La sangre de un poeta

La actriz georgiana Sofiko Chiaureli , hija del director Mikhail Chiaureli, se multiplica a lo largo de la fascinante película basada en la vida del poeta armenio Sayat Nova

SAYAT NOVA (Sergei Paradjanov, 1968)

DURANTE AÑOS, Occidente tuvo noticia de Sergei Paradjanov gracias a la campaña internacional en defensa del cineasta armenio, nacido georgiano, al que las autoridades de la extinta Unión Soviética persiguieron y encarcelaron. Ni las firmas de famosos directores como Fellini, Buñuel o Antonioni ni la intercesión de popes como el poeta francés Louis Aragon lograron ablandar a los verdugos de Paradjanov, quien a partir de 1974 pasaría cinco años en un campo de trabajos forzados en Ucrania, y luego, en 1982, volvería a prisión para seguir expiando sus «crímenes»: tráfico de iconos, soborno y homosexualidad. En realidad, eran otros los cargos. Los comisarios culturales del régimen comunista trataban de aniquilar a un espíritu libre, como desde venían haciendo desde 1917 con otros creadores, sospechosos de herejía.

Paradjanov fue, junto a su amigo y valedor Andrei Tarkovski – al que dedicó en 1988 su Ashik Kerib–, el último director non grato del cine soviético. Si el acoso paralelo al que fueron sometidos revistió mayor crueldad en el caso de Paradjanov se debe a que Tarkovski era un «místico», una especie de monje enfermo, inservible para el socialismo, mientras que su compañero representaba un peligro real, ya que sus obras, concretamente las inspiradas en la tradición armenia, eran entendidas por los burócratas como secretos himnos nacionalistas y una velada crítica al arte oficial.

Aunque venía siendo vigilado desde sus inicios, las hostilidades se desencadenaron con Sayat Nova, película prohibida en la URSS y luego exhibida en salas de tercera categoría, donde el crítico Herbert Marshall la descubrió a mediados de los 70 junto a otra obra maestra condenada: El espejo, de Tarkovski. Cuesta trabajo entender hoy (salvo que uno haga el esfuerzo de ponerse en la mente de los censores) que Sayat Nova fuese considerada una amenaza. Incluso el título fue considerado subversivo y cambiado por El color de las granadas, evitando así la referencia al protagonista.

Las primeras alarmas ya habían saltado en 1964 con una centelleante visión de los Cárpatos feudales, Tini zabutykh predkiv (La sombra de nuestros antepasados olvidados, exhibida en algunos países bajo el título Los córceles de fuego). En varios aspectos esta película, inspirada por el Iván de Tarkovski, era deudora de un Iván anterior, el de Eisensten, y en especial de su episodio en color. Dado que la obra desbordaba su marco folclórico, las autoridades la interpretaron como un desafío, pero lejos de intentar congraciarse, Paradjanov reincidió cuatro años después exhumando la memoria del poeta armenio del siglo XVIII Sayat Nova, que quiere decir Rey del Canto.

La película no es tanto una biografía como un conjunto de cuadros que recrean las edades del ashik: su infancia y juventud, el paso por la corte, su vida en el monasterio, la vejez y la muerte, acaecida en Tbilisi en 1795. El destino del trovador vendrá marcado por el color rojo, que Paradjanov anuncia bajo distintas formas, el rojo de las granadas, de la sangre, de los lienzos vaporizados. Es preciso seguir con atención estás metamorfosis cromáticas para entender el filme, de hecho la muerte «histórica» de Sayat Nova a manos de los esbirros persas se expresa con una metáfora dura hasta el ascetismo: una mano clava una daga en una pared encalada de la que sale una mancha roja.

Todo el filme, al igual que los hipnóticos “rushes” emitidos por la televisión italiana, es una sucesión de alegorías, a cual más intrigante. El idilio juvenil del bardo se resume en un largo diálogo mudo entre el protagonista y su amada (interpretados por la misma actriz, la fascinante Sofiko Chiaureli, que asume media docena de papeles y que con misterioso erotismo armoniza los universos masculino y femenino). Él afina el kamancheh, ella hace danzar en sus manos las más finas telas mientras un anacrónico amorcillo gira al fondo de la estancia, adornada con pavos reales. El episodio, uno de los más bellos de la película y seguramente de la historia del cine, es una majestuosa iniciación a los ritos nupciales, bruscamente interrumpidos por la leyenda «Buscábamos un lugar para nuestros ritos de amor, pero el camino nos condujo hasta el reino de los muertos».

Las últimas películas de Paradjanov –y por tales entiendo las que rodó entre 1964 y 1988, sin que los años de prisión alteraran su concepto formal– funcionan por impregnación: colores en incesante diálogo, disposición analógica de objetos y animales, hierática pantomima de los actores, cuyos rostros ofrecen a la cámara la gestualidad enigmática de los sueños. La mayoría de los planos son frontales, apenas hay efectos o escorzos; las imágenes devienen gráciles enunciados, escenografías arcanas dedicadas al ojo, deleitado en el misterio. El resultado es una obra hermética y de insólita belleza, merecedora de admiración, lo mismo que sus censores han merecido el olvido. ♠

 

12 comentarios en “La sangre de un poeta

  1. Maravilloso artículo José Andrés. Creo que pocas películas tienen la impronta que tiene Sayat Nova ni el poder visual de sus imágenes. Si el cine es un arte es por personas como Paradjanov. Artista único y irrepetible. Su estilo es tan personal que con ver unos planos se reconoce su autoría. Hace años, recuerdo que volví a ver Sayat Nova una noche con mi hija pequeña. Con 7 años no pudo dormirse. Seguía sus imágenes con ese interés de quien descubre un mundo nuevo. Hoy con 10, se sigue acordando de aquella película mágica que la interesó de niña sin comprenderla. Gracias a Paradjanov mi hija entendió que no solo son poetas Rosalia de Castro o Neruda. Su frase: En el cine también hay poetas es el mejor elogio a tan gran obra. Un saludo.

