Vuelta de tuerca

A la luz de los candelabros: Miss Giddens (Deborah Kerr), prodigiosamente iluminada por Freddie Francis en la mejor película basada en la historia de Henry James, publicada en 1898

THE INNOCENTS (Suspense, Jack Clayton, 1961)

AUNQUE EL GRAN HENRY JAMES escribió numerosas historias de fantasmas, la posteridad ha querido que una de ellas, The Turn of the Screw Vuelta de tuerca o La vuelta del torno, más conocida entre nosotros como Otra vuelta de tuerca,  se lleve la mayor fama. De consumada excelencia, podemos discutir si es realmente la mejor novella jamesiana (yo tengo especial querencia por Los papeles de Aspern), pero lo que nadie podrá negar es que la mejor adaptación al cine de una de sus obras –y, por extensión, de la que nos ocupa– es The Innocents, dirigida en 1961 por Jack Clayton y estrenada en España como un título mediocre, Suspense, que soslaya los inquietantes matices del original.

Tras la Segunda Guerra Mundial, y creo que por influencia de la francesa Juegos prohibidos, el cine británico produjo una serie de películas en las que se revelaba la falsa inocencia de los niños, prontamente familiarizados con el mal y la muerte. En The Innocents, los pequeños Miles y Flora ya han sido corrompidos antes de que llegue a la mansión de Bly su nueva institutriz, Miss Giddens (Deborah Kerr), a la que un aristócrata poco amigo de las responsabilidades (Michael Redgrave, en un papel que le fue ofrecido a Cary Grant) confía la tutela de sus sobrinos. «Alguien a quien pertenecer y que les pertenezca», apostilla Giddens al recibir el encargo, sin sospechar lo que esa doble posesión implicará.

A excepción del prólogo, el relato de James está enteramente basado en los recuerdos de Miss Giddens. También la película de Clayton, a quien sin embargo también le interesa incorporar el punto de vista de los niños. Tras la llegada a Bly en un sofocante día de junio, vemos cómo Flora espía semidivertida los sueños inquietos de su tutora; la visión le complace en la medida que le recuerda escenas presenciadas antaño, aquellas que tuvieron como protagonista a la difunta Miss Jessel, seducida violentamente por el criado Peter Quint, igualmente muerto. La presentación de Miles se demora un poco, pero cuando se produce, la cámara asume con la mirada del niño la impresión causada por Miss Giddens, una mujer adulta cuya belleza empieza a marchitarse pero en cuya sonrisa puede leerse la secreta aflicción causada por una educación severa que le ha llevado a sacrificar los placeres terrenales.

Dicho de otro modo: interpretamos a Miss Giddens a través de los niños, mientras que el mundo de Bly, y los fantasmas que se aparecen en sus dominios, solo se nos revelan en la medida que la maestra es testigo de tales sucesos. Los vemos porque ella los ve, sin que jamás llegue a dilucidarse si las visiones son fruto de una manifestación sobrenatural o de la sensibilidad atormentada de Miss Giddens, que al mismo tiempo teme y desea los castigos eróticos infligidos a su antecesora por el maligno Mr. Quint (masoquismo  explicitado en The Nightcomers: Los últimos juegos prohibidos, de Michael Winner, que se disputa con la versión española de Eloy de la Iglesia el dudoso honor de ser la peor adaptación de la novela de James al cine).

Huelga decir que el trabajo cinematográfico de Clayton, apoyado en los claroscuros de Freddie Francis y en el montaje sigiloso de Jim Clark, es mucho más sutil, atento al mal latente (el insecto que sale por la boca de una estatua mutilada) y a la percepción de lo que el escenario gótico oculta tras sus pabellones, contrafuertes y ventanas.

Hay que admitir que en el inicio de su década prodigiosa, el afable pero a veces iracundo Clayton se rodeó de buenos colaboradores. No quería que la simiente jamesiana se echara a perder, y puso la adaptación en manos competentes: William Archibald (coautor del guion de Yo confieso, de Hitchcock, y responsable de la versión teatral), Truman Capote (especialmente activo en el año en que iba a estrenarse Desayuno con diamantes) y, aunque no está acreditado, el dramaturgo y futuro premio Nobel Harold Pinter, quien también dirigiría en el escenario la obra de Archibald. Puede que hubiese más aportaciones.

Prefigurando Our Mother’s House (A las nueve cada noche), otro título de Clayton que explora la relación entre infancia y muerte, Los inocentes es la interpretación más inquietante de la obra de James, por delante de la ópera de Benjamin Britten, estrenada unos años antes. También es, a mi juicio, la película que mejor expresa la media distancia del fantasma, no tanto el de Mr. Quint, insidiosamente cercano, como el de Miss Jessel, aparecida en lontanaza, suspendida sobre el lago, ocupando luego con lúgubre tristeza el pupitre de Miss Giddens. «Oscura como la noche, con su vestido negro, su belleza desfigurada y su inmensa pena, me había mirado lo bastante como para decirme que tenía tanto derecho a sentarse a mi mesa como yo a sentarme en la suya», escribe James desde la perspectiva de su personaje, célibe como él.

Respetuoso con las palabras del escritor, Clayton tiende un puente carnal entre el mundo de los vivos y de los muertos, entre un adulto, Miss Giddens, y un niño que no lo es, Miles, quien aplica sobre los labios de su maestra un beso turbador que le será devuelto en la hora de su muerte. ♠

2 comentarios en “Vuelta de tuerca

  1. Me ha gustado mucho el texto pero discrepo en la precedencia de la película de Clayton sobre la ópera de Britten; aunque esta última no la he visto en escena, me parece que su estructura de tema y variaciones y su tratamiento de las canciones infantiles crean un clima de inquietud propio, no tributario de James.
    La adaptación perfecta sería en cierto modo inútil, porque no haría otra cosa que reproducir una obra preexistente con otros medios. Mi impresión es que la película de Clayton se aproxima a esto; quizá tendría que volver a verla dejando la trama en segundo plano para apreciar con justicia sus méritos, entre los que no soy insensible a la admirable fotografía o la presencia de la sublime Deborah Kerr.

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    • El concepto camerístico de la ópera de Briiten produce, claro, una atmósfera muy peculiar, desde el inicio con el piano (que hubiera esperado de un compositor extrarrestre como Martinů) al uso de canciones populares como «Tom, Tom, the Piper’s Song», que inquieta lo suyo (la interpretación escénica es un reflejo de lo que ha «aprendido» Miles, y no precisamente del tañedor de caramillo). Hay otros ejemplos de esta «sabiduria» en el malicioso uso de las palabras durante las clases de latín, que evocan a Joyce más que a James. Convengo contigo en que la obra de Briiten es más «independiente» del original literario que el filme de Clayton, pero no mejor. Deborah Kerr ayuda no poco al logro, creo que además era uno de sus papeles favoritos.

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