Esperando a los bárbaros

El humano contempla el cadáver de una ballena varada en plaza pública, en la adaptación cinematográfica de Melancolía de la resistencia (1989),  de László Krasznahorkai

WERCKMEISTER HARMÓNIAK (Armonías de Werckmeister, Béla Tarr, 2000)

Si dentro de varias generaciones alguien investigase cómo influyó el milenarismo en las criaturas del año 2000 debería ver Werckmeister harmóniák (Armonías de Werckmeister), una de las mejores películas, si no la mejor rodada hasta la fecha por el cineasta húngaro Béla Tarr.

Aupado al pedestal cinéfilo gracias a la densa y maratoniana Sátántangó, rodada seis años antes, Armonías de Werckmeister emana visualmente tanto de esta como de Kárhozat (La condena, 1988). Con ambas comparte guionista (László Krasznahorkai), la fotografía en blanco negro, los ambientes degradados y su feroz pesimismo, connnatural a las cinematografías del Este y en particular a la húngara, donde quizá Miklós Jancsó haya marcado una pauta decisiva con títulos como Szegénylegények (Los desesperados) o Siroco de invierno.

La película de Tarr toma su título de la teoría musical acuñada por el organista alemán del siglo XVII Andreas Weckmeister, objeto de las divagaciones de György Eszter (Peter Fitz), al que los miembros de su comunidad quieren como líder. El propósito común es restablecer el orden y la higiene en una ciudad caótica y sucia, sobre la que se cierne, para colmo, la amenaza de una invasión. Abrumados por miserias cotidianas, los lugareños ven cómo de repente la llegada de un espectáculo de feria (una gigantesca ballena exhibida por un príncipe supuestamente blasfemo) atrae a trescientos extraños llegados en tren con el fin de arrasar, violar y saquear a sus anfitriones.

Durante buena parte del filme, los bárbaros permanecen en la plaza pública, en torno al contenedor de la ballena, dispuestos a entrar en acción tan pronto como el miedo y la angustia hayan cundido entre sus víctimas potenciales. Una de ellas es el joven János (Lars Rudolph), quien dedica su tiempo a ir de casa en casa sirviendo de mensajero y fámulo a sus tíos, uno de los cuales es el atareado intelectual, aparentemente ajeno a la catástrofe que se avecina y que ha aprendido a vivir con el odio frío de tía Tünde (Hanna Schygulla).

János hace las veces de personaje conductor, una especie de «go-between» ingenuo, desbordado por el curso de los acontecimientos y condenado a ser testigo del horror, es decir, a enloquecer. Por lo demás, la inteligencia impotente frente a los avances de la violencia y la sinrazón es uno de los motivos que recorren la intrincada novela de László Krasznahorkai en la que película se basa. De la adaptación responde el propio escritor, coguionista y aliado del cineasta, para quien también el mal es irreductible.

Todas las hecatombes del cine de Tarr tienen siempre un componente irracional, desde el abandono del padre de familia en la cassavetiana Panelkapcsolat (La gente prefabricada) hasta la violencia desplegada por los forasteros en Werckmeister, donde la sinrazón se une a la desproporción de fuerzas (la desigualdad entre verdugos y víctimas quedará representada por el anciano, desnudo e indefenso en la bañera del hospital devastado, a su vez una metonimia del escenario bélico, donde la violencia se ceba siempre con el débil).

De algún modo esta epifanía bárbara ocupa el lugar dejado por el viejo orden (el de los ex satélites soviéticos), ya desmoronado. Las ciudades de Tarr, como las llanuras de Sátántango y El caballo de Turín, son espacios deteriorados, húmedos, oscuros, pobres; habitaciones de la nada; un conjunto de casas y granjas al borde del desahucio; lugares desolados que, sin embargo, aún se reservan para un castigo mayor, el que entraña la repetición de viejas escenas de dolor y miseria (véase las colas de racionamiento en Prólogo, el famoso plano secuencia dirigido por Tarr para Visiones de Europa).

