Más humanos que los humanos

La colosal Joi (Ana de Armas) señala al agente K (Ryan Gosling) en la esperada secuela de Blade Runner, dirigida por el canadiense Denis Villeneuve

BLADE RUNNER 2049 (Denis Villeneuve, 2017)

HAY UNA IMAGEN QUE REVELA EL ESPÍRITU con el que los artífices de Blade Runner 2049 han afrontado su desafío. Un gigantesco holograma se perfila por encima del puente por el que transita el protagonista: la imagen de neón se cierne eróticamente sobre él hablándole en la lengua de los deseos, dulce y peligrosa. Se trata de un ideal; la figura femenina, hasta entonces alojada en la consola del policía, interpela al hombre, situado a pequeña escala, obligado a seguir su camino, a cumplir su misión.

En una tesitura parecida se vio Denis Villeneuve cuando entró en el set y sintió que tenía la responsabilidad de prolongar una de las ficciones más apasionantes del cine moderno, presión compartida por los actores y el resto del equipo. Poco después de concluir el rodaje, el director canadiense reconoció en una entrevista para Google que aceptó más que abrumado la oferta de Ridley Scott, responsable del primer Blade Runner y de sus reediciones posteriores, no del todo preferidas por el público.

De algún modo, dichas versiones han preparado el camino hacia el nuevo filme, que Scott iba tanteando a través del material reelaborado, como si cada cierto tiempo quisiera decir algo más sobre la historia, abrir nuevas posibilidades. Mientras se sucedían los «cuts», los años pasaban y, ya fuera en el formato del estreno o de sus recreaciones ulteriores, la obra se iba agigantando en el imaginario colectivo. Finalmente, Blade Runner se ha convertido en un tótem cultural, de ahí que su autor (al menos, esa es mi teoría) haya preferido no ponerse al frente de la secuela, demorada por razones que no solo tienen que ver con sus sempiternos problemas de agenda. Scott no se considera un artista, pero tampoco ha querido comprometer su máximo logro creativo. Ya hemos visto lo que ha pasado con Alien.

Así es cómo el ardiente testigo ha pasado a manos de Denis Villeneuve, un director al que en mi opinión se deben algunos de los mejores títulos rodados en lo que va de década: Incendies (2010), Prisoners (2013), Enemy (2013) y Sicario (2015), seguidas de una cinta de ciencia ficción, Arrival (La llegada, 2016), más prometedora que conseguida, pero que selló definitivamente su pasaporte para el universo ciberpunk de Blade Runner.

Lejos de sentirse respaldado por sus antecedentes, Villeneuve se aproxima con un temor reverencial a Blade Runner, que ha equiparado con una iglesia, elocuente comparación si consideramos que, para él, la introducción del original (la visión del hades por un ojo sobrehumano) posee connotaciones religiosas.

De un santuario a otro

Desde el principio, el director quebequés supo que las esperanzas de acercarse al original eran limitadas, como le confesó al que iba ser el protagonista de la secuela, Ryan Gosling, encargado a su vez de replicar a Deckard. Este ejercicio de humildad, raro en un cineasta de hoy, le permitió liberarse y encarar la película como “un puro acto creativo” y, más poéticamente, como “una carta de amor” dirigida al filme de 1982, hoy elevado a los altares cinéfilos. (Quién nos lo hubiera dicho hace treinta y cinco años, cuando ya era obvio que se trataba de una obra maestra y los críticos miraban para otro lado o cantaban las alabanzas de celuloide perecedero.)

Conjurando sus miedos, Villeneuve convierte la idea del templo profanado en uno de los motores del filme. La ciudad de Blade Runner 2049 ha dejado atrás la heterogénea metrópolis del original, Los Ángeles, para convertirse en un espacio onírico formado por edificios que tienen algo de santuario y que solo parecen conectados entre sí por los viajes del protagonista, intruso donde quiera que vaya. Este responde al nombre de K,  que unido al nombre que se inventa para relacionarse en privado (Joe) nos remite directamente a El proceso.

