El enemigo infinito

Un matrimonio difícil: el plantador Christopher Leininger (Charlton Heston) y Joanna (Eleanor Parker) mantienen el pulso en la versión cinematográfica del relato de Carl Stephenson Leiningen Versus the Ants, publicado en 1938

THE NAKED JUNGLE (Cuando ruge la marabunta, Byron Haskin, 1954)

LA ÚLTIMA VEZ que el nombre de Byron Haskin, director de la primera versión cinematográfica de La guerra de los mundos, circuló en los medios de comunicación fue con motivo del multimillonario “remake” a cargo Steven Spielberg. Mera cita colateral, pero que sirvió para que periodistas y críticos, especialistas en el uso de terminología barata, se refirieran a él como “un artesano”.

Bajo la despectiva etiqueta, se esconde un profesional que contribuyó al desarrollo de los géneros cinematográficos, un realizador consciente de sus limitaciones, lo bastante modesto como para subordinar sus intereses personales (entre las que figuran el gusto por la aventura y lo fantástico) al buen fin de los proyectos que se le encomendaban. A título personal, siempre me ha desconcertado que su obra se iniciase en la recta final del cine mudo, que para colmo lo hiciese con cuatro películas en un solo año (1927) y que, tras retomar su labor como operador, no volviese a dirigir hasta la Segunda Guerral Mundial (como responsable no acreditado de Acción en el Atlántico Norte, oficialmente dirigida por Lloyd Bacon y donde seguramente tuvo a su cargo las secuencias con efectos especiales, otro de sus campos de acción). 

Veinte años después de su debut, Haskin volvería a acreditarse en solitario con el sólido noir I Walk Alone (Al volver a la vida, 1947), reinicio de una filmografía que incluye un puñado de buenas películas y un montón de bagatelas simpáticas, que a veces suelen recordarse con más cariño que las llamadas «obras maestras». Un techo que, a mi juicio, Haskin rozó en dos ocasiones: el espectacular drama negro Too Late for Tears (Demasiado tarde para lágrimas, 1949) y The Naked Jungle (Cuando ruge la marabunta), estrenada en 1954, poco después de que el director alcanzase su máxima popularidad gracias a His Majesty O’Keefe (Su majestad de los mares del Sur) y la citada The War of the Worlds (La guerra de los mundos).

En Cuando ruge la marabunta se dan cita los dos amores del director: la aventura y la fantasía. Pero sería exagerado atribuirle esa confluencia. La aventura en parajes exóticos era una de las apuestas de la Paramount en la era del technicolor, mientras que el relieve dado al elemento fantástico (en este caso la irrupción de un ejército de hormigas en las plantaciones amazónicas) se debe al productor George Pal, sin duda atento a lo que Haskin había hecho con hecho con los marcianos invasores en La guerra de los mundos.

Pal, más tarde responsable de La máquina del tiempo, otra adaptación de Wells, no se limitó a poner en imágenes la lucha de un hombre intrépido contra la marabunta, base del relato de Carl Stephenson Leiningen contra las hormigas, sino que dio a la película su toque de gracia: la llegada a la selva de una mujer casada por poderes con el protagonista y enviada desde Nueva Orleans por el hermano de este.

En su trepidante cuento, el escritor vienés plantea desde las primeras líneas el combate frontal entre la inteligencia humana y una fuerza ciega, la de las hormigas, que demuestran ser sagaces, organizadas y pragmáticas, al punto de salvar los obstáculos que se le presentan y construirse balsas para propiciar su avance, algo que Leiningen no hubiera imaginado. En todo momento, el colono se aferra al principio de que el cerebro humano solo necesitar tomar conciencia de sus poderes para conquistar los elementos. Esta historia hubiera dado para un excitante mediometraje, como los que Haskin rodó para la serie The Outer Limits, pero tres años de duro trabajo en la selva invitan a poner en juego un segundo dispositivo dramático.

