
Hasta cuatro operadores (Joseph Barthés, Gösta Kotulla, Louis Née y R. Tulle) contribuyeron a la película más telúrica del cineasta y teórico francés de origen polaco
FINIS TERRAE (Jean Epstein, 1929)
JEAN EPSTEIN es el cineasta del agua. El mar, los ríos, son una constante en su obra, una de las más apasionantes y bellas del cine francés. Como protagonista, el agua aparece ya en 1923 (en ese anuncio de L’Atalante que es La belle nivernaise) y cierra su filmografía hacia 1948 con Le tempestaire y Les feux de la mer.
Periódicamente, Epstein visitaba las islas situadas en el litoral bretón, como si con cada viaje deseara aquilatar su mirada cinematográfica, dirigida una y otra vez hacia los pueblos de pescadores, los guardianes de faro y los trabajadores del mar, aislados en esas broncas soledades.
Es necesario subrayar esta recurrencia porque, para la historia del cine, Epstein sigue siendo solo un director de la vanguardia, un pionero cuyo nombre se reseña al lado de los de Delluc, Gance, L’Herbier o Dulac, el autor, en definitiva, de dos títulos claves del surrealismo francés: La glace à trois faces (El cristal de tres caras, 1927) y La chute de la maison Usher (La caída de la casa Usher, 1928, tan admirada por Buñuel). Sin embargo, Epstein no circuló únicamente por esa senda. Junto a su faceta avanzada, hay otra que enlaza con la noble tradición del realismo francés. Ambas vertientes encontraron una hermosa síntesis en Coeur fidèle (1923) y ya entonces se percibió que el imaginario de Epstein era dual, por cuanto armonizaba naturalismo y fantasía.

Rodada inmediatamente después de sus famosas obras de vanguardia, Finis terrae supone un regreso a ese imaginario mixto. Encontramos, por un lado, la visión realista, lindante con el documental (André Antoine abrió ese camino en 1920 con L’Hirondelle et la Mesange), y junto a ella, la distorsión subjetiva, el delirio perceptivo, el golpe de locura (desde el punto de vista del joven Ambroise, acometido por la fiebre, un sol gigante eclipsa la parte alta del faro, que se tambalea ante sus ojos; más adelante, el océano es visto por los habitantes de Ouessant –y por la cámara, que asume su punto de vista– como una fuerza proteica y enloquecedora).
Más que ambicionar el impresionismo como respuesta al expresionismo de sus filmes precedentes, Epstein busca la abstracción. La naturaleza fija a los seres humanos en una suerte de contemplación hipnótica, les prodiga imágenes fascinantes que de algún modo anulan su capacidad de reacción ante el paisaje. Así, los jóvenes pescadores quedan petrificados ante la visión mesmérica de las olas batientes o de los caballos detenidos en la orilla. Tanto Jean-Marie como Ambroise parecen esperar una revelación, pero esa revelación ya se produjo en un pasado remoto. Sólo el mito podría ayudarles a comprender, toda vez que la naturaleza se ha refugiado en un hermetismo solemne.
Como ha señalado Vincent Guigueno, Finis terrae constituye un polo arcaico, opuesto al polo moderno que representa La caída de la casa Usher. Algas y rocas son las únicas manifestaciones de los mundos vegetal y mineral, y hacia ellos parecen ir los pescadores cuando no se hacen a la mar, misteriosamente atraídos por sus trazas (enervado, Ambroise se tiende entre las algas hasta confundirse con ellas, lo mismo que el pañuelo blanco de una ouessantina se confunde con la espuma de las olas tras caer de su mano durante la vigilia).

La anécdota es mínima. El principal incidente referido en Finis terrae tiene que ver con el dedo de Ambroise, infectado tras un corte de navaja. Esa herida marcará el destino individual del personaje, cuya suerte apenas se cruza con la otra línea maestra de la película: el drama de las mujeres de Ouessant, madres, esposas e hijas de pescadores, criaturas de rostro avejentado y ropas oscuras que, como penitentes van en grupo hacia el litoral para esperar a sus hombres, como las aldeanas de Enoch Arden, de Griffith.
A la luz de los escritos de Epstein, se colige que Finis terrae era el primer jalón de una trilogía completada por Mor-Vran (1931) y L’or des mers (1932), también dedicadas a los pescadores bretones. El ciclo permite asegurar que la lección arcaica de Epstein (muy moderna en el fondo) fue aplicada luego por Flaherty en Hombres de Arán, por Rossellini en Stromboli y por Antonioni en La aventura, cuya isla Lipari parece tan propicia al extravío cósmico como el archipiélago descrito en Finis terrae. ♠

El hecho de que esta película no sea más conocida, salvo para unos pocos, debería servir para impugnar en bloque la «historia del cine»; al contrario que sus colegas del lejano Oeste, según Ford, muchos cronistas de esta historia prefieren volver a imprimir la leyenda, aunque sea mucho más fea que la verdad.
No es el caso de este blog, que presenta la gran película de Epstein en el contexto de una línea imaginaria que va desde «Enoch Arden» (a la que podría añadirse también «The Unchanging Sea») hasta «La aventura». Aquí, el «vanguardismo» de Epstein, como el de Maya Deren, es el signo de la libertad del cineasta que tiene otra meta más allá del entretenimiento y la instrucción, que se atreve a liberarse de las dependencias literarias: su historia es mínima, como dices, y muchos espectadores la encontrarán quizás aburrida; sus imágenes de tono documental no nos hacen más sabios. Y sin embargo, Epstein consigue algo que no proporciona ninguna novela, ningún reportaje: una experiencia incomunicable de otra manera que no sea a través del cine.
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No esperaba encontrar una defensa tan encendida, de hecho solo he conocido (en el extranjero, hace muchos años) un epsteniano de pro, que estaba trabajando sobre su cine y sus escritos, imagino que sin ninguna repercusión. La historia oficial del cine es un muleta de la que debe desprenderse todo aquel espectador que quiera andar solo; el problema es que en ella se apoya (se sigue apoyando) una mayoría de cinéfilos perezosamente instalados en el «sota, caballo, rey». Y de ahí no los mueve ni los GEO. No digamos ya Epstein. A la genealogía de «Finis terrae» se puede añadir, como bien dices, «The Unchanging Sea» desde el momento en que esta obra maestra parte de la misma matriz que «Enoch Arden», asimismo genial. ¿Sabrá alguno de nuestros estudiantes de Imagen quién es Griffith?
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