Elogio del caos

Norman Phiffier (un genial Jerry Lewis) intenta detener en vano al tropel de clientas que asaltan el departamento de saldos en una de las comedias más logradas del cine norteamericano

WHO’S MINDING THE STORE?

(Lío en los grandes almacenes, Frank Tashlin, 1963)

QUIENES CREEN que la incorrección política en la comedia americana es cosa de nuestros días, deberían ver las películas que Frank Tashlin rodó antaño junto al actor y cineasta Jerry Lewis. Puede que la más cáustica de las seis en que colaboraron siga siendo The Disorderly Orderly (Caso clínico en la clínica, 1964), pero en mi opinión la más divertida y lograda es la inmediatamente anterior, Who’s Minding the Store? (Lío en los grandes almacenes, 1963), especialmente indicada para estas fechas de consumismo desaforado.

Tashlin fustigó durante toda su carrera algunos de los mitos de la Norteamérica del bienestar, con el matriarcado a la cabeza, pero no fue hasta su encuentro con Jerry Lewis, y especialmente a partir de Rock-a-Bye-Baby (Yo soy el padre y la madre, 1958), cuando sus dardos dieron en el blanco. Ello no significa que Tashlin sin Lewis fuera un mero entertainer: la institución del matrimonio, el triunfo a cualquier precio, las obsesiones sexuales del americano medio, la publicidad, la televisión y el propio Hollywood son ridiculizados de forma brillante en varios títulos de los 50, entre ellos las comedias protagonizadas por la explosiva Jayne Mansfield, The Girl Can’t Help It (Una rubia en la cumbre, 1956) y Will Success Spoil Rock Hunter? (Una mujer de cuidado, 1957), para muchos –pero no para mí– las cumbres de su director.

Todavía las dos primeras colaboraciones de Tashlin y Lewis, Artists and Models (1955) y Hollywood or Bust (Loco por Anita, 1956), están en esa órbita, pero una vez Jerry rompe su relación artística con Dean Martin y se independiza como cómico, las películas en las que interviene van imbuyéndose de su peculiar estilo humorístico, construido sobre una mezcla de absurdo y romanticismo, de chifladura y defensa de la ética individual. De alguna manera, Lewis redimensionó el universo de Tashlin mientras este encauzó la personalidad cinematográfica de aquel.

Sabido es que Tashlin aplicó a la ficción con personajes reales recursos procedentes del cine de animación, en el que se había formado. Pese a la creciente influencia del discípulo, el maestro conservó sus estilemas y siguió caricaturizando los objetivos de su sátira, adecuando sus modos al timing y la singularidad de Jerry, cuyo personaje se distingue siempre sin pretenderlo. De la unión de sus talentos resultó un comentario ácido sobre la cultura del éxito, véanse también Cinderfella (El ceniciento, 1960) e It’s Only Money (¡Qué me importa el dinero!, 1962).

Ahora bien, Tashlin no era un «crítico» de la sociedad estadounidense, sino un humorista impertinente. Sus transgresiones se realizan siempre dentro del sistema, como prueba el memorable inicio de Una mujer de cuidado, en el que Tony Randall, pequeño hombre-orquesta, ejecuta la fanfarria de la Fox mientras el logo de la productora señorea la pantalla, convertida en escaparate comercial. En Lío en los grandes almacenes, varias de las escenas que incluyen a la señora Tuttle (Agnes Moorehead) están concebidas como parodias de los shows televisivos de la época, cuya estética y planificación Tashlin relaciona con el look de la Paramount, en una síntesis de lenguajes industriales particularmente maliciosa.

Basada en un argumento de Harry Tugend, la película se estructura en función de los sucesivos encuentros que Norman Phiffier (Lewis) tiene con el sexo opuesto, bien de forma individual (la cazadora, ejemplo de la mujer dominante y castradora, siempre en el punto de mira de Tashlin) o colectiva (las clientas que se lanzan en tropel sobre el departamento de saldos, poniendo en peligro al vendedor). Son escenas autónomas que se corresponden con las sucesivas pruebas que Norman deberá superar para hacerse merecedor de la bella Barbara Tuttle (Jill St. John), hija de los propietarios. Cada uno de esos obstáculos (sádicamente dispuestos por el pisaverde de la firma, Mr. Quimby: Ray Walston) suponen el enfrentamiento de un ser ingenuo con un orden perverso. Hay un segundo varón, que comparte con él la condición de víctima: Mr. Tuttle (John McGiver), marido desvirilizado por una esposa rica que dirige la empresa familiar a golpe de antojo.