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    • Qué bien que todavía quedan padres como tú, Marcos. ¿Cómo es que no le ponías a tu hija «OT» o «Los Serrano»? Yo hice lo que pude a través de Ford, Hitchcock, Powell, Tati… Es una dura batalla la que libramos contra la mediocridad.

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    • A mí también me gusta mucho. Paradjanov solía despreciar cuanto había hecho antes de «La sombra de nuestros antepasados olvidados», pero en sus inicios hay cosas muy valiosas, también «Andriesh», «Natalia Uzhviy», «Tsvetok na kamne» y alguna más de la que me olvido. Menos me interesan las últimas. Y habiendo visto casi todos los documentales dedicados a él, ando loco porque aflore el de Vartanov, «La última primavera», misteriosamente desaparecido.

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  2. El hecho de que Sofiko Chiaureli interprete a un hombre puede sorprender a los espectadores modernos, pero hay que tener en cuenta que «Sayat Nova» responde al «modo de representación primitivo» propio de la infancia del cine, y que en aquellos tiempos, más ligeros y libres que los nuestros, Sarah Bernhardt hacía de Hamlet o de Napoleón II, Asta Nielsen también de Hamlet, y hasta Chaplin aparece inquietantemente travestido en una película de 1915 que he tenido ocasión de ver esta semana («A woman»).
    Paradjanov hizo su película como si el cine no existiera, de forma coherente con su tema: la vida de un poeta de una época anterior a la aparición del cine –una época con la que hemos perdido toda conexión, y que solo es posible imaginar a través de la poesía. Y, como dijo Mandelstam, la Unión Soviética era el único país que se tomaba en serio la poesía, hasta el punto de llegar a matar por ella.

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    • En efecto, hay en «Sayat Nova» rasgos arcaicos propios de la primera edad del cine, así planos que combinan acciones dispares, sin un aparente centro visual. Encuentro fascinantes las metamorfosis de Chiaureli, su ambigüedad. Algo parecido intentaron los japoneses (Kinugasa, Ichikawa) cuando llevaron a la pantalla la venganza del actor kabuki en «Yukinojô henge», donde las fronteras del género también se difuminan. Pero quizá no sea una comparación acertada: Paradjanov no nos avisa de nada, todo se materializa ante nuestros ojos como si fuera un misterio inefable. Y es verdad lo que dices de que ya no tenemos conexión con épocas pasadas. Interesa que así sea.

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      • Tienes razón: aunque se trata de tradiciones aparte, el travestismo también forma parte esencial del teatro japonés (especialmente el nō, en el que actores ancianos con una máscara interpretan a jovencitas). En cualquier caso, siempre está bien recordar que existen otras opciones estéticas diferentes del «realismo» moderno.

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        • Existen muchas formas de representación; pero lo que hoy llega al espectador es un mero estándar, hecho al dictado de viejas fórmulas, recicladas y reexplotadas para que el dinero siga su curso y el consumo no se detenga. Lo mejor de todo es que el público, alentado por las multinacionales y los medios de comunicación, cree que ese cine es «nuevo» por el hecho de que se estrena y está en bocas periodísticas. Si supieran lo que hay detrás…

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  3. Los padres tenemos muchas batallas perdidas. Lo importante es intentar aconsejar en los gustos de nuestros hijos. La esencia de mi comentario era que si un niño puede disfrutar con las imagenes de Sayat nova sin entender su contenido, los adultos deberíamos tener menos miedo a la hora de visionar films mas allá de lo comercial. Decía Tarkovski que su cine lo comprendían mejor los niños, con Paradjanov pasa lo mismo. En el fondo, son dos hermanos que fluyen en ríos distintos para desembocar en un mismo mar.

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    • Hoy estoy muy de acuerdo con todo, y también en lo que concierne a las «batallas perdidas» de los padres. Hacemos lo que podemos para dar una somera cultura a nuestros hijos, pero tan pronto como salen de la infancia el mundo se los traga.

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  4. Personalmente, la última etapa de Paradjanov también me gusta menos José Andrés. La apreciación del amigo pastor es un gran acierto. Sofiko Chiaureli como mujer nos evoca a los inicios del cine donde había más libertad que en nuestros tiempos. Lo que me fascina es la citada metamorfosis dentro de una realización tan bella y barroca como austera en movimiento de cámara. Creo que Paradjanov reinventa el cine y lo devuelve a la pureza de sus origenes con la sabiduría y madurez de un director ,»moderno».

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    • Recuerdo que la primera vez que vi «Sayat Nova» no advertí esas metamorfosis. El hecho de que una misma actriz interpretará diversos papeles (apuntando al infinito) acrecentó luego mi fascinación, como si la película se hubiera reservado ese secreto, en espera de ser descubierto. Me agrada saber que otros han participado de la misma experiencia.

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