Alicia en los infiernos

La nueva Alicia: Laura Dern pasa al otro lado de la realidad de la mano de David Lynch

INLAND EMPIRE (David Lynch, 2006)

HACE UNA DÉCADA nos los advertían los primeros cronistas de Inland Empire. Solo entrarán en este infierno los fanáticos de David Lynch. Vaya por delante que estoy lejos de ser un incondicional del director de Montana; detesto cordialmente algunas de sus películas y creo que su figura llegó a sobredimensionarse en tiempos aciagos para el culto cinéfilo. Con todo, se trata de un verdadero creador, uno de los pocos realizadores capaces aún de sorprender no ya en cada película, sino con cada cambio de plano.

La perplejidad y la incertidumbre son, de hecho, materiales asiduos de este inteligente director, que, pese a haber hecho una película tan diáfanamente narrativa como The Straight Story (Una historia verdadera), nunca ha ocultado su aversión por el cine de argumento. En Inland Empire, Lynch lleva este rechazo hasta sus últimas consecuencias. El filme carece de historia y parece construirse sin que el autor intervenga demiúrgicamente ni ejerza ningún tipo de control sobre personajes y situaciones, librados –nunca mejor dicho– a su suerte.

A medida que su proyecto avanzaba, Lynch emitía periódicas advertencias sobre la naturaleza de su trabajo, verdadero «work in progress». No solo ignoraba (o aparentaba ignorar) lo que estaba haciendo, sino que registraba con su cámara digital cuanto le venía a la cabeza, sin orden ni voluntad de relacionar los fragmentos, vertidos en un todo asimétrico e incoherente. Pese a ello, Lynch se negó a sacrificar un minuto de película en la mesa de montaje, como le pedían los responsables de Canal Plus. Luego se demostró que ni la obra llegó intacta al público ni su director fue tan intransigente y megalómano como antaño lo fuera Stroheim. Lynch se «conformó» con estrenar en salas comerciales una vasta fantasmagoría de 172 minutos, singularmente ambiciosa y difícil, sin duda la película más arriesgada de su carrera y en mi opinión la mejor.

Quizá aquellos primeros avisos de la crítica estuviesen encaminados a generar algún tipo de expectación iniciática, sobre todo entre una mayoría de espectadores que, impresionados por la fama y el prestigio del director, lo tenían por un «raro», impresión que ni siquiera el impredecible éxito de su serie televisiva Twin Peaks había borrado. Tarde o temprano, la rareza de Lynch habría de volver a manifestarse en toda su crudeza, y lo haría de forma incendiaria, radical, tanto es así que desde 2006 no ha producido otro  largometraje para la pantalla grande, aunque sí numerosos cortos, documentales (entre ellos More Things That Happened, con los descartes «voluntarios» de Inland Empire, casi una segunda película) y la nueva temporada de Twin Peaks, empresa tardía destinada a llenarle la despensa.

Sin embargo, ni entonces ni ahora la cuestión debe plantearse en términos de contrato: de una parte, el creador libérrimo; de otra, el espectador sometido a prueba. Creo sencillamente que a quien no le asusten las experiencias límite de terror puede entrar en Inland Empire; quien, por el contrario, se sienta intimidado por ellas encontrará una puerta cerrada a lo largo de casi tres horas.

En la hora del estreno, la ausencia de referentes llevó a los comentaristas a aferrarse a la obra  inmediatamente previa, Mulholland Drive, donde también hay una actriz que acude a un rodaje y que insensiblemente pasa de un mundo poblado por gentes obsequiosas (en el cine de Lynch la insidia suele disfrazarse de amabilidad) a otro donde algo «no funciona». Aquí la actriz tiene dos nombres, Nikki y Sue, y la interpreta de forma excelente Laura Dern. A diferencia de la heroína de Mulholland Drive, cuya inocencia parece ir inconscientemente al encuentro de su contrario, Nikki intuye la presencia solapada del mal, que acecha entrebastidores. Sin saber cómo, la protagonista se adentra en un mundo de fantasmas tras pasar, como Alicia, por un filtro familiar, aquí el «set» de rodaje.

Explorando las posibilidades de la textura digital, Lynch busca la inconcreción, la inestabilidad de la figura humana, enfrentada al mundo concreto (acaso demasiado concreto) de los objetos. El director difumina los contornos de sus personajes, aunque no del todo, solo lo justo para que el ojo vaya en su busca e indague en esa realidad desdibujada, corroída como por un extraño cáncer que se extiende a las situaciones y diálogos, siempre a caballo entre lo patético y lo ridículo, cautivos de un sinsentido sobre el que la razón no puede ejercer control alguno ya que el organismo que los aloja está irremediablemente enfermo. Siempre nos hemos preguntado qué sucede en el interior de un cerebro invadido por un tumor. Creo que debe parecerse mucho al universo de Inland Empire.

También aquí las células crecen desordenadamente, siendo este desorden muy caro a Lynch, recuérdense las excrecencias corporales de Eraserhead (Cabeza borradora),  la megacefalia de El hombre elefante o el submundo bacteriano de Terciopelo azul. En Inland empire penetramos en una infrarrealidad caótica (visualizada, para mí, con más talento que el demostrado por el francés Grandieux en sus expediciones oscurantistas al otro lado); también a una dilatación sensorial producto del delirio perceptivo que sufre la protagonista dentro de su laberinto, delirio que incluye varios desdoblamientos y que en cierto modo se transmite al espectador, secretamente concernido por sus aventuras.

Estas tienen que ver, claro, con el cuento de hadas , pero con su lado más soterrado y maligno, materializado en esas habitaciones decoradas como un interior de Edward Hopper donde conejos antropomorfos (un regreso a la zoología fantástica de Eraserhead) posan para la cámara en actitudes domésticas.

La amenaza del mundo paralelo, secreto y desasosegante, se transmite asimismo a la banda sonora, heterogénea y extraña, con sonidos amplificados o que reverberan hasta el umbral del cluster.

Decir que Inland Empire no se parece a nada de lo que se ha visto antes en el cine es verdad, pero solo en parte. Tiene referentes, aunque dispersos: desde Plan diabólico, de Frankenheimer, a El resplandor, de Kubrick; de Inauguration of the Pleasure Dome, de Anger, a El año pasado en Marienbad, de Resnais; de Vampyr a las tentativas más primerizas y radicales del «Dogma», pasando por el llamado cine de vanguardia (pueden rastrearse aquí huellas de francotiradores como Peixoto o Kirsanoff, pero sobre todo de Maya Deren, cuyas Marañas de la tarde parecen acaso la principal fuente de inspiración lynchiana, si es que alguna vez la hubo).

Pero no es a una película, sino a un relato, Out of the Deep, de Walter de la Mare, a lo que más se asemeja desde mi punto de vista Inland Empire. Como aquel terrible cuento, la película de Lynch muestra a una criatura cuya psique se descompone al contacto con un fantasma que es a la vez uno y múltiple, que está tanto dentro como fuera de ella, y cuya visitación le lleva a la locura.

Puede que a esta obra hermética y absorbente le sobren minutos y algún número musical en la línea anómalo-hortera de Terciopelo azul; sin embargo, no le falta nada para convertirse en una gran experiencia para todos aquellos exploradores de lo sobrenatural, sean o no fanáticos de su director. ♠

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s