En tan jerarquizado elemento Norman introduce a pesar suyo un factor subversivo, dirigido tanto a los objetos, siempre rebeldes, como a las personas, gobernadas por impulsos agresivos que chocan contra la simplicidad del joven. Tashlin enlaza a través de Lewis con los clásicos del cine cómico, homenejados por turno: desde Chaplin (el solo de Jerry ante la máquina de escribir tiene un valor digresivo equivalente a la danza de los panecillos en La quimera del oro) hasta W. C. Fields (recordado en la prueba del zapato, paráfrasis de la escena sadomasoquista de The Dentist); desde Laurel y Hardy (el miedo masculino a las Dianas, armadas con utensilios domésticos cuando no lo están con rifles) hasta el judío Lubistch, en cuyos aprendices y empleados de almacén se inspira el personaje de Phiffier.

Otras veces la dinamita se coloca en lugares imprevistos. Cuando Norman improvisa un andamio para que una clienta pueda ver la televisión desde el colchón que se dispone a comprar, director y actor pulsan una tecla absurda. El fin no es tanto censurar el capricho de la señora, sino llevar la idea del confort burgués a un extremo surreal. La cadena de «gags», a cual más memorable, desemboca en una secuencia digna del mejor «slapstick»: el combate contra el aspirador succionalotodo, una glosa del caos en la que Tashlin convierte el decorado diseñado por Hal Pereira en un campo de batalla.

No es casual que este logro cómico coincida en el tiempo con la imparable progresión como cineasta de Jerry Lewis, indispensable copartícipe del desastre. A partir de su colaboración con Jerry, Tashlin ya no volvió a ser el mismo, ni al servicio de Bob Hope ni mucho menos al de Doris Day.

Sólo una cosa chirría agradablemente en esta comedia tan bien engrasada. Me refiero al personaje de Barbara, quien en un alarde de honestidad prefiere subir «desde abajo» y trabajar como ascensorista en una de las tiendas que forman el imperio Tuttle. Hoy ejercería de rica y famosa a lo Paris Hilton y colocaría a su prometido junto al despacho de papá. ♠

4 comentarios en “Elogio del caos

  1. Hay tres películas que no me canso de ver y que siempre me hacen reír mucho, «El guateque», «Descalzos por el parque» y esta. Gracias al cine por darnos esos ratos de «felicidad», aunque sea efímera.

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    • Nunca me he puesto a hacer un ránking, pero en la pelea me entrarían unas cuantas geniales protagonizadas por Chaplin, Langdon, «Snub» Pollard, Laurel y Hardy, los Marx, Lewis o el infravalorado Danny Kaye.

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  2. Muy buen texto, José Andrés. Y rompo una lanza en favor de Harold Lloyd, que no aparece nombrado y lo merecería si tenemos en cuenta la histeria en los grandes almacenes. La imagen icónica de Lloyd es colgado de las agujas de un reloj, pero esa es la parte más famosa de «Safety last», no necesariamente la mejor. Antes, el pobre Harold se las ha tenido que ver con una multitud de fervorosas compradoras en una desternillante sección que transcurre en unos grandes almacenes donde trabaja. Por cierto, en toda esa parte hay una genial utilización del plano general. Y eso que mi favorita no es «Safety last», sino la maravillosa «The kid brother».

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    • Gracias, Mario, y bienvenido. Al final tu comentario se convierte en una justa reivindicación de Harold Lloyd, al que me dejé en el tintero junto a otros no menos grandes como Keaton, también perseguido por las hordas femeninas en «Siete ocasiones». Ignoro si estabas en la sesión nocturna de Pordenone donde, hace años, proyectaron «Safety Last». Aún vista docenas de veces, la disfruté como un enano. Siempre la consideré una obra maestra, pero, como apuntas, no es la única en la filmografía del gran Harold. Los cómicos de antaño son gente maravillosa, con los que siempre estaremos en deuda por los magníficos momentos que nos han hecho pasar y a los que, por desgracia, hoy se mira un poco por encima del hombro, como reliquias del pasado. Lo cierto es que ni el mejor comediante actual sirve para descalzarlos.

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