Entre dos otoños

Espejismo de amor: Lucy  Moore (Lauren Bacall) escucha las promesas del atormentado Kyle Hadley (Robert Stack) en la adaptación de la novela de Robert Wilder, publicada en 1946

WRITTEN ON THE WIND (Escrito sobre el viento, Douglas Sirk, 1956)

AUNQUE GOZA DE MÁS PRESTIGIO que otros títulos de Sirk, Written on the Wind no ha escapado a los equívocos propalados por admiradores y detractores del cineasta, siempre atentos al “pathos” melodramático, al incendiario technicolor, a los subrayados musicales y a la presencia de objetos familiares escaleras, espejos, ventanales que confieren su peculiar espesor a la dramaturgia sirkiana.

Incluso hay quien ha visto en Escrito sobre el viento una sofisticada autocrítica. ¿Su blanco? Los melodramas producidos por Ross Hunter para la Universal y, más concretamente, los protagonizados por Rock Hudson y Jane Wyman bajo la batuta del propio Sirk.

Hay razones para disentir. Que este proyecto de Albert Zugsmith, extrañísimo cineasta, parta de materiales tan (presumiblemente) degradados como los de Obsesión y Solo el cielo lo sabe no quiere decir que Sirk parodiara su propio trabajo ni que se prestara a rodar una película solo para llevar el género a su paroxismo definitivo. Escrito sobre el viento es, ante todo, una tragedia americana, esfera a la que pertenecen otras grandes obras del Sirk final como Ángeles sin brillo e Imitación a la vida.

Tampoco conviene obviar que la etiqueta “degradado” aplicado a los fundamentos literarios del cine de Sirk comporta algunos riesgos, ya que si bien es verdad que en su filmografía proliferan las adaptaciones de novelas baratas no escasean los ejemplos contrarios, cf. Lagerlöf, Ibsen, Chéjov, Faulkner o Remarque. Más cerca de lo primero que de lo segundo se halla Robert Wilder, quien en 1946 publicó la novela cuyos derechos adquiriría Zugsmith.

Al igual que Flamingo Road, debida también a Wilder, Written on the Wind contiene los ingredientes típicos del “best seller” basado en las vidas escandalosas de prosperas familias estadounidenses, en este caso las de los herederos del “rey del tabaco” R. J. Reynolds, cuyo hijos protagonizaron algunos turbios episodios en la época de la Gran Depresión. George Zuckerman, el guionista en cuyas manos pondría Sirk la adaptación de Pylon, de Faulkner, convertida un año después en The Tarnished Angels (Ángeles sin brillo), se impuso antes la ingrata misión de travestir aquellos viejos tumultos, cambiando Carolina del Norte por Texas y tabaco por petróleo, una maniobra astuta si se tiene en cuenta que Warner tenía entre manos Gigante, cuyo estreno precedió en solo unas semanas al de Escrito sobre el viento. También debieron tener algún peso en dichas modificaciones los pleitos por libelo que arrastraba la novela de Wilder, a quien Zuckerman conocía desde 1946 y que sabía perfectamente que este tenía entre ceja y ceja la adaptación de su polémica obra. (1)

Como en la saga de George Stevens, los problemas se acumulan en el drama sureño de Zuckerman-Sirk. También aquí el sueño de la riqueza produce monstruos, linaje al que pertenece Kyle Hadley (Robert Stack), un joven multimillonario carente de autoestima, sobre cuyos frágiles hombros va a descansar un imperio petrolífero. Pero el desdichado no cuenta ni con la confianza de su padre (Robert Keith) ni con el aprecio de su promiscua hermana Mary Lee (Dorothy Malone), por lo que se refugia en la bebida y en peleas de la que sale malparado. Kyle tampoco encuentra un aliado en su amigo “pobre”, Mitch Wayne (Rock Hudson), que durante años ha dado la cara por él. Su última oportunidad se llama Lucy Moore (Lauren Bacall), la mujer independiente a la que convierte en su esposa y a la que hará víctima de su paranoia.

