Marineros de agua dulce

Georg (Einar Hanson) corteja a Rose, la hija del conde (Inga Tidblad) en una escena de Mälarpirater, la aventura estival de Sigfrid Siwert, adaptada por Gustaf Molander. (1)

MÄLARPIRATER (Los piratas del lago Mälar, Gustaf Molander, 1923)

AUTOR DE SETENTA PELÍCULAS, Gustaf Molander ha sido justamente señalado como el eslabón entre los pioneros de la edad de oro del cine sueco (la década prodigiosa que va de 1913 a 1924) y los grandes directores modernos como Alf Sjöberg e Ingmar Bergman, uno de cuyos guiones juveniles, Eva, llevó a la pantalla en 1948. Sin embargo, los manuales insisten en fijarlo «ad nauseam» como Pigmalión de Ingrid Bergman, a la que dirigió en media docena de ocasiones antes de su marcha a los Estados Unidos.

Dos de los títulos que rodó junto a la actriz, Intermezzo y Un rostro de mujer, fueron rehechos a continuación en Hollywood, donde Disney ya había promovido una versión de su comedia Vi som går köksvägen, bajo el título Servant’s Entrance, con Janet Gaynor y Lew Ayres, dirigida por Frank Lloyd. Y es que la reelaboración de argumentos fue una constante en la carrera de Molander, bien porque otros rehacían sus obras (el citado Lloyd, Gregory Ratoff, Tancred Ibsen, Karel Lamac, Erik Balling, Cukor, incluso Dreyer, quien rodó su célebre Ordet once años después de la versión sueca, muy estimable) o porque él recreaba las ajenas (así los grandes clásicos de su compatriota Mauritz Stiller Canción de la flor escarlata y El tesoro de Arne, cuyos guiones había escrito hacia 1918 y de los que dio su propia versión en los años 50, con resultados lógicamente por debajo de cada original).

Rara vez hizo Molander algo que no se viera desmerecido por la comparación con otro trabajo, anterior o posterior. Un sino que le acompañó desde el inicio de su carrera como director, cuando tras la marcha a los Estados Unidos de Victor Sjöström y Mauritz Stiller cerró los proyectos que ambos maestros habían dejado inconclusos (la saga de los Ingmar, en el caso del  primero) o pendientes de continuación (el ciclo cómico de Thomas Graal, en el del segundo).

Cuando Molander rodó Mälarpirater (Los piratas del lago Mälar), Sjöström ya había cruzado el Atlántico y Stiller estaba a punto de seguir sus pasos. No sabemos hasta qué punto el director de Una noche era consciente de la orfandad en que iba a quedar el cine sueco tras la marcha de sus genios. Lo cierto es que él asumió la ingrata tarea de liderar a una serie de cineastas de segundo orden (la llamada «generación sacrificada»), a la vez que contribuía a modernizar la industria del cine sueco impulsada por Charles Magnusson, paulatinamente relegado dentro de la estructura de producción de Svensk Filmindustri.

En este contexto, Mälarpirater sorprende por su carácter ligero, estival y desenfadado: la historia de tres jóvenes, Georg, Eric y Fabian, cuyo barco naufraga en el archipiélago de Estocolmo durante una excursión familiar.

Es inútil buscar en las imágenes del filme señales de la crisis por la que iba a atravesar el cine sueco tras la ida de Sjöström y Stiller, ningún atisbo de inquietud, alarma o prematura nostalgia. Al contrario que varios de sus colegas, Molander no se lanza a imitar a los emigrados con graves e imponentes dramas de época, sino que propone una «pojkäventyr» o cinta de aventuras infantiles, deliberadamente modesta, jovial, sin pretensiones (aunque no sin publicidad: el “casting” atrajo a cientos de aspirantes, en su mayoría rechazados). Por si fuera poco, y como señaló el historiador Rune Waldekranz, la película introduce un novedoso punto de vista, el de los jóvenes. De este modo, Molander prefigura las primeras películas de Ingmar Bergman o las aventuras iniciáticas en la naturaleza filmadas por Arne Sucksdorff. Antes que ellos, Molander escribió los guiones de sus propias obras, pese a lo cual rara vez fue catalogado como autor.

