Después de la revolución

Las ilusiones perdidas: Lilie y François (Clotilde Hesme y Philippe Garrel), en una escena de la película dirigida por el padre de este último

LES AMANTS RÉGULIERS (Philippe Garrel, 2005)

REGRESAMOS ESTOS DÍAS AL MAYO DEL 68 y al tiempo de decepción que siguió a aquel ensayo revolucionario. Ninguneada por la crítica oficial, Les amants réguliers, de Philippe Garrel, va a perdurar como uno de sus mejores testimonios cinematográficos, si no el mejor, pese a lo cual no ha dejado más que una vaporosa estela en un título posterior, Après mai (2012), de Olivier Assayas.

Poca competencia tiene, bien es cierto, empezando por esa calamidad titulada The Dreamers / I sognatori (Soñadores),  estrenada un par de años antes y que debido a la notoriedad de su director, Bernardo Bertolucci (y al predicamento que su inspirador, el crítico y novelista Gilbert Adair, tenía entre la intelligentsia), obtuvo más repercusión mediática.

El filme de Garrel no sólo comparte tema con Soñadores, sino que es su perfecta antítesis, además de su crítica. Mientras que la película del italiano ofrece una visión colorista, exterior y decorativa del periodo, la del francés interioriza en tonos grises el mundo juvenil de las «ilusiones perdidas», que Garrel evoca con conocimiento de causa.

La forma en que están filmadas las revueltas callejeras no responde a un afán espectacularizante. En vez de impactar al espectador a través del montaje y del sonido, Garrel resume la algarada mediante un plano general sostenido que muestra a los agitadores de espaldas, tocados con cascos y alineados frente al tumulto, como si se tratara de una contra-policía. Más que hacer partícipe al espectador de la confusión ambiente, el director le invita a tomar distancia respecto a lo que ve y escucha, adoptando la posición aparentemente neutra del observador, pero de un observador activo, obligado a indagar en las pesadas sombras que devoran el Barrio Latino, cuyas calles semejan catacumbas. Por ellas siguen vagando los espíritus de 1871, los espectros de aquella insurrección mucho más cruenta conocida como la Comuna de París.

Pese a que Garrel arroja a una mirada nostálgica sobre el 68, su añoranza tiene que ver más con las esperanzas de los jóvenes que con su proyecto revolucionario, que claramente les superaba. La gran rebelión era en el fondo más modesta, más privada, y se encarna mejor en el espíritu candoroso de François (Louis Garrel, hijo del director y coprotagonista de Soñadores) que en sus correligionarios, al igual que él hijos de la burguesía, pero sujetos al manual del buen rojo (la mezcla de opio y maoísmo, por entonces de moda entre la intelectualidad diletante, cf. La chinoise) y prisioneros de sus entelequias nihilistas («La organización es para las ovejas», dirá muy seguro un anarquista antes de echarse a la calle).

Garrel no oculta las paradojas de aquella juventud («Nada se parece más a un cura que un militante», señala a su vez Antoine, huérfano de padres, pero no de dinero), la inmadurez de muchos de sus miembros, tampoco sus mixtificaciones e imposturas, una de las cuales consistía en disfrazarse con trajes del pasado, tal vez por coquetería, quizá para asemejarse con quienes les habían precedido en el camino del malditismo.

Claro está, el director simpatiza más con esas criaturas frágiles, erráticas y contradictorias que con el orden al que pretendían contestar, ya fuera representado por la policía (aquí más paternalista que represora), por los tribunales militares (que juzgan sin demasiada dureza al insumiso François) o a la tradicional familia pequeñoburguesa (el patriarca Lucien, sentado frente al joven poeta, pretende hacer como que nada ha sucedido y para ello le alecciona con filosofía barata; que al anciano lo encarne, además, el veterano actor Maurice Garrel, padre del director y abuelo de Louis, tiene su cómplice gracia).

El retrato de François como artista adolescente incluye un recuerdo autobiográfico del propio Garrel, que también huyó de la policía por los tejados de París. Veinte años acababa de cumplir el director, que se hallaba en plena efervescencia creativa (uno de los cinco trabajos filmados ese año lleva, además, la huella apremiante del 68, Actua I). El episodio de la persecución es uno de los más convincentes de esta obra no exenta de impurezas ni de episodios de una simplonería sonrojante, así el que muestra al «ladrón de libros» orinando sobre una imagen de la Virgen (Garrel reencuadra el pedestal meado para que no quepan dudas sobre su puntería) o ese otro en el que Lilie pregunta en una de las «asambleas» si alguien ha visto Prima della revoluzione (como nadie responde, la chica se gira para pronunciar el nombre del director, Bernardo Bertolucci, con el mismo gesto goloso y la misma sonrisa idiota que algunos universitarios de la generación posterior ponían para decir que habían leído a «Gabo«).