Como señala Jon Halliday, el drama oscila entre dos caracteres estables (Mitch y Lucy) y dos inestables (los hermanos Hadley). En el fondo, Lucy es un desdoblamiento femenino de Mitch, que ve en ella a su igual, alguien capaz de trabajar y de soportar la carga ajena. Por el contrario, Kyle y Mary Lee no toleran verse reflejados el uno en el otro; el dinero los ha vuelto impotentes y los castigos que se infligen por separado (allí el alcohol, acá el sexo furtivo) dan curso a su común afán autodestructivo. Todo este caudal de violencia y frustraciones desemboca en la febril escena de la muerte del magnate Jasper Hadley, cuyo cuerpo cae escaleras abajo mientras la hija danza en salto de cama y los que no son de su sangre acuden desde distintos puntos de la mansión: un episodio de puro cine, como el que encontraremos al final de Some Came Running, de Minnelli.

La atracción de los polos opuestos impide la unión de los iguales. Lejos de enaltecer a los personajes positivos, Sirk los muestra como seres en los que la razón se ha hecho fuerte; Mitch y Lucy no sueñan, viven; no especulan, trabajan. Sus esperanzas han de limitarse a lo que es justo y razonable, incluido el corto pero sentido beso que Lucy deposita en los labios de Mitch tras confesarle que está embarazada de Kyle. En contrapartida, los hermanos Hadley abrigan sueños rancios que el lujo y la riqueza no han satisfecho. Ambos vinculan las ilusiones perdidas al río, el escenario de los juegos infantiles, invocado por Kyle en su agonía y por Lucy en la escena donde ésta recuerda la época en la que la inocencia no había sido corrompida y sus sueños aún estaban intactos.

Al margen de su trillado argumento, Escrito sobre el viento ofrece una puesta en escena de primera categoría, propia de un creador que está alcanzando su cénit. Maravillosamente guiada por Russell Metty, la cámara de Sirk va de un lado a otro, transportada por el vendaval dramático, participando de la turbulencia de situaciones y personajes, pero lo que es más importante y menos llamativo: haciendo que el drama desborde sus límites naturales. Sirk quiere que la ficción invada la realidad para que ésta le tienda sus trampas, para que la vida ordinaria oponga a los personajes su ironía lacerante. Véase la escena en la que Kyle abandona el bar donde se ha citado con el médico que le diagnostica su esterilidad; la cámara no registra su salida, sino que alarga su trazo fuera del local, donde un niño cabalga en una atracción mecánica; o ese otro momento en el que Kyle, borracho y pendenciero, abandona la mesa mientras la cámara, en lugar de seguirle, se desplaza en sentido contrario para mostrar cómo el criado deposita un cocktail sobre su plato vacío.

Construida mediante reflejos y duplicaciones, sombras y colores, Escrito sobre el viento es sin duda una de las cumbres del director alemán, solo superada, a mi juicio, por esa obra maestra irrepetible que es A Time to Love and a Time to Die (Tiempo de amar, tiempo de morir).♠

(1) Aunque tanto Escrito sobre el viento como Ángeles sin brillo pertenecen al imaginario de Sirk, no es descabellado afirmar que Zuckerman fue el cerebro en la sombra de ambos proyectos. Junto a Zugsmith se las arregló para «desbloquear» el  veto que pesaba sobre la versión cinematográfica de la novela de Wilder, mientras que en el caso de Pylon, afirma habérsela propuesto a Sirk con gran sorpresa de este último, que ya tenía en mente la novela de Faulkner.

6 comentarios en “Entre dos otoños

  1. Tendría que volver a verla, pero en mi recuerdo esta película presenta un cierto desequilibrio: sus imágenes quedan muy por encima de su contenido narrativo; siento esto aquí en mayor medida que ante otras películas de Sirk sobre materiales igual de innobles («Magnificent Obsession», «All that Heaven allows»).
    Como se puede apreciar en las capturas que incluyes, el acabado visual alcanza cotas casi insuperables en la vía de la estilización, y quizá por ello la película tiene una mezcla muy interesante de exceso y frialdad. Sirk no necesita situarse ostensiblemente por encima de su material, y has explicado muy bien cómo aplica su ironía a través de recursos de dirección.

