El compás y el martillo

Vigilados por la Stasi: Christa-Maria (Martina Gedeck) y el dramaturgo Sebastian Koch (Georg Dreyman), en una escena perteneciente al primer largometraje del director alemán

DAS LEBEN DER ANDEREN

(La vida de los otros, Florian Henckel von Donnersmarck, 2006)

NUNCA UNA BANDERA DIJO TANTO DE UN PAÍS como la enseña de la antigua Alemania Oriental. Dicho emblema mostraba en su centro, orlado por espigas, un objeto mixto formado por el martillo y el compás. En la peculiar iconografía del satélite ruso, estos símbolos superpuestos representaban respectivamente a los obreros y a los intelectuales, pilares del desarrollo nacional junto a los campesinos, aludidos a través de las espigas.

Una hermosa conjunción. Hermosa mientras no se la bajase de su heráldica altura. En la práctica, el Estado comunista se apropió tanto del martillo como del compás y lo puso en manos de su policía secreta, encargada de vigilar a los sospechosos de traición a la patria, que eran la mayoría. De los últimos días de ese estado policíaco trata Das leben der anderen (La vida de los otros), otra vuelta de tuerca a las relaciones entre arte y poder en los regímenes totalitarios.

De algún modo, la película gira en torno a una confluencia: la de un proyecto que agoniza sin saberlo (el político de la extinta RDA) y la de otro que nace en la incertidumbre de cuál va a ser su futuro (el artístico del poeta y dramaturgo Georg Dreyman, que durante toda la película alumbra la “Sonata de los hombres buenos”, destinada a convertirse en faro de sus coetáneos y de la primera generación de germanorientales libres).

El director Florian Henckel von Donnersmarck no hace una glosa del heroísmo intelectual de Dreyman (Sebastian Koch), al que simplemente presenta como un hombre honesto. Si las autoridades dirigen hacia él su foco no es sólo por el peligro que representan sus ideas, sino por una serie de bienes que el poder desea confiscar: su creciente prestigio, los artistas y amigos que forman su círculo y, por añadidura, su mujer, la actriz Christa-Maria Sieland (Martina Gedeck), codiciada en varios sentidos por el ministro Hempf (Thomas Tieme) y utilizada por las autoridades para aniquilarle.

Pero el verdadero protagonista del filme no es Dreyman, el hombre del compás, sino el capitán Gerd Wiesler (Ulrich Mühe), el hombre del martillo, un oscuro funcionario de la Stasi (el Ministerio de la Seguridad del Estado), encargado de vigilar al escritor de día y de noche. Wiesler (y ahí radica para mí uno de los activos del filme) no sólo es la antítesis de Dreyman, sino también su doble. Obligado a espiar todos y cada uno de los movimientos de su víctima, el funcionario termina identificándose con ella tras verificar que ésta posee todo aquello de lo que él carece, bonhomía, amigos, mujer, sexo, felicidad, talento. Siempre de guardia, siempre alerta, Wiesler hace de su trabajo una obra de arte: conoce cómo anda, piensa y respira su otro yo (el que querría ser) y de algún modo vive en la casa cuyas habitaciones conoce de memoria, pues ha trazado la planta de la vivienda en el suelo del habitáculo desde donde opera.

Dreyman es la misión de Wiesler. En circunstancias normales, éste habría envidiado a aquél; en las propias de un estado represor, el parásito dispone de numerosos instrumentos para vengarse del creador y aliviar (momentáneamente) su frustración. Cuando todo apunta a un ajuste de cuentas, el director renano gira la llave oculta en la conciencia del “doppelgänger”, no arrancando el velo de sus ojos (lo que habría sido inverosímil), sino haciendo germinar en él la idea de que ha entregado su vida a una causa estéril, de que destruyendo a su víctima se destruye a sí mismo, y de que salvándola, se salva también él, siendo esta redención meramente privada, un regalo hecho a sí mismo y recibido de las mismas manos que un verdugo cínico –el teniente coronel Anton Grubitz (Ulrich Tukur)– le ordenaba cortar.

Muy bien interpretada, La vida de los otros revela una dirección de actores impropia de un primer largometraje (es particularmente notable el modo en que Dreyman reacciona frente al trato vejatorio recibido por su amante, conducida como tantos al suicidio). Por otro lado, la dramatugia del filme es meticulosa, pero no abruma al espectador con informaciones documentales. Pocos y escogidos detalles bastan para dar el tono de la época (calles grises, edificios de color mate, parques descuidados), unido a aspectos que demuestran el modo en que el poder comunista interpretaba la abolición de las clases sociales (compárese la limusina del ministro con los turismos aparcados en las calles).

La historia que cuenta Henckel von Donnersmarck no sucedió hace mucho tiempo, sino anteayer, en 1984, cuando el Muro de Berlín no había caído y los gobiernos del Este europeo aún vivían en su desabrida arcadia, convertida en búnker para sus súbditos. Es esta cercanía al mundo actual lo que hace que su película no sea tanto una reconstrucción histórica, como un recordatorio de que la libertad y los derechos individuales no pueden ser sacrificados en nombre de la seguridad. ♠

 

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4 pensamientos en “El compás y el martillo

  1. Vi en su momento la película, que me pareció correcta pero no me dejó mucha huella. La conclusión de tu excelente texto me recuerda esta frase de Antonio Escohotado, en una entrevista: “me parece que amamos –y justificadamente– la libertad como nuestro bien principal. El estado de apertura en el que nos sitúa es la única sustancia de la vida, junto con el amor. El amor se corrompe en forma de odio, y la libertad con pretensiones de seguridad. Pero lo único que nos otorga algo parecido a cierta seguridad es poder ser libres. Debemos serlo para cumplir con lo que cada cual considere su deber, y su placer.”

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  2. Muchas gracias. Este texto fue escrito con ocasión del estreno de la película, acaso demasiado pronto olvidada, como casi todo lo que se ha hecho de veinte años para aquí. Por una vez no he tocado ni corregido nada, ya que suscribo lo que dije en su momento; sin embargo, he de confesar (y creo que la verdad siempre es incómoda) que me lo pensé dos veces antes de conservar la última frase. Hoy tengo algunas dudas.

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  3. A mi me pareció terrible, no por la propaganda y la stasi si no por que es una muy mala película. Abanderada de cierta cinefilia militante y agarofóbica que pulula hoy en Europa. El final del libro y el policía arrepentido es digno de una comedia de Jean-Pierre Jeunet.

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  4. Bueno, me encuentro con un comentario que yo mismo solía dirigir, y aún dirijo, contra ciertas películas, no sé si las jaleadas por ese tipo de cinéfilos, pero sí contra las que se suelen premiar en festivales y aplaudir en ciertas tribunas. Me parece que hay más cine en “La vida de los otros” del que suele haber en ese cine falsamente “bienintencionado” o “correcto”, pero es solo mi opinión.

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