Sobre vaqueros y tumbas

Tom Reese (Glenn Ford), coprotagonista de la historia basada en la novela autobiográfica del escritor y editor irlandés Frank Harris My Reminiscences as a Cowboy, publicada en 1930

COWBOY (Delmer Daves, 1958)

NO ES NINGÚN SECRETO PARA NADIE: Delmer Daves es uno de los mejores directores de “westerns” de la historia del cine. No llegaron a diez las aportaciones al género del director californiano, cinco de las cuales son a mi a entender decisivas: Jubal (1955), The Last Wagon (La ley del talión, 1956), 3:10 to Yuma (El tren de las 3:10, 1957), Cowboy (1958, rodada el verano anterior) y The Hanging Tree (El árbol del ahorcado, 1959).

Quizá la más madura del quinteto sea Cowboy, el último de los “westerns” davesianos rodados para la Columbia con Glenn Ford como protagonista. Se trata de una de las dos producciones Phoenix que la compañía de la antorcha presentó en 1958, la otra fue Bell, Book and Candle (Me enamoré de una bruja), de Richard Quine. Detrás de ambas estaba el productor Julian Blaustein, que asumió un evidente riesgo al encargar el guion de Cowboy a Dalton Trumbo, sobre el que aún pesaba el veto de Comité de Actividades Antinorteamericanas. Como era norma por aquel entonces, Trumbo desempeñó su cometido sin poder figurar en los créditos. Su trabajo fue reconocido a título póstumo, en el año 2000, pero todavía hoy, en las copias comercializadas en soporte digital, aparece como único autor Edmund H. North, en cuyo expediente como adaptador había algunos “westerns” notables como Solo el valiente o Tierra de violencia.

Desde cualquier perspectiva, Cowboy es la historia de la iniciación de Frank Harris (Jack Lemmon), un recepcionista de hotel que para huir de la rutina de Chicago se enrola en la “cattle company” de Tom Reese (Ford), un vaquero rudo y pragmático cuyos modos chocan con la sensibilidad del principiante, al que se ve obligado a aceptar como socio.

Al igual que Daves, la pareja de actores se incorporó al proyecto cuando este ya había cumplido diez años. Terminada la Segunda Guerra Mundial, Sam Spiegel había adquirido los derechos de la novela biográfica de Frank Harris con el fin de que John Huston lo dirigiera, teniendo a su padre, Walter Huston, al frente del reparto, y a Montgomery Clift dándole réplica. (1) A finales de los 40, el proyecto cambio de manos y de guionistas, a la vez que se barajaban otros nombres para los papeles estelares, Gary Cooper, Spencer Tracy, Alan Ladd… No fue hasta 1956 cuando los derechos fueron comprados por Blaustein, productor liberal que estaba en tratos con Columbia y que seguramente había visto en Daves un director eficaz a la vez que dotado de un fino trazo poético. No se equivocó.

El enfoque davesiano ofrece varias novedades (fácilmente detectables salvo para aquellos que creen que los “westerns” siempre cuentan lo mismo). Harris no aspira a ser como Reese, ni siquiera lo admira; tampoco éste adopta una actitud paternalista respecto al novato, al que trata como a cualquier vaquero, sin ahorrarle una sola penalidad. Harris es presentado desde el primer momento como un hombre ambicioso, que necesita correr riesgos si quiere dejar su ingrato trabajo y casarse con la bella María Vidal (Anna Kashfi), hija de un terrateniente mexicano que no quiere por yerno a un hombre de inferior posición.

Es decir, Harris no tiene vocación de ganadero ni sueña con cabalgar bajo las estrellas para hacerse merecedor de sus bravos compañeros, ilusión que el jefe ridiculiza en su primer encuentro. Por su parte, Reese no es el típico vaquero endurecido a través del trato con las reses (que detesta), enamorado del caballo (cuya inteligencia subestima) y de la aventura al aire libre (a nadie en su sano juicio puede seducirle pasar por huracanes, aguaceros y tormentas, eso sin contar con estampidas, coyotes, indios y bandidos). Reese es un hombre de mundo que circunstancialmente negocia con ganado, un vaquero moderadamente hedonista, poseedor de cierta cultura (aprovecha su paso por Chicago para ir a la ópera), aunque nunca alardea de ella. Como el propio Daves.

La segunda baza jugada por el director tiene que ver con la estructura del relato. Daves adopta un tono narrativo en el que no hay el menor énfasis épico. Calificar de odisea al conjunto de vicisitudes derivadas de la conducción de ganado a través de la frontera sería exagerado; se trata, más bien, de una sucesión de incidentes referidos de primera mano por alguien que los ha vivido y que hace recuento de sus vivencias, sin exaltarlas ni embellecerlas. En apariencia, la película está contada en presente y en tercera persona, pero con el paso de los minutos se intuye que los hechos no están siendo vividos, sino recordados por un cronista anónimo que dirige su mirada retrospectiva al pasado, de ahí la sensación de amplitud que destila todo el filme, bañado en una suave nostalgia.