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  2. Nos enzarzaríamos en una discusión interminable acerca de la eterna dicotomía forma-contenido. Visto a la luz de este último, el cine de Hitchcock tendría el mismo valor de una novela de quiosco (como pretende Woody Allen) y en cambio ya sabemos qué complejas cimas alcanza en términos de exploración formal y mirada, que en el cine es lo primordial. Con Sirk pasa otro tanto. En cuanto a lo innoble de algunos materiales literarios, yo antepongo la presunción de inocencia, puesto que no he leído a Edna H. Lee, la novelista en que se basa «All That Heaven Allows», ni tampoco «Magnificent Obsession», pero lo que conozco de su denostado autor, Lloyd C. Douglas, me obliga a no despreciarlo (de hecho, lo encuentro mejor que algunos «genios» de la literatura actual). Trascendiendo su premisa, «Written on the Wind» siempre se contó para mí entre las mejores y más incandescentes películas de Sirk. De un tiempo a esta parte la han adelantado otras en mis preferencias, pero poco importa: en términos de estilo sigue siendo majestuosa. Muchas gracias por comentar.

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  3. Yo poco he leído de estos autores «de derribo», pero sí lo suficiente para hacerme una idea de la injusticia sempiterna que los estigmatiza. Encontré novelas bien (y conservadoramente, he ahí su mala fama) construidas, profundidad y predominio de una mezcla de sentimentalismo y fatalismo de la que se puede sacar un buen film a poco que uno (como siempre, sea cual sea la fuente) haga como que se cree y respete el material por mucho que se aleje de criterios y convicciones personales. Sirk se lleva la palma de la sublimación del autor por lo que parecen sus películas y por lo que no son, antes que por lo que son. Si me parece esta (no tanto) y otras, muy grandes, es porque me resulta verosímil su apego y su intento por mirar en toda su amplitud a estos personajes, no tan distintos ni caricaturas de los roles de esa época presentes en muchas obras de cineastas opuestos o nada parecidos.
    No sería mala idea dejar de hablar tanto de crítica e ironía, porque hay mucho más y, sobre todo, mucho antes, como en Minnelli o Preminger.

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  4. Poco a poco vamos descubriendo que algunos de esos escritores oscuros y sin prestigio que han desfilado por los títulos de crédito de películas famosas tenían escondidos méritos (y no creo que el más burdo de ellos tenga en su haber algo tan infame y repulsivo como «Cinco esquinas», del Nobel Vargas Llosa). Siendo cierto que Sirk jugaba con las sugestiones y apariencias (como buen director alemán), que rodaba muy rápido y presionado (como testimonia Zuckerman) y que no siempre alcanzaba cotas sublimes, me parece que en su mejor versión ofrece cosas maravillosas (como las que revelan las tres capturas consecutivas de WOTW, con sus imágenes, sombras, duplicaciones y espejos), sin olvidar su compromiso humano con los personajes, a los que nunca mira por el encima del hombro, ni siquiera cuando vienen envueltos, como aquí, en velos «rosa». Gracias también por comentar y procedo a devolver visita.

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  5. El realizador de este melodrama modélico, utilizó a fondo y con suma elegancia los esquemas y reglas que configuran el género, consiguiendo una obra cercana a la perfección en virtud de una puesta en escena estilizada y sugerente que sublima materiales en principio no muy distinguidos. Momentos antológicos: en general, todas las intervenciones de Robert Stack. También, Dorothy Malone en su dormitorio, borracha y despechada, evolucionando hacia el orgasmo a los compases de un mambo, al tiempo que se despoja de su ropa ante la fotografía de Rock Hudson (en montaje paralelo con la muerte del padre), o la misma actriz en su escena final, heredera de un imperio, pero sola y vencida, «consolándose» con la fálica maqueta de una torre petrolífera. Sencillamente, impagable.

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