Anatomía de una resistencia

El magnífico Lino Ventura interpreta al ingeniero Philippe Gerbier, uno de los personajes que integran el ejército clandestino del filme basado en una novela del autor francés Joseph Kessel

L’ARMÉE DES OMBRES (El ejército de las sombras, Jean-Pierre Melville, 1969)

AL DIRECTOR PARISINO Jean-Pierre Melville se deben, tal vez, las dos mejores películas sobre la Resistencia Francesa: Le silence de la mer (El silencio del mar, 1947), su primer largometraje, y L’armée des ombres (El ejército de las sombras, 1969), cronológicamente enmarcada en el memorable ciclo noir que cierra su carrera.

Ambas películas son excelentes, pero no intercambiables: los patriotas de El silencio del mar oponen una feroz resistencia pasiva ante el invasor, representado por un oficial alemán culto que llena el silencio de la casa ocupada con elaborados discursos sobre el destino común de los dos pueblos. En El ejército de las sombras, la casa ocupada es Francia, los resistentes han pasado a la acción y el invasor es una mera fuerza ejecutora, cuyos miembros uniformados no se distinguen entre sí.

En ningún caso Melville enaltece a la Resistencia. Quien es víctima del miedo y la violencia no puede obrar siempre de forma noble o justa; solo intenta salvar su vida y la de los suyos. Ese fin elemental guía a los personajes de L’armée des ombres, a los que simultáneamente se les ha impuesto el horror y la necesidad de sobrevivir. Paradójicamente, quienes mejor se adaptan a la nueva situación son los hombres de ciencia: el líder del grupo Luc Jardie (Paul Meurisse) y el ingeniero Philippe Gerbier (Lino Ventura), formados en las disciplinas técnicas. Al menos exteriormente, Jardie y su discípulo pueden dejar a un lado la moral cuando esta representa un obstáculo. En cambio, el pistolero Guillaume «Le Bison» (Christian Barbier) o el vulnerable Claude «La Masque» (Claude Mann) vacilan éticamente ante el hecho de tener que matar. Otros habrán de pasar por la prueba de la tortura y el consiguiente riesgo de delación, Felix (Paul Crachet) y el alma del grupo, Mathilde (Simone Signoret), necesariamente inmolada por los mismos hombres a los que ha salvado. Todavía hay una séptima «sombra», el hijo de Jardie, Jean-François (Jean-Pierre Cassel), que se sacrifica en vano para salvar a Felix, prisionero de la Gestapo en los sótanos del hospital militar de Lyon.

Basada en la novela homónima de Joseph Kessel, El ejército de las sombras transcurre entre el 20 de octubre de 1942 y el 23 de febrero de 1943. Asistimos pues al acto central de la tragedia, ya que Francia había sido ocupada unos años antes y aún no se vislumbraba el final de la guerra. En rectos renglones, Melville escribe la crónica de los crueles sacrificios exigidos por Marte. Y mientras la redacción del la historia avanza, la aparentemente gruesa línea que separa la lealtad de la traición es difuminada por el curso de los acontecimientos, que obligan no sólo a eliminar al enemigo sino a purgar las propias filas, como sucede en la torpe ejecución llevada a cabo en el piso franco de Marsella.

Como en Círculo rojo, los personajes se mueven por toda Francia, y más exactamente, desde el sur hasta el norte, llegando a cruzar el Canal de La Mancha, itinerario que realiza el fugitivo Gerbier, un simpatizante de la causa gaullista en cuya experiencia Melville inscribe rasgos autobiográficos.

Gerbier es un hombre acostumbrado a observar. Durante toda la película, vemos cómo dirige miradas valorativas: al catre donde ha muerto el joven comunista prisionero de los nazis, a la luz situada en el techo del coche que le lleva hasta el cuartel de la Gestapo, al panel del telegrafista alemán antes de intentar la fuga… En el cine del último Melville sobran las palabras. Cuando el evadido Gerbier se refugia en una barbería, toma asiento y mientras es afeitado cala de súbito el cartel donde reza el doble credo de Petain; en ese instante, no sabe si el barbero apoya al mariscal o tiene el cartel por conveniencia, duda que resuelve cuando, tras pagar al empleado, este le presta su abrigo de distinto color para facilitar su fuga.

