Llueve sobre nuestro amor

Dos grandes del cine japonés, Masayuki Mori e Hideko Takamine, en una escena del filme

UKIGUMO (Nubes flotantes, Mikio Naruse, 1955)

“LA VIDA DE LA FLOR ES MUY BREVE y, aun así, sufre muchas penurias”. Con esta reflexión se cierra Ukigumo, una de las obras maestras del director japonés Mikio Naruse, idolatrado hoy por la internacional cinéfila pero que durante décadas sufrió no poca incomprensión y olvido, lo que en parte se debía a los escasos atractivos exteriores de su cine, que apenas circulaba fuera de Japón, y en parte a su propio carácter, marcadamente humilde y taciturno en palabras de Audie Bock.

Como otras obras de su autor, Nubes flotantes es la historia de un hombre y de una mujer, y más exactamente del amor no correspondido que esta siente por aquel. La modesta figura de Yukiko (Hideko Takamine) emerge del paisaje en ruinas del Japón derrotado tras la Segunda Guerra Mundial, ahora bajo ocupación norteamericana. En ese marco roto, la mujer intenta recuperar en vano a Kengo Tomioka, un funcionario del Ministerio Forestal al que conoció en la Indochina francesa.

A lo largo de la película, Yukiko es iluminada por Naruse bajo una única luz: la que proviene de su amor rechazado. Ese deseo incesante del otro, al que se tiene y no se tiene, al que se halla y se pierde, guía todos sus pasos. Del mismo modo, Tomioka (Masayuki Mori, en uno de sus habituales papeles de hombre frío y egoísta) se define por su invariable resistencia al deseo femenino, que solo comparte de forma pasajera y en un plano estrictamente físico, incapaz de entregarse emocionalmente, atado como está a una esposa enferma y a un sentido de la responsabilidad que no le impide serle infiel de vez en cuando. «Todos estamos solos», pone por excusa.

Bajo la cínica explicación discurre la crónica de un amor imposible, pero en el estilo riguroso y desnudo del maestro de Yotsuya (en su muda severidad, por citar de nuevo a Block) no hay nada que permita hablar de crónica o de relato, por mucho que Nubes flotantes parezca una síntesis de los dos géneros regularmente cultivados por Naruse, el shomin-geki, o drama de la gente común, y el fufu-mono, centrado en la vida de pareja.

Plano a plano, momento a momento, el director de Midareru construye un espacio vital donde el amor y el hastío libran un sordo duelo. Harto del mundo, el personaje masculino sale vencedor en cada uno de los asaltos, pero el paradójico resultado de todas estas victorias (ganadas en nombre de principios estériles, como esa lealtad hipócrita del buen marido, indulgente con sus propios escarceos, destinados a llenar su vacío) es el triunfo de su oponente que, al morir, se lleva consigo el amor de ambos.

Espléndidamente interpretada por Hideko Takamine, Yukiko lidera la amplia galería de retratos femeninos de Naruse, mujeres cuyos deseos son tanto más mortificantes cuanto que están cerca de cumplirse pero siempre acaban diferidos o frustrados, lo que les lleva a  sufrir de forma privada, bien en soledad o en presencia de aquellos a los que han confiado en vano sus ilusiones, que es quizá la forma más amarga de soledad. Para la moderna mentalidad occidental es difícil entender que alguien se obstine en buscar la felicidad en el amor rehusado; incluso en Oriente han surgido voces, como la del cineasta Shôhei Imamura, que niegan la existencia de tales sacrificios en la sociedad japonesa contemporánea, escenario de casi todas sus películas.

Pero ahí radica, precisamente, uno de los aspectos más singulares y admirables del cine de Naruse: sus personajes femeninos nunca se revisten con el aura del sacrificio, aun siendo conscientes de la lucha que sostienen con una realidad hostil. A fuerza de querer, Yukiko termina rindiendo a Tomioka.  Por desgracia para ambos, se trata de una victoria tardía: en uno de los mejores momentos del filme y de toda su obra, Naruse aísla a la pareja en un cuarto vacío donde ella yace a la luz de una vela mientras él la llora por vez primera, consciente de la pérdida a la que insensiblemente ha contribuido. Tomioka evoca entonces su primera visión de Yukiko, y Naruse relaciona el lugar de la última reunión (la isla Yakushima, azotada por las lluvias estacionales) con la húmeda y boscosa región del sureste asiático donde sus personajes se conocieron años atrás.

Nubes flotantes pertenece al conjunto de películas de Naruse inspiradas en la vida y la obra de la controvertida escritora japonesa Fumiko Hayashi, fallecida en 1951, el año de la publicación de Ukigumo. El impresionante ciclo arranca ese mismo año con una de las cumbres del director, Meshi (El almuerzo), a la que seguirán Inazuma (El relámpago), Tsuma (Esposa, 1953), Bangiku (Crisantemos tardíos), la película que nos ocupa y Hôrô-ki (Senda solitaria, 1962), biografía de  Hayashi, encarnada, cómo no, por la musa del cineasta, Hideko Takamine. En Nubes flotantes hay además otra importante contribución femenina, la de la guionista Yôko Mizuki, quien había iniciado su colaboración con Naruse en Okasan (Madre, 1952) y que reconoció el magisterio del director al afirmar que aprendió de él cómo graduar “el ritmo de los sentimientos” a la hora de desarrollar su trabajo.

