Larga es la noche

Tras vencer a sus enemigos, Swan (Michael Beck) recibe el tributo de los Gramercy Riffs en la escena final de The Warriors, basada en la novela homónima de 1965, debida a Sol Yurick

THE WARRIORS (Walter Hill, 1979)

EL INTERMITENTE TALENTO de Walter Hill brilló con especial intensidad en los inicios de su carrera como director. Entre 1975 y 1979, Hard Times (El luchador), Driver y The Warriors presentaron a un cineasta duro y expeditivo, atraído por los personajes lacónicos y con un sentido ritual de la violencia. Una mezcla de Fuller y Melville.

En su estreno, The Warriors fue despachada como un mediocre filme de pandilleros y los pocos que la defendieron esgrimieron una coartada culta: la moderna paráfrasis de la Anábasis, texto clásico de Jenofonte en el que se narra la “Expedición de los Diez Mil”, en alusión al contingente militar que apoyó a Ciro el Joven en su lucha fraticida contra Artajerjes, saldada con una derrota en la batalla de Cunaxa en el año 401 a. de C.

Al igual que los mercenarios de Jenofonte, los guerreros de Hill tendrán que atravesar territorios hostiles y enfrentarse a tribus bárbaras hasta llegar al mar, en concreto a las orillas de su feudo, Coney Island, situado a 150 kilómetros del Bronx. Allí los ha convocado el caudillo Cyrus junto a nueve miembros de cada una de las bandas mayores para formar un colosal ejército que se haría con el dominio de la ciudad de Nueva York. El cónclave es uno de los pocos episodios que la pareja de guionistas Walter Hill y David Shaber transfieren desde la sórdida novela de Sol Yurick, publicada en 1965, donde los acontecimientos se suceden en la noche del 4 al 5 de julio, en un Nueva York de pesadilla atravesado por seis componentes del gang, autodenominado Coney Island Dominators.

Hill (que años después tuvo la desdichada idea de reeditar la película, llevándola a la esfera del cómic y plagándola de absurdos reencuadres) respeta la división en etapas propia de las crónicas bélicas de la antigüedad. En cada uno de los episodios, los guerreros hacen frente a un peligro diferente. No hay en su aventura ningún fin noble ni gloria por conquistar, ni siquiera un botín; de lo que se trata es de salvar el pellejo. Todo el itinerario está comprendido entre dos imágenes de la noria de Coney Island, la nocturna, que marca el inicio del viaje, y la diurna, que ampara el regreso con el alba de los guerreros. Entre celada y celada, una disc-jokey, que hace las veces de oráculo, llama al castigo de los deicidas e informa del resultado de los sucesivos enfrentamientos desde una emisora clandestina.

La película tiene una inquietante lectura política, que podría haber resultado aún más incómoda si todos los dominadores hubieran sido de raza negra (como Hill pretendía) y Cyrus un latino megalómano (en el original se llama Ismael Rivera y está mal visto por las facciones supremacistas, ya que no es del todo negro ni blanco). Lo que este propone en asamblea es el establecimiento de una fuerza paramilitar de la que él sería caudillo y que, curioso detalle, cobraría impuestos a policías y delincuentes. Su invitación responde a un delirio mesiánico que el personaje refuerza desde el púlpito mediante gestos grandilocuentes, ropa talar y animosos insultos dirigidos a la concurrencia. Cyrus llama, en fin, a una reorganización de la sociedad, idea jaleada por la mayoría (que ve la ocasión de hacerse fuerte en el número) y mirada con escepticismo por Ajax (James Remar) y Swan (Michael Beck).

A partir de la novela de Yurick, que vendría a ser la versión «underground» de la antigua odisea griega, Hill desmonta cualquier intento de ordenar y jerarquizar la violencia. No sólo Cyrus muere tiroteado por un psicópata (el líder de los Rogues, Luther, que mata por capricho), sino que los propios Warriors, acusados del crimen, pierden a su jefe, Cleon, en el tumulto que se origina tras el asesinato. Son los propios soldados los que, abandonados a su suerte, han de sobrevivir en un universo donde no existe ley ni orden. Añádase que los gladiadores acuden en metro a la cita del Bronx y que deben regresar por su propio pie, bajo la lluvia y acechados por todo tipo de peligros.

En el curso del relato, el director de Invicto marca distancias respecto al original, cuyos personajes actúan únicamente al dictado de la testosterona. Por otro lado, los conceptos de hermandad y de familia desaparecen en la película; aquí los pandilleros obedecen a una táctica de guerilla continuamente menoscabada, primero por la pérdida del líder, luego por la disputa del mando, más tarde por las bajas y escisiones que sufre el contingente en el curso de su huida. Dentro del grupo Ajax y Swan ofrecen, además, ejemplos antagónicos: aquel es el soldado de fortuna, partidario de la rapiña y de “echar un polvo” en el camino de regreso, mientras que el segundo representa al guerrero virtuoso, que se mantiene célibe para mejor hacer frente a la adversidad, de hecho pospone su idilio con Mercy (Deborah van Valkenburgh) so pretexto de que sus tentaciones pertenecen al engañoso mundo de las sombras. “Formas parte de lo que está pasando esta noche”, le espeta en el subterráneo.

Ambos protagonizan uno de los momentos más «setenteros» y menos recordados del filme: dos parejas de lechuguinos suben al vagón de metro en el que viajan los derrengados y sucios expedicionarios; al ver lo arregladita que va una de las chicas, Mercy intenta retirarse el cabello de la frente, lo que Swan impide con un digno movimiento de su mano. Prueba de la capacidad de Hill para resolver una situación sin palabras, a veces con un solo gesto.

Desde hace cuatro décadas mantengo  que The Warriors es una buena película, recorrida por acentos bárbaros (Swan limpia su navaja en la melena de Luther tras desarmarle) y extraordinariamente eficaz en la descripción de ambientes, valga como ejemplo la visita al apartamento de las Lizzies, una emboscada que Hill resuelve en el estilo sincopado de Peckinpah. Escenas como el enfrentamiento con las Furias del Béisbol o la pelea contra los Punks en los aseos del metro deslumbran por su eléctrica resolución, pero lo mejor de la película reside, insisto, en su pintura urbana: cementerios, parques, bocas de metro, sucios corredores, avenidas desiertas, calles húmedas: escenarios que la cámara de Hill describe con pinceladas cortas y rápidas, mientras son escrutados por la mirada animal de Swan.

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