que han querido patrimonializar a Ford, a Hitchcock, a Bresson, incluso a directores mucho menos insignes como Leone y no descarto que pronto alguien intente acaparar a los Coen, quién sabe si a Amenábar). De acuerdo con lo que dices de «Otôto», no así en lo que respecta a su relectura (odio la voz inglesa remake) de «Cuentos de Tokio»: me parece que esa relectura y su modelo no se anulan mutuamente, y que Yamada hace algo coherente con el resto de su obra, ligada a la gran tradición del cine japonés y desde hace años realizada a contrapelo de las modas. No puedo defender «Maravillosa familia de Tokio», a mi modo de ver muy endeble, pero me agrada encontrar a alguien que le guste, el único de hecho.

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  2. A mí me encanta discrepar José Andrés. No es que me guste Maravillosa familia de Tokio, lo cierto es que si bien es mi favorita de las últimas, no es porque sea buena. Es muy floja, pero después del cabreo por las nuevas versiones del film de Ozu y Ichikawa me siento un poco mas aliviado. Lo que me sorprende es que le hayas dedicado una crítica tan extensa a este film de Yamada que no te gusta y no a otros que defiendes. (Lo tomo como una extravagancia por tu parte). Nunca he visto a Yamada como pretencioso, no creo que haya mala intencion por su parte, simplemente pasa que no me gusta ese aroma de Ozu que tanto rezuma en sus últimos films.

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  3. Más que extravangacia se debe, como anuncié al principio, a la voluntad de incluir en el blog algunos filmes de última hornada. En este caso, se trataba de uno de los escasos títulos del cine japonés estrenados entre nosotros durante la presente temporada, por lo que me me pareció necesario contextualizarlo (esfuerzo quizá ímprobo). Admito, eso sí, que no es el mejor debut de Yamada en este espacio; tal vez aparezca en lo venidero «La garra diabólica» u otra anterior, pero antes vendrán otros compatriotas suyos. Gracias por comentar, y por discrepar.

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