Pese a todo, hay en las imágenes de Les amants réguliers una saludable nostalgia de la clandestinidad, confundida a veces con el anonimato deseado por algunos de los personajes o con la soledad temida por otros, y que ni siquiera puede asimilarse con la conspiración secreta y de raíz languiana que Rivette propuso en los albores de la Nouvelle Vague con Paris nous appartient.

Bresson, Eustache y Rivette parecen ser, por ese orden, las principales influencias de Garrel, que no obstante ha vinculado Les amants réguliers a las dos grandes novelas de Stendhal, El rojo y el negro y La cartuja de Parma. Quizá la comparación le venga un poco grande a su película, pero es verdad que su estructura, su aspiración a la amplitud y a la observación profunda de la realidad en la que se inscriben las metamorfosis juveniles, está más cerca de la novela francesa del XIX que del cine que hoy se realiza en la patria de Balzac.♠

4 comentarios en “Después de la revolución

  1. La comparación con las grandes novelas de Stendhal le viene grande a todo el mundo, pero la obra tardía de Garrel tiene un vínculo cierto con «La cartuja de Parma»: la visión de la juventud desde la edad madura. En realidad casi toda la obra tardía de Garrel, de temática muy limitada, despliega una pregunta única: si merece la pena sobrevivir a la pérdida de las ilusiones juveniles, y si hay alguna alternativa a traficar con armas en Yemen, al modo de Rimbaud.
    Por sus circunstancias biográficas, Garrel ha sido, después de Eustache (que no pudo sobrevivir), el mejor cronista de ese tiempo después de la revolución. «Les amants réguliers» tiene algo de ajuste de cuentas, de cierre de un ciclo, pero la obra de Garrel continúa ahí, recordándonos que, como dijo el poeta, «siempre que los hombres tienen razón es que ya no son jóvenes».

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  2. Gracias por el excelente comentario. Respondiendo al objetivo del blog, lo interesante hubiera sido analizar «Les amants réguliers» a la luz de las novelas de Stendhal, pero ello hubiera exigido reelerlas, un enorme placer en el que hay que reinventir mucho tiempo (sumado a las tres horas que dura el filme de Garrel), algo de lo que ahora no dispongo. A diferencia de otras películas realizadas sobre o a partir del Mayo parisino, creo que esta sí es realmente valiosa e invita a volver sobre ella, como se vuelve sobre una herida o un desengaño, tratando de encontrar un porqué.

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  3. Tengo la película un poco lejana, así que no recuerdo la escena que comentas sobre «Prima della rivoluzione»; creo que Bertolucci dijo en su día que con ella había pretendido hacer una adaptación de «La cartuja de Parma» pero que al final le salió más bien «La educación sentimental». Curiosamente, la película de Bertolucci es premonitoria del comportamiento futuro no solo del propio director italiano sino de casi toda su generación.
    En contraste con esa fuerza de inercia que captó Flaubert, Garrel ha pretendido seguir afín al espíritu de Stendhal. Más que un esquema argumental concreto, al modo de Bertolucci, pienso que ha encontrado en él a un modelo: el del hombre que se siente siempre fuera de lugar, a disgusto con su propia época y con los valores burgueses de sus compatriotas (a los que contrapone la pasión y la autenticidad, aunque sean autodestructivas).

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  4. En mi caso lo que queda lejano es la lectura de las obras de Stendhal, del que me quedan posos, el penetrante erotismo de «La cartuja», la corriente de enseñanzas e ideas que recorre «El rojo y el negro». Y, en ambos casos, la pujanza de una juventud que ordena sus experiencias a medida que las vive, sin detenerse frente a las decepciones y los obstáculos… a lo que va sabiendo acerca de la sociedad y sus reglamentos. Aunque que François carece del espíritu aventurero de Julien y Fabrizio, hereda algo de ellos, y cuando menos, hay una lectura muy personal e inteligente de Stendhal en «Les amants réguliers», para mí la mejor obra de un director con el que rara vez sintonizo.

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