Gerbier confía en el orden natural de las cosas, en su inapelable ley, fiable como la aritmética. Por la misma regla, aplicada a los seres humanos, se rige su maestro Luc Jardie, no en vano el brillo de la lógica despunta en los ojos de Meurisse cuando El Bisonte abate desde el vehículo a Mathilde.

Película terrible, de una severidad casi abstracta, El ejército de las sombras es también una obra sobre el invierno de Francia, descrita aquí como un país gris y opaco, donde la emoción hiberna en espera de un incierto mañana. Dije al principio que se trataba de la mejor película sobre la Resistencia junto a El silencio del mar. Si no lo es (ya que al  podio se ha subido una relativamente reciente, como L’armée du crime, de Robert Guédiguian, que la homenajea desde el título), es sin duda la más precisa, detallada y compleja; la más pesimista también, de hecho convierte la odisea carcelaria de Un condenado ha muerte se ha escapado en un himno a la voluntad del hombre. Pero la de Bresson es otra historia. ♠

6 comentarios en “Anatomía de una resistencia

  1. Bien por subir a ese enorme Guédiguian en el podio.
    El lugar, bastante indeterminado y único, que ocupa «This land is mine», es también otra historia.
    Lástima que Pagnol no fue nunca lo suficientemente «explícito» en este sentido.

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  2. No se me había pasado por la cabeza Pagnol, sí Renoir, cuya película creo que habla más del espíritu de resistencia, de las responsabilidades que conlleva, que de la resistencia en sí. Excelente en cualquier caso. Y es posible que alguna más se me haya quedado en el tintero, a punto estuve de olvidar la de Guédiguian.

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  3. Los coqueteos de Guitry con Pétain lo descartan, pero Marcel era, creo, junto a Grémillon (que tampoco quiso o pudo) el cineasta mejor dotado para hacer la gran película (rural o no) sobre esa parte de la historia de Francia tan ambigua y sin embargo tan contemplada unidimensionalmente siempre.
    Malraux y Comolli lo hicieron, pero de España. Quizá es la distancia lo que hace falta.

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  4. Estoy de acuerdo. Hombre, al responder a tu anterior comentario se me pasó por la cabeza Guitry (ciertamente, una idea loca), seguido de Autant-Lara (pirómano total) para acabar en Jacques Becker (lo más razonable) o Giovanni (del que cuando menos hubiera esperado una premonición de Guédigian, pero el hombre se dedicó a otras cosas). El caso es que a los franceses parece pasarles con la resistencia lo que a nosotros con la guerra civil, que han producido muchas ficciones pero pocas realmente buenas; y geniales, en mi opinión, solo cuatro o cinco (bueno, ahora que lo pienso, nosotros ni eso).

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  5. Por causa de un viaje me he perdido la proyección que ha hecho la filmoteca de Cantabria, coindiendo con la aparición de tu estupendo texto, de «El ejército de las sombras», así que no puedo comentar nada sobre ella.
    Coincido con vosotros en el aprecio por la de Guédiguian, un magnífico ejemplo de clasicismo no mimético, y en la decepción que tienden a producir las películas francesas sobre la resistencia, aplastadas quizá por el peso del mito. En un estilo muy diferente a las que ya habéis destacado, y aunque aborda el tema solo en parte, tengo buen recuerdo de «Hotel Terminus».

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    • En efecto, los documentales de Marcel Ophüls también merecen figurar en la lista, y muy especialmente por lo que atañe a la colaboración y a la persecución de los judíos en la Francia ocupada. Una de las cosas que más me gusta de la película de Guédiguian es su voluntad de encontrar nuevos argumentos cuando todo ha sido dicho, o parece haber quedado dicho.

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