Primera de las tres versiones de la novela de Sigfrid Siwertz (2),  Mälarpirater cuenta cómo tres muchachos se convierten en la improvisada tripulación de un barco a la deriva y luego en belicosos robinsones. La cámara participa de sus intentos de organización, vistos antes como un juego serio que como una lucha desesperada por la supervivencia.

Apartándose del naturalismo, Molander pulsa las teclas de la fantasía, que no emana del entorno semisalvaje, sino de la imaginación infantil. Así, la persecución de los niños por los dueños del barco hace que uno de ellos se vea amortajado en una red de pesca, rodeado por peces abisales; a continuación, los iracundos perseguidores se agigantan sobre el barco en una idea expresamente tomada de Crainquebille (1922), de Feyder; prisionero del califa Harún al-Rashid (un delicioso anacronismo), Eric se figura que la armadura abandonada en un banco de la celda tiene por dueño a un esqueleto; y, claro está, cuando el pequeño refiere finalmente las hazañas pirateriles a un auditorio formado por gente de su edad, su imaginación colorea los episodios con tintes heroicos.

Al pairo de dichas fantasías, el uso de trucos fotográficos por parte de Molander era casi una consecuencia lógica de los avances experimentados por el cine sueco, cuyo último logro en este campo había sido Gunnar Hedes Saga (1923), de Stiller. Su protagonista, Einar Hanson, lo fue a continuación de Mälarpirater, donde hacía de adolescente pese a contar veinticuatro años. Ignoraba que solo cuatro años después moriría al volante de un coche en Hollywood, donde interpretaría papeles de europeo refinado a las órdenes de Dorothy Arzner, Frank Lloyd, Sternberg y el propio Stiller, que le sobreviviría solo un año. Tal vez en Mälarpirater mostró su lado más alegre y diáfano.

Lo mismo puede decirse de Molander. Tantas veces tildado de ortodoxo, el director sueco demuestra aquí sus dotes para la digresión fantástica. Y no solo eso: sabe ponerse a la altura de los jóvenes, participar de sus experiencias sin paternalismo y cantar sin falsetes a una naturaleza todavía intacta. ♣

(1)  La imagen, tomada de la web de Amazon, procede de un original perteneciente al archivo sueco International Magazine Services.

(2) Las otras dos versiones fueron dirigidas en 1950 y 1987 respectivamente por Per Holgrem y Allan Edwall. Solo esta última está disponible en la red.

4 comentarios en “Marineros de agua dulce

  1. Tengo de ella un excelente recuerdo. Me sorprendió encontrar en una película sueca (y muda, y que transcurre en el presente) el espíritu de aventura y ansias de vivir propio de la obra más célebre de Mark Twain (y de la que toma como referencia el episodio de los muchachos fugados y escondidos en la isla).
    De Molander he vuelto a ver hace poco «Intermezzo», película desigual cuyos defectos son corregidos en el remake de Ratoff. Eso sí, Ingrid Bergman está magnífica en ambas. Molander, que fue determinante en la primera época de la carrera de la actriz, bien pudo estar orgulloso de su contribución.

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    • Me alegra saber que alguien en España ha visto esta película, la mejor de las mudas de Molander que he conseguido ver y una de las más luminosas de su carrera. Bien vista la relación con Twain. El ciclo Bergman-Molander es muy compacto; ando con ganas de revisar algunos títulos, en especial el menos conocido, «På solsidan».

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  2. Hace años recuerdo que se puso en el ciclo Molander de la filmoteca de Varsovia. Comparto tu opinión, la mejor muda junto con Ingmarsarvet. Una delicia maravillosamente señalada por ti. Personalmente tengo un buen recuerdo de På solsidan.
    Espero que pronto saques a la luz tu libro sobre Sjöström y el cine sueco.

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    • Aunque Selma Lagerlöf no tuviera en gran estima a Molander, «Ingmarsarvet» tiene al menos una escena memorable (la fiesta noctuna envuelta en aquellarre) y, aunque para mí no supera «Ingmarssönerna», sí mejora un poco «Karin Ingmarsdotter». El capítulo final del ciclo de «Jerusalen», «Till Österland» tampoco está mal, pero ahí ya tuvo Molander muchos problemas y apenas sobreviven un par de rollos. En cuanto al libro de Sjöström, lamento deciros a los que os habéis interesado por él (muchas gracias) que duerme el sueño de los justos en espera de encontrar un editor valiente, cosa que en España y en el contexto editorial presente se me antoja harto complicado.

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