Historia universal de la pesadilla

El hombre que ríe: Iván el Terrible (Conrad Veidt) trata de detener el tiempo en uno de los alucinantes pasajes del filme, obra capital del expresionismo alemán

WACHSFIGURENKABINETT

(El gabinete de las figuras de cera, Paul Leni y Leo Birinsky, 1923-1924)

COMO LA DEL FRANCÉS JEAN VIGO, la del alemán Paul Leni fue una carrera corta pero intensa. A los quince años ya se había incorporado a la vanguardia del arte alemán, dentro del grupo Der Sturm, y poco después el prestigioso director de teatro Max Reinhardt lo empleaba como decorador y diseñador, faceta que desarrollaría a lo largo de su etapa europea. Ésta concluye con el que quizá sea su titulo más famoso y una de las claves del expresionismo: Wachsfigurenkabinett (en España El hombre de las figuras de cera).

Leni sintetiza aquí dos tendencias del cine expresionista. Por un lado, la visión de la feria como cuna del horror, submundo que libera las potencias malignas e irracionales del ser humano. La idea, claro está, tiene su matriz en el clásico de 1919 El gabinete del doctor Caligari, cuyo director, Robert Wienne, supervisa el trabajo de Leni, secundado en la dirección de actores por un hombre de teatro, Leo Birinsky, del que al final hablaremos.

El joven cineasta adopta además otro recurso en boga, como es la división de la historia en episodios, estructura heredada no sólo (y como se ha repetido hasta la saciedad) de Las tres luces, de Fritz Lang; la división en capítulos y los saltos en el tiempo se hallan en otros filmes alemanes de la época, dirigidos por Murnau, Wilhelm Prager o Richard Oswald

Tras el notable «kammerspielfilm» Hintertreppe (La escalera de servicio), Leni busca dar un golpe de efecto mediante la conjunción de ambos recursos, el espacial de la feria y el temporal de la historia presentada a modo de tríptico, aunque, según Lotte H. Eisner, Leni proyectaba una cuarta historia, basada en las andanzas del bandido Rinaldo Rinaldini, al que tres años después los alemanes dedicarán una película entera. En un célebre fotograma podemos leer su nombre al pie de la figura correspondiente.

Que la película fue planteada con la mayor ambición lo revela su reparto, una plana mayor formada por Jannings, Veidt, Dieterle, John Gottow y Werner Krauss. Todos se pasean como funámbulos por los desquiciados mundos de Leni, quien probablemente miraba de reojo lo que estaban haciendo Pabst y Robison. Tampoco hay que descartar que, además de Caligari, Leni tuviera en mente Figures de cire, realizada diez años antes en Francia por Maurice Tourneur y que contiene, en embrión, varios de los motivos de Wachsfigurenkabinett.

El pretexto que desencadena el triple relato es la visita del escritor encarnado por Wilhelm Dieterle al «Panoptikum», cuyo dueño solicita historias que atraigan al público. Sensible a los encantos de la hija del propietario, el contador despliega sus relatos en los que su imaginación atribuye a los esposos o amantes las respectivas identidades de la joven y del narrador, retomando así el motivo languiano de la pareja vista a través del tiempo y, por así decir, sometida a sus pruebas.

El resultado sorprende por sus marcados contrastes y su no menos patente desequilibrio, no sabemos hasta qué punto debidos al guionista, Henrik Galeen, otro asiduo en las pesadillas cinematográficas de Weimar. El segmento inicial, ambientado en la época de Harun Al-Rashid, tiene un desarrollo mayor de lo que es habitual en el film de episodios, de hecho ocupa la mitad de la película. En su transcurso, Leni sugiere una constante tensión entre la geometría fracturada y angulosa propia del expresionismo y las curvas y arabescos característicos de la arquitectura oriental, que estira, alarga y distorsiona a capricho.

Afín a lo bizarre, Leni llega incluso a proponer irónicas alusiones sexuales a través del decorado: el cavernoso pasadizo oval que da a acceso a las estancias de Zarah sugiere una vagina mientras que los volúmenes del palacio (combados y como a punto de desplomarse) se corresponden con las formas rechonchas y pesadas del rijoso califa interpretado por Emil Jannings. El tono de farsa cuasimozartiana de este primer episodio es reemplazado, en el segundo, por una salmodia cruel, la que proviene de las hieráticas arquitecturas del palacio imperial donde Iván el Terrible (Conrad Veidt) enloquece al tratar de detener el tiempo.

Cuando el filme parece haber agotado su propuesta, Leni imprime un último giro, que a punto está de ser genial. La tercera figura de cera sobre el que el autor debe escribir es Jack el Destripador. Todo apunta a que el célebre asesino, camuflado entre las figuras del gabinete, espera su turno dentro de la película para matar a la pareja y coronar de forma cruel la creación literaria a cuya gestación ha asistido. En realidad se trata de una pesadilla, la que transcurre en la mente del escritor vencido por el sueño y liberado a las fantasías del inconsciente. Perseguido por el matarife, fantasmal y ubicuo, el narrador se ve a sí mismo huyendo junto a su pareja por una feria de calles superpuestas, tortuosos pasadizos, sombras sádicas y luces febriles, en el que es sin duda uno de los episodios más delirantes y angustiosos legados por el cine expresionista.

Los dos artífices de esta fantasía acabaron sus días lejos de Europa. Paul Leni murió prematuramente en California tras haberse laborado una reputación como maestro del horror de la mano del productor, también alemán, Carl Laemmle. En el seno de Universal realizó la que algunos consideramos su obra maestra, The Man Who Laughs (El hombre que ríe, 1928), basada en Victor Hugo, que nunca sabremos si habría sido superada por ese Drácula más imaginado que proyectado (al parecer, con Veidt).

En la otra punta del país languideció años más tarde Leo Birinsky, al que se atribuye la dirección de actores de Wachsfigurenkabinett. En realidad, a Birinsky se le atribuye casi todo lo relacionado con su extraña figura, sumida en nebulosas y falsedades que a veces él mismo alentó. Como Leni, Birinsky desarrolló su carrera americana en colaboración con otros emigrados europeos, desde el único filme que dirigió en EEUU (el simpático Flirtation) hasta los guiones realizados para cineastas como Fitzmaurice o Mamoulian, al igual que él de origen ruso. Probablemente la guerra le disuadió de regresar a Europa. Cuando quiso darse cuenta, ya era viejo. En 1951, solo y pobre, vio cómo la fosa común se abría para él. ♠

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