Camino de Montana

Tres en discordia: el coronel Ben Allison (Clark Gable) y Nathan Stark (Robert Ryan), al que encañona el hermano del primero (Clint: Cameron Mitchell)

THE TALL MEN (Los implacables, Raoul Walsh, 1955)

Triste destino el de algunas películas que, siendo excelentes, pasan por mediocres a los ojos de la mayoría. Es el caso de varias rodadas por Raoul Walsh en su última etapa, terminando por la magnífica A Distant Trumpet (Una trompeta lejana, 1964) y empezando, unos años antes, por The Tall Men (Los implacables), sin duda uno de los mejores «westerns» producidos en la era del Cinemascope.

La conjunción de hombres duros y cantantes irredentas, de paisajes en pantalla ancha y arriesgada travesía por territorio indio ya estaba en otro magnífico «western» Fox producido el año anterior: River of No Return (Río sin retorno), de Otto Preminger. Pero si hay dos filmes con los que Los implacables entronca decididamente son, por un lado, el clásico de James Cruze The Covered Wagon (La caravana de Oregón, 1923) y, luego, The Big Trail (La gran jornada, 1930, del propio Walsh), otro viaje a través de las inhóspitas regiones que jalonan la ruta de Oregón. En Los implacables se recorre un camino no menos peligroso, el que va de Texas a Montana, también con amores accidentados y rivalidades masculinas de por medio. Por la mente del productor Darryl Zanuck cruzó, asimismo, la idea de replicar El caballo de hierro, plan que finalmente desechó.

Walsh traslada a la nueva película elementos de La gran jornada, pero a diferencia de esta, Los implacables no viste galas de epopeya. Para ello tendría que exhibir más «andamiaje» o pujar por la épica. El cineasta deja, en cambio, que la historia avance con calma y a golpe de experiencia, que en muchos sentidos es la suya propia, pues el autor de Pursued, era un consumado jinete y había conducido ganado, vivencias que se transmiten a la película y le otorgan credibilidad.

El director narra la historia (novelada por Clay Fisher, hecha guión por Sidney Boehm y Frank S. Nuggent) con un sentido del tiempo casi fluvial. La limpia mirada vertida sobre el relato, su acento telúrico, el amplio aliento narrativo, la autonomía dramática de los capítulos y la proliferación de elipsis confieren su genuina personalidad a este «western» clásico cuya nitidez expositiva (reforzada por el Color De Luxe de Leo Tover) contrasta con la densidad casi novelesca de otra película basada en el avatar de los «cowboys», Río Rojo.

El tono es mesurado, en consonancia con las modestas aspiraciones de Ben Allison (Clark Gable), excombatiente sudista que viaja a Montana en compañía de su hermano Clint (Cameron Mitchell), prototipo del joven desesperado que aparecerá en varios «westerns» de la época. Ambos encontrarán en su camino a un pequeño potentado que desea convertirse en gran capitalista, Nathan Stark (Robert Ryan) y a una aventurera de rasgos andróginos, Nella Turner (Jean Russell), harta de la vida nómada.

De una u otra manera, todos los personajes se reflejan en Ben. Clint, de natural vehemente y temerario, por no decir suicida, conserva el pellejo gracias a su flemático hermano, que le frena en los momentos críticos, consciente de las secuelas que la guerra civil ha dejado en ambos. Nella constata que sus grandes aspiraciones (lujo, viajes, vestidos, posición social, compradas con dinero) chocan con los pequeños sueños de Ben, que solo quiere volver a su tierra natal para retirarse a un rancho construido con su esfuerzo. Por su parte, Nathan se erige en la némesis del coronel tejano: se trata de un hombre ambicioso y calculador, que únicamente actúa en su propio beneficio. Es evidente que Walsh no simpatiza con él (al principio de la historia Stark se presenta como víctima de un robo y al final casi acaba siendo el ladrón, invirtiendo el recorrido dramático de Ben), pero tampoco oculta que bajo su ambigua conducta late un fondo de honestidad (admira a su socio porque le recuerda lo que pudo haber sido) y no vacila cuando llega el momento de desenfundar (Walsh lo iguala visualmente con los Allison en una explícita toma frontal durante el tiroteo contra los renegados).

Menos interés tiene a mi juicio la confrontación con Nella, en la que pesa mucho el lucimiento de la actriz cantante (Russell venía de protagonizar Los caballeros las prefieren rubias e iba a hacer con Walsh la estupenda The Revolt of Mamie Stover) y, sobre todo, algunos clichés relacionados con el protagonista. Gable, al que la publicidad relacionaba siempre con sus éxitos anteriores a la guerra, se ve obligado a repetir alguna escena de embrollo pre-marital (línea Sucedió una noche) y a recordar mediante algunas poses su papel en Lo que el viento se llevó. Al margen de ello, su interpretación es magnífica. Qué decir de Robert Ryan.

Pese a la concesión apuntada, la espectacular Jane Russell permite que Walsh construya un personaje femenino de fuerte carácter, capaz de medirse con el hombre y, llegado el caso, de llevar las riendas de la relación, idea que ambos redondearán en The Revolt of Mamie Stover. Clark Gable abogó por que las escenas de Ben y Nella fueran más numerosas y tuvieran mayor desarrollo, huelga decir que sin perjuicio del personaje masculino, cuyo liderazgo es cariñosamente subvertido por Nella .

Curiosamente, el final plantea una fórmula de redención femenina similar a la de Río sin retorno. Allí era la cantante interpretada por Marilyn Monroe quien tiraba sus zapatos al suelo de la «main street» para sellar su adiós al pasado y su nacimiento a una nueva vida junto al granjero encarnado por Robert Mitchum. En Los implacables, la metáfora reviste un punto malicioso: Nella se hace quitar sus botas por Ben mientras canta el tema principal del filme, doble gesto que por un lado implica la aceptación de las condiciones masculinas y, por otro, la promesa de que el futuro marido se someterá a la prueba del matriarcado. ♠

2 comentarios en “Camino de Montana

  1. El mayor inconveniente de esta película es que es difícil escribir sobre ella: el indudable placer que proporciona no está ligado a contenidos «serios» ni de actualidad; de hecho, como apuntas, surge ya un poco fuera de época en el contexto del western «adulto» de los años 50 y, con la salvedad del formato, guarda más relación con los westerns y las comedias de los años 30, pero es una de las mejores películas de Walsh (lo que no es poco decir).

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