Unholy Motors

Mel Gibson, en el papel que le haría saltar a la fama en el último y violento suspiro de los 70

MAD MAX (George Miller, 1979)

LA IRRUPCIÓN DE MAD MAX A COMIENZOS DE LOS AÑOS 80 supuso un fenómeno internacional parecido al que Rashomon había protagonizado tres décadas antes: descubrió al mundo del cine (mejor dicho, al mercado de películas) que había una cinematografía exótica pugnando por darse a conocer. Si ayer fue Japón, entonces lo era Australia; luego vinieron Irán y Corea del Sur. Actualmente no hay candidatas para dar el relevo.

Ignoro hasta qué punto George Miller –cuya trayectoria posterior pasa por títulos tan dispares como Las brujas de Eastwick, El aceite de la vida, Babe, el cerdito en la ciudad o Happy Feet– era consciente del golpe de efecto. Vista hoy, Mad Max es una película de culto que llama la atención por su sobriedad expresiva (pese a ello fue clasificada «S» en España a causa de su violencia), por recursos extinguidos o a punto de extinguirse en la época de su rodaje (cortinas, encadenados, ominosos fundidos en negro) y por el uso disolvente de metáforas visuales ajenas a la obviedad recalcitrante del «cine de acción» (halcones y cuervos representan a las fuerzas del bien y del mal, el asesinato de la esposa y el hijo de Max se da a través de un zapato y una pelota caídas sobre el asfalto, la carretera vacía expresa el destino del héroe tras haber consumado su venganza).

Historia de vendetta, Mad Max es también la crónica de la construcción de un héroe-que-no-quiere-serlo: Max Rockatansky (Mel Gibson), un policía especializado en la lucha contra la delincuencia rodada, martillo de moteros y macarras de autopista. La presentación del personaje responde a un ritual mitificador: el agente no se muestra al principio de cuerpo entero, sino por partes: sus botas, sus manos, su mentón, sus guantes, sus gafas, ceremonia que culmina cuando se apea del vehículo y desvela su rostro a la cámara tras acabar con un piloto kamikaze apodado «El jinete nocturno».

Para que Max escape a su condición de justiciero embutido en su uniforme de cuero, Miller dedica largas escenas a su vida doméstica. En ellas, el personaje se acredita como tierno padre de familia; además, el director y su socio, el guionista Byron Kennedy, ponen en su boca una reflexión (que se ve venir) sobre la delgada línea que separa a los defensores de la ley de los delincuentes.

Como en Los sobornados, la familia del agente recibe «avisos» hasta convertirse en víctima de los psicópatas. Y siguiendo los pasos del policía de Lang, Max habrá de actuar al margen de la ley para hacer justicia, sobre todo tras ver cómo los delincuentes son puestos en la calle por jueces que echan a perder el trabajo de los agentes, con gran indignación nuestra y de Goose (Steve Bisley), oficial al que los criminales también masacran.

Carreras y colisiones al margen, hay en Mad Max una economía expresiva que remite a la vieja serie B, sensación acrecentada por la música de Brian May, tan buena y discreta que casi pasa desapercibida. Resuelto a vengarse, el policía enfila el fondo del garaje y, sobre el eje de la imagen, vemos salir al ángel de la muerte al volante de su Interceptor V8, tras un suave encadenado. Por otro lado, la pintura del futuro apocalíptico (barroquizada en las dos entregas posteriores, que hacen hincapié en el agotamiento de las fuentes de energía) se limita aquí a un limpio esbozo realizado a partir de viejos edificios de ladrillo rojo, cementerios de automóviles, llanuras amarillentas y desoladas autopistas castigadas por el sol.

Esta imaginería sutilmente regresiva y con cierta pátina pobre se aviene bien con la linealidad del relato, aspecto que Mad Max comparte con otro filme futurista inmediatamente posterior, The Chain Reactión (Peligro: reacción en cadena, dirigido por Ian Barry, con el citado Bisley como protagonista y con Miller al frente de la segunda unidad), del que no ha quedado rastro. Nadie se acordará tampoco de Razorback (Los colmillos del infierno, 1984), de Russell Mulcahy, ambientada por aquellos parajes y que puede considerarse el último derivado comercial del primer Mad Max.

Algo debilitada por el paso del tiempo (pero infinitamente superior a ese abominable engendro titulado Mad Max: Fury Road, que tanto gustó hace un par de temporadas), la cinta interesa hoy más por sus detalles que por el conjunto; por cómo reverberan ciertos motivos bajo su carcasa futurista (regularmente los agentes reciben mensajes por línea interna preveniéndoles acerca de la colaboración con el lumpen) que por las convenciones que acumula, algunas de ellas tan burdas como incongruentes (en la «razzia» que los moteros perpetran en el pueblo, Miller dedica un plano a cada objeto destrozado, lo que más que horrorizar al espectador le traslada la excitación de los vándalos). Pese a todo, la película, una hábil síntesis de «western», cómic y fantasía neomedieval, conserva algo de su primitivo encanto y nos recuerda que el porvenir («A Few Years From Now») comienza a parecerse inquietantemente a nuestro presente. ♠

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