No se trata, como en tantas ocasiones, de introducir un personaje femenino para sazonar el caldo y propiciar así el consabido romance. La carnal Joanna (Eleanor Parker) es lo menos parecido a un adorno; pese a que es recibida con algo más que frialdad, no se arredra ni derrama lágrimas en su almohada; responde con elegancia a las ofensas masculinas y hace gala de una inteligencia que poco a poco vencerá la resistencia del hombre, embrutecido por el trabajo en la jungla y tenso a causa de su inexperiencia con el sexo femenino (Leiningen: Charlton Heston).

El desarrollo dramático está a cargo de dos guionistas expertos en amores difíciles, Philip Yordan y Ranald MacDougall, quienes brindan algunos diálogos memorables. Así la irónica alusión al estricto horario observado por Leiningen, incluido el momento de acostarse (“No quisiera alterar sus costumbres”, espeta Joanna la primera noche) o la célebre metáfora del piano (“Si supiera algo de música, sabría que un piano que se ha tocado suena mejor”), de nuevo en palabras de la esposa despreciada.

Byron Haskin satisface las demandas de la producción, entre ellas el lanzamiento de Charlton Heston, al que por entonces la Paramount confiaba papeles de macho desdeñoso, a menudo más amante de su trabajo que del trato con las hembras. Actor y actriz hacen fluir la historia a través de gestos y miradas. Heston revela la inmadurez de Leiningen mediante el rudo trato que inflige a personas y cosas (idea suya fue bañar en perfume a su esposa durante la disputa de alcoba). La inigualable Eleanor Parker, en cuyos ojos tristes puede leerse el pasado del personaje, los reveses sufridos, es capaz de prender fuego a una escena con solo mover sus hombros desnudos y hacer que la mirada del hombre se encuentre con la suya. Pura arqueología de las emociones, sortilegio de un erotismo perdido, que Haskin cultiva con gran sentido cinematográfico, como prueban los untuosos movimientos de cámara durante las interpretaciones pianísticas de Joanna. La música procedente del salón remueve secretamente a Leiningen, quien sabe que podrá hacer frente a todas las fuerzas de la naturaleza, con excepción de la mujer que le ha sido enviada. ♠

4 comentarios en “El enemigo infinito

  1. Gracias, Jesús. Sí, lo conozco, al igual que «Warpath», «Denver and Rio Grande» y «The First Texan», todos muy estimables. Cuando los repasas, es lógico que alguno se venga arriba, pero es algo que no he tenido ocasión de hacer con los mencionados «westerns», vistos hace décadas (y me temo que con infames doblajes). No parece el Oeste el terreno natural de Haskin, pero menos lo es en el caso de Peter Godfrey, cuyo «Barricade» espero revisar pronto.

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  2. Camino de la absoluta orfandad, a los de la vieja guardia hace cinco años nos tocó apechugar con la desaparición de una las grandes pelirrojas del Hollywood clásico, Eleanor Parker. Aún resonaba en mi memoria aquella flagelante réplica (tú la mencionas) que lanzaba a un rudo y machista Charlton Heston que esperaba una virgen como esposa en CUANDO RUGE LA MARABUNTA: «Si te gusta la música, deberías saber que suena mejor un piano usado que uno sin estrenar».
    En fin, ahí permanece en la memoria nostálgica este excelente melodrama enmarcado en un contexto de aventura y suspense, famoso en su época por las «audaces» metáforas sexuales que jalonan la relación entre Heston y la flamígera Parker y, sobre todo, por las espectaculares e impactantes secuencias con las voraces hormigas.

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  3. Es un ejemplo, no el único, de película que se da por vista y sabida. Superficialmente vista y conocida de refilón. Otra es «Mogambo». Y me temo que no haya forma de remediarlo: todo lo que cuenta queda ya tan lejos como las miradas de Eleanor Parker, que dejan «50 sombras de Grey» y todas esas bobadas a la altura del betún.

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