Pero Villeneuve no erige su filme sobre Kafka sino sobre otra “K” menos ilustre, Philip K. Dick, el autor de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la novela inspiradora de Blade Runner. El encuentro inicial con Sapper Morton, el replicante convertido en horticultor, posee una atmósfera característica de los relatos de Dick, con su aire semiserio, casero y latentemente opresivo. La nebulosa que envuelve la casa de Sapper (Dave Bautista) se transmite al resto de la película, oscura no solo en el plano físico; también las ideas y propósitos nacen de inteligencias lóbregas como la de Niander Wallace (Jared Leto), un psicópata mesiánico cuya corporación ha relevado a la Tyrell y que, pese a construir un imperio basado en la fabricación de androides, desea conocer a toda costa el origen de la vida, como su homólogo Weyland de Prometheus.

Ya Blade Runner era una ficción oscura, pero las tinieblas se han intensificado debido a un desastre ocurrido entre 2019 y 2049, un apagón informático que borró los datos de la Humanidad, lo que lleva a un eventual retorno al mundo analógico (reflejado en la relativamente tosca y anticuada interfaz de los ordenadores en los que K rastrea los códigos genéticos de la progenie de Rachael). Entretanto, se han producido también algunas modificaciones llamativas: para comunicarse, el Blade Runner ya no usa videomonitores sino un móvil con tonos de Prokofiev, y su humeante spinner cuenta ahora con un dron auxiliar que reconoce para él los lugares de destino; no obstante, el mayor cambio tiene que ver con los replicantes, cuya esperanza de vida ha aumentado respecto a los efímeros Nexus 6 de la primera película, “mejora” que Hampton Fancher, guionista y autor de la historia, aprovecha para escudriñar el problema de la transitoriedad, compartido por humanos y autómatas.

En este punto hay que decir que Blade Runner 2049 proporciona más de una sorpresa a la vez que desactiva algunas teorías, principalmente la relacionada con la verdadera naturaleza de Rick Deckard, el agente interpretado, entonces y ahora, por Harrison Ford. Si en la ficción de 1982 (ambientada en 2019) se nos dijo que los replicantes tenían una fecha de caducidad cercana al quinquenio, la sola presencia de Deckard treinta años después desmentiría las afirmaciones que apuntaban a la artificialidad del Blade Runner, incluidas las de propio Ridley Scott. Harina de otro costal es K, que a lo largo de BR 2049 hace el “trabajo sucio” para el sistema a la vez que intenta resolver sus dudas sobre su condición y origen, elemento de intriga sabiamente trasladado al espectador.

En busca de la identidad

La revelación de la propia identidad (no solo la aparente, sino la que conforma el núcleo de la persona) es uno de los grandes temas del cine de Villenueve, quien aquí encuentra un excelente pretexto para proseguir sus indagaciones, que son las de sus personajes. Como hemos visto, unos las realizan voluntariamente (Incendies, Enemy), mientras otros las exteriorizan a través de impulsos vengadores que los poseen y los guían (Polytechnique, Prisoners); hay quienes pierden el rumbo a partir de sucesos traumáticos (las jóvenes “accidentadas” de Maelström y Un 32 août sur terre) y hay quien, como la agente del FBI de Sicario, empieza a verse menos como individuo que como pieza de un engranaje despiadado. Al igual que ella, el nuevo Blade Runner desea saber quién es realmente, si hay algo más allá de sus actos legales.

Que K sea o no humano importa menos que el hecho de que quiera serlo. Su relación con Joi (la chica virtual interpretada por Ana de Armas) indica no un anhelo de satisfacción erótica sino la íntima necesidad de compañía, representada en una mujer solícita, dulce y comprensiva, la fantasía de un solitario. A golpe de botón, la holografía no solo atiende las necesidades de K sino que interpreta sus deseos, como refleja uno de los mejores momentos del filme: la síntesis de Joi con la prostituta Mariette, encarnada por Mackenzie Davies, a la que habíamos dejado como ingeniera de comunicaciones de la NASA en Marte, uno de los proyectos previos de Scott.

