Heroica

El actor francés Harry Baur, años después martirizado por los nazis, encarna al genio de Bonn, de cuyo nacimiento se conmemorará en 2020 el 250 aniversario

UN GRAND AMOUR DE BEETHOVEN (Abel Gance, 1936)

CUANDO EN 1995 SE ESTRENÓ «IMMORTAL BELOVED», llovieron denuestos sobre la película de Bernard Rose. El director inglés había cometido el pecado de enlazar con una tradición obsoleta, aunque reverdecida momentáneamente por el éxito de Amadeus. Me refiero, claro, a los entrañables «biopics» basados en las vidas de grandes compositores. A Rose se le acusó entonces de hacer una película pulcra, académica y trasnochada, pero que yo sepa ninguno de sus detractores le acusó de remedar Un grand amour de Beethoven, el estupendo melodrama rodado en 1936 por Abel Gance.

Desde luego, la visión que el director de Napoleón ofrece del músico de Bonn pertenece a otro tiempo. Su Vida de Beethoven contiene numerosos lugares comunes, influida como está por la lectura de Romain Rolland. Visualmente, la película es vieja; las magníficas interpretaciones son fruto de una sensibilidad propia del XIX; el relato es accidentado, las transiciones son bruscas, proliferan los fallos de «raccord»… Sin embargo, hay en la mirada de Gance una fuerza y un arrojo que tornan apasionante la película. Por obras como J’accuse, La Roue o el citado Napoleón sabíamos ya que para Gance la consecución de su ideal artístico exigía bordear continuamente la desmesura y colocarse a un paso de la catástrofe, abismo entrevisto con una especie de goce suicida. Aun contenido en dos horas de película (estándar realmente modesto para las ambiciones épicas de Gance), su Beethoven no iba a ser una excepción.

No era la primera vez que el director se acercaba a su ídolo. Ya en 1918, había proyectado su admiración en el compositor Enric Damor, atribulado protagonista de La dixième symphonie. Gance se adentra en la biografía de Beethoven sugiriendo una comunión con la cultura alemana que devendría humillante tras la ocupación de su país por las tropas de Hitler. (Ni siquiera el hecho de haber interpretado a Beethoven salvó al actor Harry Baur, muerto tras las torturas infligidas por la Gestapo.)

Pese a todo, Un grand amour de Beethoven es tan alemana en sus modos y en su forma de entender la música como puedan serlo Die verkaufte Braut (La novia vendida), de Ophüls, o Das Hofkonzert, de Sierck, rodadas en la misma época.

Vista a través de Gance, la obra de Beethoven es un noble río que corre impetuoso y heroico, buscando cauces por doquier, así cuando el músico esboza la obertura Coriolano sobre los postigos de una ventana o cuando el tema de la sonata Claro de Luna le es sugerido por la visión en los jardines de Giulietta Guicciardi (Jany Holt), la compañera anhelada e imposible. Una retórica novelesca que también permite vincular el Allegretto de la Séptima con el amor desdichado de Thérèse de Brunswick (Annie Duicaux).

La música lo es todo y todo se expresa a través de ella. Cuando la sordera se declara, Gance expresa con genio el vacío que la música dejará en el mundo sensorial del compositor: éste sale a la calle para que los ruidos abran sus oídos; entre los timbres familiares que busca está el procedente de la herrería; el golpe de martillo no se escucha, pero relampaguea sobre el yunque ante la mirada impotente del músico.

Por supuesto, este Beethoven cinematográfico responde a su leyenda literaria. Es un hombre apasionado, turbulento y sincero, que sacraliza el amor hasta un punto en que le es imposible gozar de sus dulzuras. «La música me condena a vivir», dice cuando le sugieren que su obra le ayudará a olvidar el matrimonio de Gulietta con el conde Gallenberg, compositor de inferior estatura. Pero ese consuelo no puede contenerse en los límites personales, sino que ha de trascender al mundo: una vez en la iglesia, y a modo de regalo, Beethoven convierte la marcha nupcial en una impresionante oda fúnebre, ejecutada al órgano por Marcel Dupré y en la que se aprecian ecos de la Gran Fuga Op. 133.

