Mascarada en Madrid

Gonzalo Fonseca (Guillermo Marín) y la enmascarada Nieves, interpretada por Conchita Montes, a la sazón compañera y musa del director madrileño hasta la muerte de éste en 1967

DOMINGO DE CARNAVAL (Edgar Neville, 1945)

DE LAS TRES PELÍCULAS que componen la trilogía de intrigas policiacas rodadas por Edgar Neville entre 1944 y 1946, La torre de los siete jorobados, Domingo de carnaval y El crimen de la calle de Bordadores, el capítulo central es el que goza de menor predicamento. Encontrar una razón para ese eclipse parcial (que es total si entra en juego su estricta coetánea La vida en un hilo) resulta arduo, ya que todas las obras citadas rayan a similar altura, sin olvidar que hay un hilo común (no sólo de humor e inteligencia, sino también de planteamiento y de mirada) que las une de forma coherente.

Es posible que el motivo tenga que ver con la naturaleza heterogénea del filme. La torre de los jorobados se inscribe, vía Emilio Carrere, en una tradición robinsoniana del fantástico español que se remonta a los poetas románticos y a Alarcón, mientras que Bordadores plantea una intriga de contornos diáfanos sobre un fondo costumbrista no menos reconocible. En cambio, Domingo de carnaval es solo una mascarada, un intermedio burlón ambientado en 1917 y en una España felizmente aislada de la Primera Guerra Mundial.

Que una prendera aparezca muerta en su casa era un acontecimiento relevante en el Madrid de la época, pero aún lo es más que el caso se esclarezca en los tres días señalados para la fiesta y que la pesquisa policial se enmarque en el bullicioso cuadro del pueblo entregado al jolgorio. Por fuerza una cosa ha de tapar a la otra (y ya sabemos que el carnaval lo cubre todo, incluso la muerte); pero además hay un idilio semiserio que reúne al detective encargado del caso (Matías: Fernando Fernán Gómez) con la hija del principal sospechoso (Nieves: Conchita Montes), lo que también ha de resolverse para bien o para mal mientras el cadáver se enfría y la multitud baila en la calle.

Crimen, sainete y comedia romántica. La mezcla apunta al híbrido, pero las tres líneas se entrelazan con perfecta naturalidad, gracias sobre todo a la fácil y fluida mirada cinematográfica de Neville, apóstol cinematográfico del dejar hacer, pero también a unos actores capaces de fluctuar entre distintos registros sin que se advierta el paso de uno a otro.

Que la partitura se va a tocar con doble (o triple) pedal se advierte en la escena del hallazgo del cadáver, en la que el vecino interpretado por Manuel Arbó, convertido de facto en auxiliar del agente, hace una observación digna de Sancho Panza sobre la excelente postura en que ha quedado la finada.

A despecho de la censura, el pretexto cómico permite a Neville lanzar algunos dardos contra la autoridad. Así, el comisario ve comprometida su vacación por el «caso de doña Reme«, así que abandona sin sonrojo su puesto y delega en su segundo, según él para que se curta en el oficio y ascienda en el escalafón. Viendo que la negligencia policial convertirá a su padre en chivo expiatorio del crimen, la hija del comerciante de relojes reprocha al funcionario la adopción de «medidas cautelares» (detener al primero que pasa) y ella misma se entromete en la investigación, no tanto para ayudar a Matías como para salvar a su padre inocente.

No falta el sabroso comentario sobre el vulgo, ajeno a la cuestión política, ni tampoco la divertida glosa de los tipos madrileños, tan cara al director. De entre ellos Neville espiga a la vendedora encarnada por Julia Lajos, presencia habitual en su cine y a la que confía el número cómico en el baile de máscaras. El autor de El baile también hace un hueco a los detractores del carnaval. Aquí la queja vecinal recae en el sereno, encargado de velar por el sueño de sus semejantes; el vigilante se presenta con la explícita promesa de disfrazarse (pero «de uno de esos que duermen diez horas seguidas») y acaba cogido con las manos en la masa, es decir en Nieves, disfrazada de la sardina que va a ser enterrada en la proximidad de la Venta del Chaleco, tomada ya por las murgas.

Por si todo ello no fuera lo bastante rico, Edgar Neville concierta un animado segundo plano por el que cruzan buhoneros, vendedores ambulantes («¡de narices y bigotes!»), prestamistas, cigarreras, cupletistas, pequeñoburgueses, graciosos, traficantes y titiriteros, una espléndida pintura social que se corresponde con la calidad del mural madrileño, descrito en un limpio trazo que va del Rastro a los altos de la pradera de San Isidro, y que sintetiza las estampas costumbristas de Solana con los aguafuertes de Goya. Milos Forman hubiera debido tomar nota. ♠

2 comentarios en “Mascarada en Madrid

  1. El paso del tiempo ha consagrado a Neville como director de cine, mientras que su actualidad como autor teatral se va erosionando. Tras la cámara, parece que Neville no hace nada -en comparación con la ingeniosidad del guion. Y sin embargo, esa nada aparente encierra muchas cosas y, ante todo, permite que los actores aparezcan como figuras vivas: desde Conchita Montes, esa especie de versión castiza de María Casares, hasta el último figurante que escucha los discursos de los vendedores callejeros o se cruza con los bailes de las máscaras.

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  2. Sí, ese desequilibrio que apuntas es cierto. Tenía razón Fernán Gómez cuando decía que nadie leía teatro en España; ni se lee ni apenas se edita, y en lo que concierne a ciertos autores antaño muy populares (Mihura, Jardiel, el mismo Neville) ya ni se representa. El cine de aquellos años irá pronto por el mismo camino.

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