La imagen transfigurada

Al borde del lago de Le Thuit, un hombre a punto de desaparecer redescubre el mundo a través de la cámara del cine; la naturaleza, aparentemente soñolienta, se presta como modelo.

TREN DE SOMBRAS (José Luis Guerín, 1997)

POR SORPRESA, Tren de sombras arranca con los fragmentos de una película doméstica rodada en los primeros años del cine por un caballero francés, Gèrald Fleury, quien filma a su familia con el aparente fin de conservar para la posteridad las imágenes de un tiempo feliz. José Luis Guerín no proporciona información previa sobre ese material fílmico, supuestamente exhumado; las imágenes desfilan atropelladamente ante nuestra mirada, dejando ver los estragos que el tiempo ha producido en ellas.

En realidad, se trata de una ilusión: los deudos de Mr. Fleury son actores de hoy, la película rodada por el cabeza de familia tiene como director al propio Guerín y su deterioro no ha sido causado por el paso de los años sino por la fricción de materiales innobles que el propio cineasta ha aplicado sobre todos y cada uno de los fotogramas.

Cualquier espectador familiarizado con el cine mudo y, en especial, con las primitivas formas de documental, podría gritar «trampa». La originalidad del exordio también es dudosa: en pleno siglo XXI se sigue haciendo cine mudo, con resultados por lo general discutibles.

Sin embargo, hay un aspecto que diferencia el silencioso allegro gueriniano de tales imposturas: el director barcelonés no pone marco a la falsa película de  Fleury. No hay una introducción expresa que dé pistas al espectador más allá del excitante subtítulo El espectro de Le Thuit, con reminiscencias del folletín francés y, por ende, de Feuillade. Por otro lado, la mímesis del cine mudo va más allá del manido protocolo que consiste en prescindir del sonido, ajustar la velocidad de proyección, inscribir ingenuas frases en las didascalias y envejecer la película a conciencia. Guerín conoce a fondo lo que recrea. Lo demuestran su cuidada dirección de actores, la naturalidad de los encuadres y los ángulos de toma escogidos, algunos ciertamente delatores, ya que un plano podría retrotraernos a 1908 y el siguiente a 1915, lapsos relevantes para un lenguaje que, entonces, avanzaba muy deprisa.

Si la sugestión triunfa se debe menos a la habilidad técnica de Guerín que a su amor por el cine primitivo. Es ese amor el que, por momentos, nos hace creer que esas imágenes, captadas en estado de inocencia por un operador aficionado, pertenecen a otro tiempo y a otro ojo menos cultivado que el suyo.

Pero la película no muere ahí. Una vez que esas imágenes apócrifas han llegado a nuestra orilla, la cámara de Guerín se traslada a la mansión de los Fleury para urdir una nueva ficción documental, ya en tiempo presente, ya en color, con elementos reconocibles del mundo actual como el moderno trazado urbano o la luz procedente de los faros de los coches.

El contrapunto es hasta cierto punto previsible. Si la película de Mr. Fleury ya acabó (y su discurso quedó por así decir agotado), es hora de que el taumaturgo, el firmante de la película rodada en 1997 y titulada Tren de sombras, haga su aparición.

Tanto al espectador primerizo como al advertido, al que aguarda esa irrupción y al que está al corriente del artificio, les está reservado otro manjar: la cámara, a cargo de Tomàs Pladevall, explora la casa abandonada de los Fleury en busca de recuerdos. Tampoco aquí existe coartada. La cámara aparentemente ocupa el lugar de un testigo anónimo, pero poco a poco su mirada va desarticulándose en nuevas y misteriosas perspectivas que insinúan la presencia de un espectador ubicuo e inquieto, tanto más secreto cuando no se identifica (ni va a identificarse) con el punto de vista de ninguna persona o sujeto reconocido.

Los materiales básicos del cine, el tiempo, el espacio y la luz, sirven a Guerín para formular un encantamiento en el que imágenes, reflejos y sombras reviven el mundo de ayer en ausencia de sus actores. Bañados por la luz de la luna, transfigurados por las sombras que rutilan por las paredes e iluminados por fuentes de luz externa, los objetos familiares cobran vida en el interior de la casa deshabitada, espiados por un ojo que, como en Vampyr, de Dreyer, busca saciarse en la exploración de un arcano.

Tampoco este episodio agota el registro de Guerín, que periódicamente evoca, a través de la luz y de la música, el mundo evanescente del impresionismo.

El director aún abre una tercera vía cuando decide interpretar cuáles pudieron ser las razones por las que Fleury rodó su película en los primeros años del cine. Del fantasmagórico ballet pasamos a una recreación de época cuya solidez contrasta con la balbuciente impresión inicial, derivada de la película antigua y del mecanismo subconsciente que permite identificar la ingenuidad del supuesto pionero con los contenidos filmados en Le Thuit. La cámara se lanza aquí a una pesquisa cuyo fin sería desvelar la intrahistoria de la filmación primitiva, no tan inocente como se creía, y el secreto de la familia, no tan feliz como revelaban las apariciones lúdicas de sus miembros ante la cámara.

Es triste que una película tan hermosa y fascinante, fundamental para la supervivencia del espectador, haya quedado reducida al ámbito de los «connaisseurs». Quizá su lugar fueran las escuelas, allí donde se enseña y experimenta, pero no nos hagamos ilusiones: ver cine saber mirar es una disciplina autodidacta, no una asignatura. ♠

2 comentarios en “La imagen transfigurada

  1. El cine de Guerín combina las películas sin palabras (esta es la más obvia, a la que luego seguirían las dos Sylvias, y en gran medida «Guest»), y aquellas en que la palabra es decisiva («En construcción», «La academia de las musas»). En unas y otras destaca la maestría clásica, que se impone sobre el formato de producción más o menos experimental. Es cierto que el gran público que podría apreciarlas se ve en gran medida apartado de ellas por circunstancias superficiales. Quizá el problema del clasicismo es que a estas alturas ya no existe «el gran público» sino un montón de públicos inconexos, especializados, con un gusto cada vez más restringido e inexpugnable.

    Me gusta

  2. Si uno se asoma a internet comprueba, con estupor, que la película se clasifica como «experimental» y que algún comentarista la tilda de «excesivamente» idem. Una vez más: no hay que fiarse EN ABSOLUTO de las «categorías» y opiniones que circulan por la red. En realidad, «Tren de sombras» es tan experimental como las primeras cintas de Lumière o algunas posteriores de Epstein, experimentos en el sentido más noble y menos especulativo del término. Respecto a lo que apuntas al principio, yo prefiero el Guerín sigiloso («Tren», «Sylvia») al más «hablado» y explicativo («Innisfree», «En construcción»), pero supongo que nadie estará de acuerdo.

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s