España profunda

Fernando (Carlos Larrañaga) e Ignacia Vidal (Tota Alba), en una escena de la película inspirada en una idea de Luis García Berlanga

EL EXTRAÑO VIAJE (Fernando Fernán Gómez, 1964)

HOY SE COMPUTA ENTRE LAS MEJORES PELÍCULAS del cine español, pero hubo un tiempo en que El extraño viaje se contaba realmente entre las obras silenciadas de una cultura a la que el franquismo había hecho perder, uno por uno, todos los trenes.

Mientras el Régimen premiaba a sus cineastas, mientras la modernidad pasaba de largo tras recorrer toda Europa, España, sus autoridades, se permitían el lujo de ocultar la película de Fernando Fernán Gómez, que sólo fue mostrada a finales de los 60 en salas de reestreno tras ganarse fama de maldita, lo que no creo que entrara en los planes del director. O tal vez sí.

Como El pisito, como Plácido, como El verdugo, es decir como las películas españolas más agudas y mordaces de los Veinticinco años de Paz, El extraño viaje no se concibió como una película de crítica social. Es sabido cómo nació este proyecto: Fernán Gómez y los amigos de su círculo cruzaron apuestas sobre la aparición de un cadáver en la playa murciana de Mazarrón, hipótesis más o menos divertidas que dieron pie al argumento de Luis García Berlanga convertido luego en guión por Pedro Beltrán y Manuel Ruiz Castillo.

Al igual que sus colegas, Fernán Gómez parece querer burlar a la censura por el mismo lado, el humor negro. Pero antes, el director atraviesa un paisaje trillado por la comedia costumbrista española. El primer acto de la película emplaza al espectador en un territorio familiar, un pueblo cualquiera de la meseta castellana que se dispone a vivir su noche sabatina de verbena, amenizada por una orquestita procedente de Madrid. Las gentes del lugar, las jóvenes parejas, el farmacéutico, los retrógrados vejetes, se van presentando hasta completar un cuadro gris en el que sólo destaca la joven Angelines (Sara Lezana), cuyo palmito alegra sobremanera a los varones y desata la ira de las mujeres (en particular de la «piadosa» mercera interpretada por María Luisa Ponte), educadas como aquellos en la escuela represiva de la posguerra.

Pero este primer acto, en apariencia trivial, culmina con una coda inquietante. Mediante un misterioso movimiento, la cámara guiada por José Aguayo se adentra en la casa de los Vidal, donde asistimos a un macabro esperpento interpretado por tres hermanos, la enjuta y dominante Ignacia (Tota Alba), la aprensiva Paquita (Rafaela Aparicio), siempre a punto de llorar, y una criatura infantil y apocada que responde al nombre de Venancio y al que encarna Jesús Franco. Hay una cuarta persona, presuntamente invitada por «Doña Drácula», cuya presencia intuyen los elementos débiles de la familia, sometidos a la voluntad de su hermana, que amenaza con vender la hacienda y dividir la herencia familiar bajo un pretexto dulce: el viaje a París, platónico destino de todos los infelices.

Tan radical anticlímax marcará el desarrollo de la película, en la que dos universos –el público y el privado, el exterior y el interior, el mundo del vulgo y el representado por la burguesía de provincias, que se aísla para distinguirse y evitar a las «gentes zafias»–, entablan un coloquio a la vez chusco y fúnebre. Como la partitura tragicómica de Cristóbal Halffter. Como la propia España de la época, no tan distinta ni peor que la de ahora. Quizá en esa polaridad resida el retrato más logrado de un país que en público obedecía a sus preceptores, espirituales o castrenses, y en privado soñaba con placeres a trasmano.

No me atrevo a asegurar que El extraño viaje sea la mejor película de Fernán Gómez. Ese honor se lo disputan al menos otras tres películas del autor, La vida por delante, La vida alrededor y El mundo sigue. Por otro lado, no termina de convencerme, por mecánico, por forzado, el giro dramático que se produce con el desfallecimiento de Fernando (Carlos Larrañaga), quien tras manejarse con total sangre fría tanto con Ignacia como con Beatriz (Lina Canalejas), se desmorona a raíz del hallazgo del cadáver en la tinaja y «canta» ante la policía con una contrición y sentimiento de culpa que habrían ruborizado al arribista de Match Point. Pero este defecto (quizá el peaje que había que pagar, pues ningún crimen podía quedar impune en la pantalla) no empaña el mérito de una película que en muchos sentidos sigue vigente y que, desde luego, subió el listón de calidad del cine español hasta una altura que casi nadie logró después alcanzar.

2 comentarios en “España profunda

  1. La sátira suele resistir el paso del tiempo mejor que otros géneros pero, por otra parte, no todo el mundo es Petronio, Goya o Valle-Inclán; como decía este último hace ya mucho tiempo, la realidad española sólo puede darse con una estética sistemáticamente deformada… algo que seguía siendo cierto en los años 60, y quizá aún después…
    Quizá esto explica la fortuna del género en el cine español. Fernán Gómez ha sido uno de sus cultivadores destacados; a tu lista yo añadiría también «¡Bruja, más que bruja!».

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