Por un puñado de ryos

24 películas en 28 años: el ronin Matajuro Unno (Chôjûrô Kawarasaki) y su esposa Otaki (Shizue Yamagishi), en una escena de la última y venerada obra de Sadao Yamanaka.

NINJO KAMI FUSEN (Humanidad y globos de papel, Sadao Yamanaka, 1937)

Muchos lamentos se han escuchado desde 1934 a raíz de la prematura muerte de Jean Vigo, fallecido a los 29 años, víctima de una septicemia. El malogrado director francés apenas tuvo tiempo de rodar tres horas de película, distribuidas en cuatro títulos que hoy recorren las filmotecas de todo el mundo. La obra de Sadao Yamanaka no ha corrido la misma suerte. El director japonés murió en 1938, casi a la misma edad que Vigo, en este caso por disentería, pero en un contexto muy diferente. Movilizado para combatir en Manchuria, Yamanaka partió hacia el frente, de donde ya no volvería, el mismo día en que era estrenada su última película, Ninjo kami fusen (Humanidad y globos de papel), hoy venerada por los cinéfilos.

En los seis años previos a su muerte en un hospital de campaña, Yamanaka consiguió dirigir veinticuatro películas de las que hoy sólo sobreviven tres: además de la que nos ocupa, Tange Sazen yowa: Hyakuman ryô no tsubo (Tange Sazen y la vasija de un millón de ryos, 1935) y Kôchiyama Sôshun (El sacerdote de las tinieblas, 1936), suficiente para echar de menos todo lo que se perdió bajo las bombas y lo que su director hubiera podido hacer si el destino no le hubiera marcado.

El destino o las autoridades, ya que todo apunta a que Yamanaka fue reclutado como castigo por representar de forma poco enaltecedora la figura del samurái, utilizada poco después por el moribundo imperio como arma propagandística. Así pues, resulta un contrasentido que la misma película que le ha dado gloria sea la causa de que el cineasta de Kyoto no haya ocupado en la historia del cine japonés el mismo lugar de honor que Mikio Naruse o su amigo Yasujirô Ozu.

Yamanaka ganó su reputación como director de dramas de época o «jidaigeki», género al que pertenecen las tres películas que nos han llegado. El protagonista de la última es el ronin Matajuro Unno (Chôjûrô Kawarasaki), hijo de un reputado samurái, que no encuentra empleo y que subsiste gracias a los globos de papel confeccionados por su esposa Otaki (Shizue Yamagishi).

Estamos lejos de Miyamoto Mushashi, la cinta épica que Kenji Mizoguchi rodaría durante la guerra, precisamente con Kawarasaki en el papel principal, no digamos ya de las legendarias películas de samuráis filmadas por Shozo Makino, Daisuke Itô o Akira Kurosawa, quien por cierto asistió a una jornada de rodaje.  En algunos sentidos, Ninjo kami fusen anuncia los modernos chambaras de Yôji Yamada, cuyos héroes anteponen el modesto trabajo a la gloria militar, el bien de su familia a la prosperidad del clan.

Matajuro tarda en entrar en la historia, de algún modo es como si no se sintiera merecedor de ella. En vez de singularizarlo a través de la puesta en escena, Yamanaka sugiere su anonimato al mezclarlo visualmente con las gentes de clase inferior. Desde este punto de vista, el filme es una audaz intromisión del «shomingeki», o drama del hombre común, en el contexto histórico del «jidaigeki».

Antes dije que Matajuro era el protagonista. Sin embargo, el desdichado ronin no desempeña un papel central; en realidad, no tiene mayor presencia en la historia que el barbero Shinza (Kan’emon Nakamura), un truhán que habla el idioma de la yukuza y utiliza sus mismos métodos. A lo largo de la historia, Yamanaka contrapone a los dos personajes, el samurái y el plebeyo, que viven en la opresiva vecindad del suburbio de Edo. Se produce por tanto una oscilación dramática entre un hombre bueno e inactivo (Matajuro) y otro de moral dudosa pero inquieto (Shinza), que ha decidido no dejarse pisar por los poderosos.

Matajuro no es un héroe; en ningún momento desenvaina su espada. Se rebaja ante un samurái corrupto al que en vano intenta entregar una carta de recomendación de su difunto padre y, cuando insiste en su petición, es apaleado en plena calle. Yamanaka lo describe como un hombre ingenuo y sin amor propio, contrariado por la suerte. Mediante tres planos escalonados, el director expresa la impotencia del personaje tras el último y fallido intento por convencer al arrogante funcionario Mori Yatagoro de que atienda sus ruegos: primero, un plano corto de sus sandalias mojadas; a continuación un plano medio dedicado al torso del hombre bajo la lluvia, y, por último, un plano general que muestra a Matajuro de cuerpo entero, sólo la calle, sin saber qué hacer ni adónde ir.

Ninjo kamin fusen –que se abre y se cierra con suicidios dados en elípsis– posee una hondura dramática sólo comparable a la lucidez que encierra su lectura política, arrojadamente pesimista. Para Yamanaka, la desgracia de unos samurais enriquece a otros; el honesto pierde para el que el vil gane a través de la usura y la extorsión, más rentables que la virtud y la espada.

Por eso, el director no puede evitar compadecerse de Matajuro cuando, cerca del final, lo presenta en la soledad del hogar, sentado en el suelo como un niño triste, rodeado por globos de papel que el viento hará volar en el último plano hasta una acequia cercana. El recurso, importado de Pensión Mimosas, de Feyder, simboliza la liviandad de todo lo bueno y hermoso, arrastrado por la más leve brisa, por la corriente menos caudalosa, por el destino más cruel. ♠

2 comentarios en “Por un puñado de ryos

  1. Estupenda disección de uno de mis films japoneses favoritos. Poco se puede decir más, me gustaría señalar la evocación a Feyder del final, pero te me has adelantado. Siempre que pienso en Yamanaka acabo recordardo a Vigo. Dos genios de vida breve pero talento infinito.

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    • Siempre intentamos imaginar lo que Pergolesi, Mozart o Arriaga hubieran hecho si hubieran vivido más; en lo que hubiera filmado Murnau; lo que hubiera escrito Radiguet. Lo insólito de Yamanaka es que, como Mozart, no solo era precoz, sino prolífico. Doy por hecho que en esa veintena larga de títulos perdidos había más de una joya.

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