La historia se divierte

Una escena del filme escrito, dirigido y narrado por el autor francés, nacido en San Petersburgo

SI VERSAILLES M’ÉTAIT CONTÉ (Si Versalles pudiera hablar, Sacha Guitry, 1954)

COMEDIÓGRAFO, polemista, hijo de actor (Lucien Guitry, al que dedicó un frío homenaje en Le comédien), intérprete de sus propias obras y ocasionalmente de las ajenas, mujeriego de profesión misógina, sospechoso de colaboracionismo y excomulgado académico, Sacha Guitry fue también cineasta, sin duda uno de los mejores de Francia.

A lo largo de su carrera, Guitry abordó el género histórico del modo menos genérico. Películas como Remontons les Champs-Élyéees, Si Paris nous étatit conté o la que nos ocupa, Si Versailles m’était conté, son lecciones de historia; sin embargo, quien las imparte es un profesor desenfadado que no pretende sentar cátedra ni hacer pasar sus juicios por verdades, sino representar algunas escenas del pasado, siempre en clave de humor irreverente y con un propósito didáctico heredado de Diderot (esto es, cuestionador, crítico).

No quiere ello decir que a Guitry le falten ambiciones. Por los cuadros animados de su película desfilan tres siglos de historia de Francia; vemos entrar y salir a varios monarcas, a sus esposas y cortesanas, a políticos de cámara y cardenales, a espadachines y embajadores, a médicos y ocultistas, pero también a los titanes empleados en la forja de la cultura nacional, entre ellos Racine y Moliére, Beaumarchais y el citado Diderot, Voltaire y Fragonard (la suma de cuyos nombres daría como resultado Francia, a decir de Luis XV), un etcétera reflejado en el interminable reparto, digno de una película de catástrofes y cuya enumeración agotaría el espacio reservado a este comentario.

Consciente de tanta grandeza y del hormigueo que produce, Guitry hace decir a una dama: «Conmueve pensar que compartimos la misma época», pero al minuto pone en su boca una uva pasa: «Todos somos Luis XIV«.

El director que interpreta precisamente a dicho monarca ironiza sobre ese culto a la divinidad de rey, no tanto porque Versalles fuera hecho a imagen y semejanza de un monarca absoluto, obsesionado por la grandeza y la simetría, sino porque esa identificación del soberano con el Estado y con sus súbditos ha llevado a una interpretación uniformadora del pasado, a una historia contada siempre a través de sus reyes y de las empresas que llevaron a cabo.

Aquí la historia baja de su peana y, parlanchina, se cuenta a sí misma. Con agilidad, salta de un capítulo a otro y pasa deprisa las páginas cuando sus propios hechos le aburren o no divierten al cronista, que no es otro que el director.

Como luego hará Rossellini en La prise de pouvoir par Louis XIV (y más recientemente Albert Serra al glosar la agonía del mismo rey), Guitry orilla a la personalidad en beneficio de la persona. Sólo ésta es capaz de reflexionar sobre las miserias del mundo, así uno de los soberanos, que con cada nombramiento hace «cien descontentos y un ingrato»; o Luis XV cuando acepta ser herido por el padre de uno de sus consejeros, el cual hace mutis al grito de «Viva el rey («Bonita expresión para un regicida», admite su futura víctima), o la última mujer desposada por Luis XIV, que afea al monarca su megalomanía («cuando una favorita actúa como esposa merece ser tratada como tal», dirá luego su sucesor en el trono).

Y si anteponer la gloria a la vida puede resultar funesto («una nación que libra una guerra injusta no es más que una banda de criminales», frase visionaria de Monsieur de Vergennes dirigida al embajador norteamericano Benjamin Franklin), no lo será menos sacrificar el principio de excelencia, guillotinado por los hijos de Voltaire en la hora de la revolución.

No sería del todo injusto ver en la película de Guitry una nostalgia del ancient regime, pero tambien es verdad que su autor prefiere tutearse con la gloria pasada a vérselas con una modernidad engreída. A propósito, el autor ve como un mal necesario la irrupción de la nueva burguesía fermentada en el Segundo Imperio, lo que no le impide ridiculizar su esnobismo, su pequeñez congénita, que asoma durante las visitas guiadas a Versalles, donde la visión de tanta belleza y lujo palaciego lleva a las señoras a preguntarse cuánto habrá costado semejante dispendio.

De una excelencia sólo comparable a su duración, Si Versailles m’était conté culmina con un canto patriótico. En realidad, se trata de otra ironía guitriana: la sagrada bandera se convierte en hoja volandera mientras las multitudes descienden por una gran escalera, en dirección al país. Entretanto la historia permanece arriba del todo, sonriendo para sus adentros.

2 comentarios en “La historia se divierte

  1. De esta película solo conozco fragmentos. Guitry no es quizá un cineasta apto para todos los paladares, pero resulta esencial para pensar las relaciones entre teatro y cine -más allá de los viejos tópicos que aún se siguen repitiendo como lecciones de parvulario.

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    • No, no es un cineasta del gusto (?) actual, pero hay que recordar que varias de sus películas, y en especial esta, fueron enormes éxitos de taquilla. Personalmente, detesto el cine lleno de diálogos y peroratas, pero para esa regla existe la excepción de Guitry, cuyas obras son un monumento a la inteligencia.

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