Centauros de la estepa

Leigh Taylor-Young (la chica de compañía de Soylent Green) encarna a Zareh en la adaptación de la novela de Joseph Kessel Les Cavaliers (Los jinetes, publicada en 1967)

THE HORSEMEN (Orgullo de estirpe, John Frankenheimer, 1971)

ENTRE DOS PELÍCULAS DESAFORTUNADAS, The Extraordinary Seaman (1969) y Story of a Love Story (1973), John Frankenheimer logró encadenar tres títulos que para mí se cuentan entre lo mejor de su filmografía: The Gypsy Moths (Los temerarios del aire, 1969), I Walked the Line (Yo vigilo el camino, 1970) y The Horsemen (Orgullo de estirpe, 1971). Tal vez las primeras sean más compactas, pero confieso mi debilidad por la tercera, un “epic” irregular en el que se nos cuenta la historia de Uraz (Omar Sharif), un diestro jinete afgano perseguido por la fama de su padre, el Gran Tursen (Jack Palance), quien le pone a prueba para merecer el soberbio caballo con el que ha de competir en la arena del buzkashi.

No es un asunto alejado de los intereses del director. Los desafíos deportivos siempre han estado en el centro de su interés, ya se trate del automovilismo en Grand Prix, la acrobacia aérea en Los temerarios del aire o las artes marciales en The Callenge (El reto del samurái). Hombres enfrentados a grandes retos, héroes desprovistos de su aureola mítica, casados con el peligro. En el caso del buzkashi, se trata de acarrear un becerro sin apearse de la montura, llevándolo hasta un círculo mientras se reciben los golpes y latigazos del resto de jinetes, que también tratan de hacerse con la pieza, equivalente al balón de los deportes occidentales. (1)

En el mismo año en que presenta su famosa Johnny Got His Gun (Johnny cogió su fusil), el guionista Dalton Trumbo firma la adaptación a pantalla de la novela Les Cavaliers, del escritor francés Joseph Kessel, inspirador de películas como Belle de Jour y El ejército de las sombras.

Sorprende que de la conjunción de Trumbo y Frankenheimer, significados liberales de izquierda, salga un filme carente de implicaciones humanistas, poco o nada discursivo, centrado en un personaje al que guían su aristocrático orgullo y el ansia por superar al padre, cuyo tótem quisiera derribar.

Puede que las enormes dificultades del rodaje que obligaron al equipo a trasladarse a España limitaran las ambiciones originales del proyecto, complicado además con el cambio sobrevenido del formato y las lentes, lo que provocó la renuncia del excelente operador James Wong Howe, disconforme con las modificaciones. Visto el resultado, se trata de la obra más parca de Frankenheimer, la más telúrica. Como en Grand Prix, el director de Ronin busca comunicar una excitante experiencia física en torno a la cual giran valores quebradizos como la lealtad y el sentido del deber. Devorado por una pasión indomable, Uraz escoge siempre el camino más difícil: se expone al peligro, tienta a la suerte y maltrata a quienes se han ofrecido a ayudarle, forzándoles a la traición. En su temeridad, Uraz arriesga incluso al semental Jahil, la única criatura a la que podría querer, pero con la que especula para ver si Alá está de su parte.

Al contrario que su progenitor, Uraz nunca mira al cielo, a ese gran azul por el que surcan aviones que dejan su estela de modernidad sobre un país que no ha cambiado desde hace siglos. Ni siquiera la amputación de una de sus extremidades rebaja al altivo jinete. “Lo que hace un carnero con un cuerno, lo supera un chapandaz con una pierna”, le dice el mercader nómada al que al final Uraz se acabará uniendo para ir “de ninguna parte a ninguna parte”, pues sabe que errar es el destino del solitario.

Solo una tierra tan dura puede producir hombres de este temple. Secretamente compadecido por la mutilación de su hijo, el Gran Tursen, le dice: “Fuimos criados para perseguir a la muerte como otros persiguen mujeres”. Creo que Kessel o Trumbo tenían en mente al Gógol de Tarás Bulba.

Es una pena que en su parte final, Orgullo de estirpe se torne un tanto deslavazada, producto de varios cortes que, más que aligerar la historia, la amputan con grave riesgo para su compresión. Así, faltan elementos para entender la relación entre el jinete y la “intocable” Zareh (Leigh Taylor-Young). Por la visceral interpretación de Omar Sharif y por la pregunta que le dirige Tursen, quien sospecha cuál es la verdadera razón que impulsó a Uraz a viajar con la concubina, se infiere que este la desea, pero es una deducción que no alcanza la necesaria vibración trágica cuando el jinete, sacrificando su nobleza y convertido ya en un hombre incompleto, yace con la prostituta, exponiéndose al mayor de los escarnios.

Apoyada en una maravillosa fotografía de Claude Renoir, Orgullo de estirpe perdura como una triste película épica que demuestra la capacidad del director neoyorquino para desenvolverse en territorios ingratos, buscando, también él, la prueba más difícil. ♠

(1) Para los interesados, existe otra película sobre el tema: Bouchkazi, le chant des steppes (2009), coproducción franco-uzbeka dirigida por Jacques Debbs.

2 comentarios en “Centauros de la estepa

  1. Gracias a tu crítica, José Andrés, he descubierto esta excelente obra. Imagino que a Manolo Marinero debió entusiasmarle encontrarse con una película de aventuras protagonizada por un héroe atormentado y tenaz.
    Impresiona la pugna secreta (y suicida) con el padre.
    Es junto con «Seconds» la película que más me ha gustado de Frankenheimer. Apunto entre las que debo ver a «The gypsy moths».

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  2. Aunque hasta ahora he dedicado la mayor parte de los comentarios a títulos clásicos, el de «The Horsemen» respondía al intento de llamar la atención sobre un filme que ha pasado siempre muy desapercibido (y la magra estadística que cosechó en este humilde blog me confirmó que seguía despertando poco interés). Me alegro, Rodrigo, de que te haya animado a verla y, más aún, que te haya gustado. Confieso que tengo debilidad por este tipo de historias: jinetes, nómadas, guerreros desdichados… En otra ocasión hablaremos de «Seconds».

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