Abel Gance es al cine lo que Hector Berlioz a la música. Hay en Un grand amour de Beethoven un gusto por el programa filosófico y lo monumental que encuentra su síntesis en el leitmotiv del molino, cuya soledad en el paisaje es la del genio en su época. La película prodiga otros ejemplos de exaltación romántica. Casi al final, la cámara registra la entrada de Giulietta en la cámara mortuoria mediante un untuoso movimiento que enlaza con los tumultos que agitan las últimas horas de Beethoven. En una delirante coda, Gance entra y sale de la mente del músico, amalgamando sensaciones externas e internas: la tardía aceptación de sus obras, una confusión de nieve y aplausos, la conversión del Claro de Luna en un desnudo miserere, y la visita de la muerte, que como en otras películas sobre músicos, esculpe una máscara fúnebre sobre el rostro del genio agonizante. ♠

6 comentarios en “Heroica

  1. Haré lo posible por verla. Los Gance que conozco destacan por su elocuencia, por su exceso, por estar hechos con una serie ininterrumpida de hallazgos.
    A partir de cierto momento (como Griffith, como DeMille) las películas de Gance son (como bien señalas, José Andrés) «viejas», viejas ya en el momento en que se estrenaron. Son obras de otra época, de otro mundo, de su mundo, adelantadas… no del pobre presente.

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  2. Viejo de solemnidad es casi todo lo que se estrena, mero material reciclado que las audiencias toman por nuevo en función de la fecha de producción y la cartelera. Por eso, apliqué la cursiva al ejemplo de Gance, que como otros pioneros franceses (Antoine, Leprince, Poirier, no así Perret o Feuillade) parecen menos afincados en su siglo que en el anterior. Lo viejo y lo nuevo se tocan en el cine francés de las primeras décadas.

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  3. Ya que se trata de música, me parece muy pertinente la comparación de Gance con Berlioz: la mezcla de lo viejo y lo nuevo, la concepción grandilocuente y la belleza del detalle, el refinamiento y el mal gusto.
    Desde luego, esta película pondría los pelos de punta a cualquier purista que se tomara la molestia de verla; es un buen ejemplo de que el cine no tiene nada que ver, en su esencia, con la verdad histórica ni la verosimilitud narrativa. También, junto con toda la obra de Gance, desmiente la idea (moralista, en el fondo) de que la modestia y falta de pretensiones conducen siempre a mejores resultados artisticos que el exceso de confianza en el propio genio.
    Basta con ver la introducción en la que Beethoven consuela a una vecina cuya hija acaba de morir tocando al piano el tiempo lento de la sonata «patética» (aunque lo que suena es una versión orquestal del movimiento). Lo ridículo sobre el papel resulta sublime.

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    • Las versiones orquestales de obras camerísticas son recurrentes en los «biopics» dedicados a Beethoven, el compositor cuya vida más veces ha sido llevada al cine. Como Ludwig fue el primer gran constructor de su mito (del que era muy consciente y que anticipo cuanto pudo) no me parecen mal las libertades que el cine se ha tomado en su nombre. Peores y más falsas son algunas cosas que se han escrito sobre él. Por otro lado, muy de acuerdo contigo: la modestía no siempre es mejor que la megalomanía, ni la falta de pretensiones mejor que su contrario. El riesgo, la valentía, se pueden dar en ambos extremos, rara vez en el medio.

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  4. Apreciado José Andrés. La he vuelto a mirar ayer. Nunca me gustó y mira que me gusta Baur. La encuentro vieja, pedante, pomposa… llena de disparates y rótulos fuera de lugar para su tiempo. Sobra música por todas partes pero dentro de mi enfado encuentro pequeños momentos de luz, de rancia poesía. Efectos de montaje anticuados pero efectivos. La Patética con Baur al piano pero sonando un arreglo para orquesta es demencial. Con todos los reproches, creo que Baur es la viva reencarnación de Beethoven. El mayor acierto de Gance en el film.

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    • La película se presta a tu crítica, siendo como es hija de una visión romantizada de la vida y la obra de Beethoven. Hace varias días tuve las mismas ideas viendo otra sobre LvB, «The Magnificent Rebel», pero disfruté de lo lindo, pese a disparates varios. En fin, cuando se trata de melodramas basados en vidas de compositores suelo perdonarlo todo… a condición de que sean vivos y emocionantes. Ya sé que es todo mentira, ¿pero qué no lo es? En cuanto a Gance, o lo tomas o lo dejas. La retórica engolada, la saturación y la redundancia forman parte de su lenguaje, lo mismo que la inventiva y el vértigo . A su cine sí que le sobran notas. Reconozco que me exaspera y entusiasma (a veces en el mismo plano), pero tiene la belleza de la desmesura, te arrastra a otra dimensión.

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