Aun siendo un estereotipo (y un estereotipo industrial), Joi es un personaje notable (además de una pesadilla para progres y feministas). No se puede decir lo mismo de otros que conforman el dramatis personae de Blade Runner 2049, considerablemente menos atractivo que el de su predecesora. En el pellejo de K, Ryan Gosling da bien el tipo, con su aire seráfico y triste, exhibido ya en Drive y Cruce de caminos. Por desgracia, este nuevo Blade Runner no tiene un antagonista de la talla de Roy Batty, el complejo androide de rasgos arios interpretado en 1982 por Rutger Hauer. Aquellos atléticos Nexus 6 liderados por Batty encuentran un palido eco en Luv (Sylvia Hoeks), amazona experta en artes marciales que parece salida de cualquier franquicia del cine de acción, y que de acuerdo con este patrón exhibe abundante mala leche mientras espeta frases altisonantes («soy el mejor de los ángeles»). Reemplaza al comisario Bryant la dura teniente Joshi (Robin Wright), que no puede relacionarse con K sin recordarle quién da las órdenes pero cuyas apariciones en el filme despiertan un interés somero. Y en cuanto al magnate, el siniestro Wallace no puede competir en encanto y elegancia con Eldon Tyrell, ni Jared Leto con Joe Turkel, perfecto “hombre en el castillo”, parafraseando uno de los títulos más famosos de Philip K. Dick.

Con todo, el punto más débil tiene que ver, a mi juicio, con la reaparición de Deckard. Su encuentro con K está mediocremente resuelto: “¿Seguimos peleando o tomamos una copa?”, propone el mayor tras un gratuito combate que además sirve para lucir efectos visuales que nada aportan al desarrollo de la película. Como guardián o jubilado, encontramos al viejo policía retirado en un lujoso edificio típico de Las Vegas, con la única compañía de una mascota que cruza misteriosamente por el encuadre, como el perro vagabundo de Stalker. Desde ese momento la temperatura del guion baja unos grados y el filme empieza a entrar en una dinámica convencional. La que podríamos llamar “parte de Deckard” solo reserva, para mí, un buen momento, el reencuentro del Blade Runner con una réplica casi perfecta de Rachael, aún más perturbadora que la entrevista de los dobles en Enemy.

Pero la inquietante escena desemboca en un final tan violento como innecesario, más propio de un videojuego o de uno de esos animes encargados para la promoción paralela de BR 2049 (alguno de ellos bastante bueno, como Blade Runner Blackout 2022, dirigido por Shinichiro Watanabe). Contrastan este tipo de soluciones socorridas con la lógica implacable del original, en el que cada muerte y cada herida tenían un porqué. En honor de Villeneuve hay que decir que casi hasta el final evita convertir BR 2049 en una película de acción, ofreciendo a cambio una narrativa en la que la atmósfera importa más que la anécdota, y lo sensorial más que lo incidental. En esa línea han trabajado tanto el operador Roger Deakins como la dupla de compositores formada por Benjamin Wallfisch y Hans Zimmer (aunque parece ser que el segundo solo ha supervisado el trabajo del primero); ninguno hace olvidar las aportaciones de sus predecesores (el gran Jordan Cronenweth, Vangelis en estado de gracia), pero ayudan a construir un universo fascinante, heredero del primer presagio.

Omisiones, dudas e interrogantes

Quienes hayan visto el documental Los Angeles Plays Itself recordarán que su director, Thom Andersen, rescataba algunas críticas al primer Blade Runner, entre ellas una de Pauline Kael, quien echaba a faltar una explicación acerca de cómo la Humanidad había llegado a ese estadio. Para mí ese tipo explicaciones son innecesarias, entre otros motivos porque la ciencia ficción, cuando es de primera categoría, deja espacio a la imaginación, capaz de especular con la nostalgia venidera, o lo que Villenueve denomina la “hermosa melancolía” del futuro, uno de los elementos que hacen de Blade Runner un filme irrepetible, dentro y fuera del género.

