Un amor contra el mundo

Georges Manda (Serge Reggiani) y Marie, alias Casque d’Or (Simone Signoret) en la obra maestra de Jacques Becker, coautor del guion junto a Jacques Companéez

CASQUE D’OR (París, bajos fondos, Jacques Becker, 1952)

CASQUE D’OR ocupa un lugar central en la filmografía de Jacques Becker, no solo porque marca el ecuador de su obra, sino porque contiene las principales inquietudes del director, expresadas con un grado de sinceridad y compromiso que para mí solo volvería a alcanzar en sus dos últimas películas, Montparnasse 19 (1957) y Le trou (La evasión, 1960).

El tema común a estos tres dramas es el amor y la amistad amenazados por un mundo hostil. En La evasión está en peligro la fuga de un grupo de presos unidos por un férreo código de lealtad; la incomprensión hacia el genio y la oposición de una sociedad que conspira para apropiarse de sus conquistas después de despreciarlas, marcarán la experiencia del pintor Modigliani en Montparnasse 19. En París, bajos fondos, la felicidad es el paraíso donde no entrará Manda (Serge Reggiani), un carpintero del extrarradio parisino que paga con la guillotina su amor por la prostituta Marie (Simone Signoret), propiedad del chulo Roland, miembro de la banda de Felix Leca (Claude Dauphin).

En todas estas películas, Becker contrapone honradez y corrupción. El honrado lucha por su vida, por la mujer amada, por sus amigos; el corrupto, para medrar y obtener beneficios a costa del prójimo. El primero se guía por un elemental sentido de la justicia; el segundo, por su inmoralidad. Qué familiar debería resultarnos todo ello.

Un sordo fatalismo recorre París, bajos fondos. Manda, hombre de pocas palabras, hace lo que le dicta su corazón a sabiendas de que lo caro que puede costarle; Marie ve en él su tabla de redención, la llave de su libertad. Pero ni a uno ni a otro les estará permitido huir de un mundo abyecto, construido sobre el cinismo, la mentira y la traición. Becker expresa esa certeza mediante una narración de pulso regular en la que los hechos van concatenándose con fúnebre lógica; tanto es así que, entre plano y otro, pueden escucharse los pasos del destino, agazapado tras las bellas imágenes de Robert LeFebvre. Bertrand Tavernier escuchó además el latir del corazón de los personajes. No hay razón para contradecirle.

Es el de Becker, como el de Mizoguchi, un arte subversivo donde no existen elementos panfletarios. Ambos saben que la injusticia vencerá allí donde se lo proponga y que el amor es una flor entre ortigas. En cuanto al mal, no solo emana del poder, sino que prospera en el escalón medio. Así, en el cine del francés aparece a menudo un personaje que ejerce de intermediario entre el submundo y el poder. En París el mediador es Felix Leca, comerciante de vinos y licores que personifica el cinismo de la pequeña burguesía amamantada en las ubres del Segundo Imperio y que entrará en el siglo XX conchabada con la policía, a la que esquiva mediante el pago de impuestos, entiéndase sobornos, regalos y delaciones.

En todas las épocas, los Leca (o los Morel, ya que el siniestro marchante de Montparnasse 19 es una variante perfeccionada del tendero parisino) saben sacar tajada. Simulan respeto a la ley bajo una fachada intachable, pero sacrifican al débil y contribuyen a perpetuar un orden injusto. Si un obrero y una puta se quieren, Leca decide aprovecharse de su amor para eliminar obstáculos y prosperar (sin marcharse nunca las manos: causa escalofrío la expresión taimada de Claude Dauphin mientras Manda y el chulo se enzarzan en el duelo a navaja, cuyas consecuencias ha previsto).

Como en todas las grandes películas de amantes perseguidos, en París, bajos fondos se apuran con triste gozo los escasos momentos en que la vida da respiro a la pareja. Así sucede en la escena al borde del río, donde Manda duerme cuando debería huir de la policía. Becker introduce ese raro momento de calma para que Marie gane la orilla y se encadene a Manda en un diálogo de miradas luminosas y francas sonrisas, que, en comunión con la naturaleza que los rodea, los actores sirven con una simplicidad conmovedora.

Todo es admirable en París, bajos fondos: desde la recreación de época (en la primera colaboración de Becker con el diseñador Jean d’Eaubonne, que ese mismo año erigiría para Ophüls los decorados hermanos de Le plaisir) a la interpretación de los actores (encabezados por una inolvidable Simone Signoret), desde la descripción de tipos a la evocación del París apache, con sus “guapos” y cocottes, su “bal canaille” y sus excursiones en barca, sus casas bajas y sus pequeños comercios, no del todo honestos. Los méritos de la película son evidentes, pero Becker nunca llama la atención sobre ellos. Su poética siempre estuvo más cerca de los personajes que del público.

4 comentarios en “Un amor contra el mundo

  1. En la relación que propones entre las tres, “Casque d’or” representa el modelo puro de la pareja enfrentada a un mundo exterior hostil. Sus dos últimas películas son más complejas en la separación entre el bien y el mal: en “Montparnasse 19”, la pareja aparece minada desde dentro por la naturaleza autodestructiva de él, y su final habría sido algo diferente, pero no demasiado, sin la intervención del maléfico Morel; y con más claridad aún, en “Le trou” Claude Gaspard está escindido entre la fidelidad a sus compañeros de celda, en especial hacia el personaje de Philippe Leroy (su primera noche de trabajo juntos en la alcantarilla se cierra en elipsis, como si fuera una primera noche de amor), y las fuerzas exteriores (la madre, el director), también elípticas pero no por ello menos presentes.

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  2. Morel es la serpiente en el paraíso bohemio de Modigliani y Jeanne, del mismo modo que Leca, siempre al acecho de su oportunidad, lo es en el idilio parisino de Manda y Marie. Pero qué admirables son esos amores destinados al matadero y con qué maestría los canta Becker… Me gustan mucho las tres películas, aunque no me olvido de otras menos renombradas como «Édouard et Caroline» o «Antoine et Antoinette». «Le trou», huelga decirlo, es genial.

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  3. Un modélico melodrama pasional despojado, no obstante, de algunas de las señas de identidad características de este género. Así, su realizador optó por limar las situaciones hasta el hueso haciendo un uso inteligente de la elipsis narrativa que da como resultado un estilo “enfriado” que llega a cotas de maestría. Qué decir de las magníficas composiciones de Signoret y Reggiani.

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  4. Francamente, no encuentro síntomas de congelación en la mirada cinematográfica de Becker, al que siempre he considerado un romántico con los pies en el suelo. Tal vez la más fría y «técnica» de su películas sea «Falbalas», y aún así la encuentro modélica. Como su estilo eran tan fino, pasaba rozando los géneros, ya fuera el policiaco («Touchez pas au grisbi»), la comedia sentimental («Édouard et Caroline») o la parodia de los seriales de misterio («Les aventures d’Arsène Lupin»). Excluyo su «Alí Babá», que me gusta más bien poco y que podría haber hecho cualquiera.

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