Y es que en el cine de Naruse todo se rige por la modulación. Un mismo asunto es mostrado desde todos los ángulos, sometido a imperceptibles variaciones tonales que exigen del espectador una atención constante a los gestos y movimientos registrados por la cámara. Un ejemplo se encuentra en la escena en que Yukiko, aún convaleciente, visita a Tomioka, a quien reprocha seguir queriendo a Osei (Mariko Okada), la amante muerta a manos de su marido celoso; cuando abandona la casa para volver a las calles desdibujadas por la lluvia, Yukiko deja un rastro de impotencia al que son ajenos los niños que juegan en la galería donde «por casualidad» ella acaba de cruzarse con la nueva amiga del hombre, como antaño se cruzó con la malograda Osei. La historia se repite; mientras abre su paraguas, Yukiko vuelve la cabeza y mira a los niños como si quisiera cambiar su experiencia de la vida por una inocencia irremediablemente perdida.

El realismo narusiano no obedece a principios naturalistas, sino a la  búsqueda de analogías espontáneas entre el mundo visible y los sentimientos intangibles, entre ese Japón empobrecido y devastado por las bombas, y el avatar de una mujer que, mientras mantiene viva la llama de su amor, debe sobrevivir de cualquier manera, vendiendo su cuerpo o aceptando el favor de quienes la han humillado. Entre la nada y la pena, Yukiko también escoge la pena. ♠

 

6 comentarios en “Llueve sobre nuestro amor

  1. Desde la primera vez que vi «Nubes flotantes» se me quedó grabada la imagen (que muy oportunamente incluyes en tu excelente artículo, José Andrés) de la pareja en el barco a la intemperie, bajo la lluvia (y de la que sabemos, además, que ella está enferma). Un plano imborrable (sorprendentemente, al revisarla se constata que dura sólo unos segundos) que en buena parte resume el tono destemplado y triste (pero donde el amor -y, ay, el desamor- siempre está presente) de la película.
    Otra cuestión: Imamura, con su juicio, se cubrió de gloria.

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    • Al hilo de tu último comentario: siempre he tenido la sospecha que los directores japoneses que sucedieron a los grandes maestros decían admirarlos pero, en el fondo, los consideraban superados. Oshima es el ejemplo más claro. Por eso, encuentro tan encomiable el respeto reverencial de Yamada. Puede no ser el mejor cineasta de Japón, ni el más moderno ni avanzado, pero no se detecta en él un ápice de suficiencia; nunca cree estar por encima de sus maestros ni sale negando la mayor.

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  2. Pregunto, ya que no lo encuentro, cual es el juicio de Imamura?
    A mi me parecen tanto Imamura como Oshima cineastas excepcionales (también Yoshida y Masumura de la misma época) y no veo en su cine suficiencia ni ningún tipo de sensación de estar por encima. Peores que los clásicos eso esta claro.
    Por cierto Jose me gustaría preguntarte por otro clásico, mas infravalorado y nada reivindicado, Kinoshita, a mi parecer un maestro del melodrama.

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    • «Mis heroínas están atadas a la vida, basta con mirar a las japonesas de nuestro entorno. Son fuertes y sobreviven a los hombres. Las mujeres autosacrificadas como las heroínas de Naruse, en ‘Nubes flotantes’, y de Mizoguchi, en ‘La vida de O-Haru’, no existen realmente». Se trata de una declaración realizada por Imamura en una entrevista de la que se hace eco Audie Bock en su libro «Japanese Film Directors», p. 292. Claro que tanto Oshima como Imamura (tan cercanos en algunas cosas) tienen películas espléndidas, al igual que Yoshida y Masumura. Pero en ciertas apreciaciones «de Nueva Ola» (tanto en Oriente como Occidente) yo sí que veo falta de humildad, cosa que no encuentro en Yamada, al que se mira un poco como el pobre discípulo aplicado, incapaz de volar sin las alas de sus maestros. En cuanto a Kinoshita, coincido plenamente contigo; es un gran cineasta con pocos admiradores, incluso dentro del círculo de aficionados al cine japonés.

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  3. Vaya por Dios… así que también criticó a Mizoguchi.
    De primeras imaginé que su disgusto se debía a que pensaba que el caso de la protagonista era demasiado extremo. Cierto, igualmente como el de tantos personajes de la historia del cine, empezando por la Lisa de «Carta de una desconocida».
    Leyendo ahora la declaración original veo que afirma que las mujeres japonesas no son así. Por supuesto que no, lo primero porque ni Naruse ni Mizoguchi retratan a «las mujeres japonesas» sino, cada uno, a una mujer concreta, a un ser único. Señalar incluso que mujeres semejantes no existen en Japón es disparatado. Por pocas que sean (su pasión, su exigencia, no es desde luego la de la mayoría) seguro que las hay allí como las hay en el resto del mundo (yo he conocido a dos parejas semejantes, en una de ellas es el varón el que sufre).
    Por último, menospreciar a un personaje como Yukiko es lamentable. A mí me parecen dignas de admiración su obstinación y su lucha continua por lo que quiere aunque todo se le ponga en contra, aunque nadie le comprenda ni aliente (y el primero, y desde que, al comienzo, vuelve a encontrarse con él, su amado, que le recomienda que le deje). Una mujer con carácter y que (aunque le dañe) toma la iniciativa de forma continua: no hay que olvidar que, como ella recuerda, fue quien al poco de conocerse entró en el dormitorio del hombre y lo sedujo.

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