Tierra en trance

Cabellos como árboles al viento: la heroína de Limite escruta las olas sobre la barca a  la deriva

LIMITE (Mário Peixoto, 1931)

YA ES LEYENDA, pero durante mucho tiempo esta película fue, además, una de las más buscadas del mundo. En 1960, el historiador francés Georges Sadoul cruzó el Atlántico para verla (en vano) y no fue hasta 1977, tras un largo proceso de restauración que duró casi dos décadas, que Limite emergió de nuevo, confirmándose como una de las obras maestras del cine.

Fue el único filme del escritor y director brasileño, nacido en Bélgica, Mário Peixoto, quien logró rodarlo con veintidós años, un ejemplo de precocidad solo comparable a los de Jean Vigo y Orson Welles, quien por cierto asistió a un pase de la película en 1942, mientras se hallaba en Brasil rodando It’s All True (cuentan que a la sesión asistió también Marie Falconetti, la protagonista de La Pasión de Juana de Arco, como si el destino quisiera unir a los raros y a los singulares).

Muchos análisis de Limite coinciden en señalar su deuda con el surrealismo francés y con el cine revolucionario soviético. Peixoto había entrado en contacto con estas manifestaciones durante sus viajes por Europa, el segundo de los cuales le deparó una revelación mayúscula: durante una estancia en París descubrió en una revista una fotografía de André Kertesz que mostraba el rostro de una mujer rodeada por las manos encadenadas de un varón. Este ideograma surrealista dispararía la imaginación del autor, que en el otoño de 1929 regresaría a Brasil dispuesto a emprender el proyecto, cuya dirección confió inicialmente a Humberto Mauro y Adhemar Gonzaga, quienes declinaron la invitación e invitaron a Peixoto a ponerse tras la cámara.

Aunque carece de argumento, hay tres líneas dramáticas en Limite. Dichas tramas se corresponden con los recuerdos de tres pasajeros de un barco a la deriva, un hombre y dos mujeres, que bajo el influjo espejeante del mar y víctimas del cansancio huyen hacia rincones de su memoria en busca de posos, instantes, vivencias. La cámara los sigue en sus fugas mentales, pero sin atarse a la anécdota: tan pronto asume los puntos de vista de los personajes como se independiza de ellos, buscando alicientes visuales y primicias fantásticas, un poco como sucede en Vampyr, rodada casi a continuación.

Dicho en otros términos: la cámara se sustrae a su cometido funcional para captar lo insólito, que muchas veces es lo anónimo agigantado por la proximidad del objetivo y el ángulo de toma, así los útiles de costura o el redondo caño de una fuente, embestido con surreal violencia. Otras veces, la cámara, magistralmente guiada por el operador Edgar Brazil, altera los niveles de visión, ya sea bajando hacia la media rota de la fugitiva, o subiendo desde la acequia empedrada donde un hombre va a recoger una herradura. La liberación del instrumento (que Peixoto llamaba vertovianamente cámara-cerebro) conlleva, además, la necesidad de admitir su dinámica arbitraria, como cuando ejecuta un aire de danza sobre la bahía o da vueltas de campana, trasladando al espectador su delirio perceptivo.

Estamos pues ante una fantasía cinematográfica, parangonable a otras contemporáneas, rodadas en un momento especialmente feliz para la inventiva cinematográfica. Si en el presente ficcional, Peixoto comparte el abatimiento de los cuerpos, proponiendo una sensualidad del abandono, una poética de la deriva, en el pasado evocado mediante analepsis esos mismos cuerpos revelan la tensión producto de la insatisfacción y los deseos frustrados; revelación teñida de la amargura ineluctable que habíamos encontrado (que Peixoto quizá ya había encontrado) en Ménilmontant, de Kirsanoff.

Fascinante y hermética, Limite está recorrida por una serie de motivos visuales: no solo las manos encadenadas, sino los reflejos fosforescentes del agua, los postes del tendido eléctrico, la vegetación caótica y tentacular, los dibujos del cabello, los pájaros remotos, varios de los cuales son evocados en la recapitulación. No hay intención simbólica tras estas idées fixes. Se trata de impresiones poéticas registradas por la cámara, volcadas en un todo sinfónico destinado por igual a la retina y a la memoria, que a su vez se apresta a captarlas antes de que se extingan en tanto realidad fugaz e inasible.

Hay una imagen que resume  el sentido de esta película, hoy felizmente tachada de la lista de los tesoros más buscados del cine: una ola moribunda barre la orilla y, al retirarse, borra las huellas de pisadas en la arena. Duele pensar que Mário Peixoto no volvería a realizar otra película hasta su muerte en 1992.♠

Desde otro punto de vista: Una barca sobre el océano:

https://navegandohaciamoonfleet.wordpress.com/tag/mario-peixoto/

2 comentarios en “Tierra en trance

  1. Gracias por la cita y enhorabuena por el texto, que trae a la memoria tantas imágenes de la película. Aunque no viene mucho al caso, al volver a ver hace poco «Skamen» (La vergüenza) de Bergman, me han llamado la atención las afinidades entre sus secuencias finales y la película de Peixoto (que supongo que Bergman no pudo ver en su momento): los personajes perdidos en el mar, el hombre que se desliza al agua desde la embarcación, los movimientos de cámara hacia el cenit y luego hacia abajo…

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  2. Todos los grandes se tocan por algún punto. Pero Bergman fue pródigo; el joven Peixoto se limitó a una única obra, y no fue la muerte la que le cortó su andadura, como sucedió en otros casos (Vigo, Yamanaka, Murnau, casi todos en esa década fatídica que fueron los años 30). En su «haber» figuran otros muchos proyectos cinematográficos que no llegaron a cuajar, entre ellos «Onde a terra acaba», que da título a un notable documental de Sérgio Machado presentado a comienzos de este siglo y que no sé si puede localizar aún en internet.

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