Tampoco Blade Runner 2049 lo aclara todo, es más, deja llamativos cabos sueltos, algunos de los cuales suscitan perplejidad: ¿Dónde fue a parar la muchedumbre interracial de la primera película? En 164 minutos, Villeneuve deja solo un apunte antropológico, aunque sabroso: para llegar a su hogar, K debe sortear a una turba de menesterosos que lo increpan y se hacinan en las escaleras, como en Soylent Green, de Richard Fleischer. Creen los humanos, cada vez más pobres, que K es otro «pellejudo» elevado a la categoría de ciudadano por un sistema que ha ido prescindiendo de los seres de carne y hueso por elementales razones de eficacia.

Más: tampoco hay (como no la había en el original) mucha información acerca de cómo se estructura políticamente esa sociedad del futuro, salvo genéricas apelaciones al orden puestas en boca de la teniente Joshi, frustrado peón en el tablero dispuesto por Wallace. Por otro lado, sorprende que el elemento policial se vea aquí reducido a un solo hombre, K, que no parece tener compañeros, como de hecho tampoco los tenía el agente que investiga la desaparición de las niñas en Prisioneros. Y un tercer aspecto no argumentado: cómo es que siempre llueve, e incluso nieva, en un  mundo que, según todos los indicios, camina decididamente hacia la sequía universal. Interrogantes que la película deja al espectador y que abonan la idea de que BR2049 es, antes que una prospección, una fantasía de rasgos oníricos.

Ahí es donde Villenueve termina ganando la partida, en la esfera ilusoria a la que apuntaba el subtexto de Blade Runner. Más humanos que los humanos, los replicantes albergan sentimientos ligados a recuerdos que les han sido implantados, o tal vez no. Fancher mantiene en la duda a K y al espectador, a la vez que introduce en la ficción a un personaje (Ana Stelline: Carla Juri) que en su desnuda cárcel trabaja para aliviar la carga de la existencia mediante la fabricación de memorias dichosas. Pero esa felicidad forma parte del sueño del alma, que algunos replicantes empezaron a soñar tiempo atrás, cuando su horizonte era corto y el porvenir, una prerrogativa de los humanos. A mi juicio, BR 2049 se hace fuerte en la exploración fotogénica y musical de la melancolía futura, que se corresponde con la triste pesquisa de K, cuyo descubrimiento en la fábrica-orfanato sobrecoge tanto más cuanto el personaje es tomado de espaldas, envuelto en tinieblas y rodeado de escombros, con los que está a punto de fundirse.

En calidad de secuela o de carta de amor, la película genera múltiples déjà vu: los ojos hoffmannianos cultivados en laboratorios clandestinos, el dedo del policía pulsando la tecla del piano en desuso, el caballo de madera (vestigio de una vida anterior, como el unicornio origami dejado por Gaff en el apartamento del Blade Runner) o la visita de K al cambullonero Doc Badger, que recuerda necesariamente las que, en la primera película, Deckard hace a los comerciantes callejeros para esclarecer a qué animal pertenecen las escamas halladas en el apartamento donde viven los replicantes.

En definitiva, Blade Runner 2049 transita libremente no solo por los territorios del original, sino por su memoria, instalada a su vez en los recuerdos (y me atrevo a decir que en la educación sentimental) de toda una generación. Cabe ahora preguntarse si la película dirigida por Denis Villeneuve ganará también la posteridad o se convertirá solo en la exégesis de un mito. ♠

2 comentarios en “Más humanos que los humanos

  1. Magnífico artículo, tenía ganas de conocer tu opinión. Recuerdo que cuando se estrenó la película tú fuiste el primero en enamorarte de ella, yo tuve que verla varias veces para hacerme incondicional. La «continuación» me ha gustado más de lo que pensaba aunque viendo las dos seguidas la primera rejuvenece sobre todo en cuanto a los actores, efectos especiales, argumento… Se podría haber rodado hoy mismo. Me parece insuperable. BR 2049 sólo me parece una buena película. Tengo que ver otras de este director.

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