Ciudades así sólo pueden albergar reliquias entre sus muros decrépitos. En una escena aparentemente digresiva asistimos al baile de tía Tünde con un veterano militar que evoca el pasado glorioso del imperio austrohúngaro a través de la Marcha Radetzky. Los ecos distorsionados de la música se trasladan a una estancia contigua en la que la cámara recoge, en plano frontal, una parodia de instrucción realizada por niños-soldados cuyas figuras se recortan contra la panoplia situada en el paramento del dormitorio-cuartel.

Pero quizá la principal reliquia sea el fenómeno de feria, esa ballena felliniana, embajadora del mundo abisal, descomunal y bella, reflejo de la omnipotencia divina, aunque también una metáfora del papel reservado al Creador en la era de la impiedad: estar en el centro de su Creación, a la vez presente y ausente, inmóvil y expuesto a la corrupción, consternado por la violencia humana pero incapaz de neutralizarla. La última mirada que le dirige tío Györgi es una triste constatación de que el fin del mundo no será cosa de un día. ♠

6 comentarios en “Esperando a los bárbaros

  1. Es cierto que esta película y, con más claridad, la posterior «El caballo de Turín», son como visiones obsesivas de las largas vísperas del apocalipsis; pero por otra parte parece más hija de los años 60-70 que de la época de su realización -en la que el cine de autor europeo entró, salvo las consabidas excepciones, en una fase de conservadurismo formal. La película es muy notable en casi todo (el uso de la música en algunas secuencias me parece efectista e indigno del resto), pero en conjunto no me termina de convencer, y la encuentro inferior a las mejores de Jancsó.

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  2. La que aquí publico es la crítica más favorable que podía hacerle a un director que, en líneas generales, me aburre. Me sucede con todos los sermones, ya se pronuncien en tono bajo (Tarr) como alto (Iñárritu) o en falsete (Haneke). En cualquier caso encuentro mucho de valor en las «Armonías», no así en «El caballo de Turín». Volveré un día sobre «Sátántangó», que, lo siento, me dejó muy frío. Ninguna película de cualquiera de ellos es comparable a «Los desesperados». Pero habrá quien disienta. Para mí el conservadurismo no es problema; el problema es la impostura.

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  3. Para mí también muy superior Jancsó, siendo un cine el húngaro casi en pleno, que no apetece ver nunca. Entrando, los mejores de ambos (este me parece de largo el mejor de Tarr) es denso y se mantiene incólume por mucho tiempo que pase.
    Mucho fan de Tarr había hace unos años y a saber cuántos vuelven a menudo y de verdad a sus películas no para impostar un gusto altivo.

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  4. Muerto Tarkovski, la falta de caza mayor hizo que muchas miradas se dirigieran a Sokurov primero, a Tarr después. No puedo tachar de insinceros a sus admiradores -entre los que me cuento, si bien no en el mismo grado ni de forma incondicional-, pero me temo que esos directores hayan sido utilizados e instrumentalizados, como antaño pasaba con Bergman, Antonioni… A las cinematografías del Este les pierde su mezcla de pretenciosidad y simplonería, pero sobre todo, el histrionismo, mal que ahora reverdece a escala planetaria con «originales» como Lantimos, de cuyos pechos se cuelgan oportunistas disfrazados de cinéfilo. Hecha la generalización, habría que hacer las pertinentes excepciones: Fabri, Jancsó, Szabó, Zeman, Has, Vlácil, Munk… y títulos sueltos de directores sin fama, en cada país, en diversas épocas.

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  5. Vávra, en efecto, y también cosas de Fric, Lamač… Al final nos saldría una lista. Por algún motivo dejamos fuera a Machatý, como si fuera patrimonio de la Humanidad. Así, a bocajarro, de Fabri me gustan «Körintha» y «Dúvad»; de Szabó su «Coronel Redl», supongo que a causa de mi fijación por el imperio austrohungaro.

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