De este tiempo subjetivamente recobrado, Daves ofrece una visión lúcida y testimonial, que se corresponde con las memorias del propio Frank Harris, recogidas en el libro My Reminiscences as a Cowboy, publicado en 1930, un año antes de su muerte. (2)

Para Daves, como para sus vaqueros, todo son etapas del camino, lógicos avatares por los que el grupo debe pasar y con los que se cuenta desde el principio. Algunos son especialmente crueles, y no me refiero tanto a la broma nocturna que le cuesta la vida a un pobre diablo, mordido por la serpiente que le lanza un compañero de fogata, como al suicidio en “off” del viejo pistolero Doc Bender, que encarna Brian Donlevy. Ni la ambigüedad del personaje (reforzada por el físico del actor) ni sus actos presagiaban semejante final. Su muerte revela que, bajo una fachada de autodominio, puede esconderse un hombre incapaz de sujetar sus demonios. Escarmentado en varios sentidos, Harris renuncia a apiadarse de él, creyendo poner en práctica la lección recibida de Reese.

La historia avanza sin prisas, guiada por una mirada telúrica y melancólica que no puede sorprender en el autor de Flecha rota y a la que contribuye no poco la fotografía documental de Charles Lawton Jr. Tras el duro periplo, jalonado por todo tipo de adversidades, el ciclo se cierra en clave de comedia, lo que en apariencia conlleva una simplificación algo chusca: tras seguir el ejemplo de Reese (cuyos modos ha vampirizado a lo largo de la historia), Harris dispara desde la bañera a los insectos que suben por la pared, consumando así su fusión con el rey de los vaqueros.

En realidad, este cambio de tonalidad permite a Daves enlazar con el prólogo del filme, cuyo humor se roza sin prepotencia con las convenciones del género y también con las expectativas del bisoño empleado interpretado por Lemmon. El gran diseñador Saul Bass, por entonces asociado con Blaustein, lo interpreta a la perfección en esos títulos de crédito recorridos por inocuas bromas y dulces ensoñaciones de un mundo de aventuras ya desaparecido. Magníficamente interpretado en todos sus papeles, Cowboy es un “western” redondo y una de las mejores películas legadas por ese mesurado y escasamente reivindicado poeta llamado Delmer Daves. ♠

(1) Jan-Christopher Horak resume las etapas por las que pasó el proyecto en How to Brand a Film: Saul Bass & “Cowboy”, un breve y revelador documental dirigido por Robert Fischer en 2015.

(2) Escritor prolífico, Harris fue un irlandés inquieto que desempeñó multiples oficios y que viajó a Estados Unidos tras la Guerra de Secesión en busca de grandes horizontes. Al contrario que el personaje cinematográfico no conoció a un solo ganadero, sino a varios, cuyo trato le animó a entrar en el negocio, que acabó dejando por la carrera de leyes. Un extracto de su novela puede leerse aquí: https://oddbooks.co.uk/harris/cowboybit.html

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2 pensamientos en “Sobre vaqueros y tumbas

  1. En aquellos momentos, en 1957, “COWBOY” fue un western inusual al estar concebido casi como un documental sin concesiones sobre el lado menos épico de la áspera cotidianeidad laboral de un vaquero (tal vez “RIO ROJO”, en algunos puntos, pudiéramos considerarlo un antecedente). En este sentido, la película, que es también la desasosegante crónica de un mutuo aprendizaje (con inversión final de papeles), contiene momentos de gran fuerza, duros e impresionantes, dentro de una narrativa concisa y enérgica. Le considero uno de los tres mejores westerns de Daves, al lado de “EL TREN DE LAS 3:10” y “EL ÁRBOL DEL AHORCADO” (del que precisamente hace escasos días he hablado en mi blog).

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  2. Es verdad que Reese y Harris aprenden mucho el uno del otro, pero además Reese aprende algo sobre sí mismo cuando el novato le pone ante el espejo de su propio código, llevado al límite. No sabría con qué “western” de Daves quedarme, quizá “Jubal” es el que queda un poco por debajo de los otros cuatro; adoro “El tren de las 3:10”, siempre me ha maravillado “La ley del talión” (pese a que la absolución final del protagonista no me convence) y “El árbol del ahorcado” tiene muchas cosas a su favor (para empezar el mejor Cooper), sin olvidar que es una apuesta personalísima desde el punto de vista visual y dramático hasta el punto de que la considero una película de autor que además enlaza con el ciclo de melodramas davesianos rodados para la Warner, para mí injustamente despreciados.

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