Aldea maldita

El padre Collins (Trevor Howard) casa al maestro rural Charles Shaughnessy (Robert Mitchum) con Rosy Ryan (Sarah Miles) en la película más maltratada de David Lean.

RYAN’S DAUGHTER (La hija de Ryan, David Lean, 1970)

ESTA ES UNA DE ESAS PELÍCULAS que la intelligentsia disfrutaba apedreando tras el mayo del 68. Lo tenía todo para ello: un director, David Lean, laureado y con sólida reputación académica; un estilo visual limpio, claro, rebosante de bellas composiciones; y, sobre todo, una mirada moral sobre las relaciones humanas que hundía sus raíces en la literatura del siglo XIX, con su tema mayor a la cabeza: la infidelidad.

Es lógico que todo eso irritara en la época de la contracultura y las barricadas. Trasladar Madame Bovary a los acantilados de Irlanda en la Primera Guerra Mundial era a ojos de los nuevos jacobinos una impostura que merecía la lapidación, castigo al que Lean se había hecho merecedor tras la épica individualista y desencantada de Lawrence de Arabia y, sobre todo, tras Doctor Zhivago, donde la sagrada revolución rusa salía malparada.

Transcurrido el tiempo los odios se han suavizado, pero aún cuesta oír una buena palabra dedicada a La hija de Ryan. Incluso los acérrimos admiradores del director, como Steven Spielberg, se muestran más que remisos, decepcionados.

Quizá los motivos del rechazo residan en la naturaleza antipática del filme, en varios sentidos la antítesis de El hombre tranquilo, de Ford. En anteriores superproducciones, Lean imbricaba la experiencia individual en un fresco histórico de proporciones mayúsculas, mientras que aquí la Historia (Irlanda atraviesa un período convulso tras el Alzamiento de Pascua) es un motivo de fondo, un eco proyectado en la mentalidad de unos lugareños que ven en el nacionalismo una desahogo para sus pobres existencias. El director señala la contradicción entre los «elevados» ideales patrióticos y la mezquindad de las gentes, que a la vez que apoyan una causa libertaria condenan la pasión ilícita de uno de los suyos. La réproba se llama Rose Ryan (Sarah Miles), casada con el maestro de escuela Charles Saughnessy (sensacional Robert Mitchum, en el papel más ingrato de su carrera), al que es infiel con un oficial británico (Randolph Doryan: Christopher Jones), enviado por el gobierno de Su Majestad para vigilar las costas del país rebelde.

Comparada con los otros epics de Lean, La hija de Ryan ofrece poca acción o, mejor dicho, poca acción exterior. No es la guerra ni los movimientos de masas los que dan la nota espectacular, sino el paisaje, cuya admonitoria grandeza se alza sobre los deseos humanos más ordinarios y comunes, esos que el padre Collins (Trevor Howard) aconseja no alimentar.

Lo mejor y lo peor se tocan a veces dentro de la misma escena. Un ejemplo: la secuencia en que Rose y el capitán se conocen en la taberna. El monótono compás que marca Michael (John Mills) al golpear su zapato contra la madera trae a la mente del militar el ruido obsesivo de la artillería, que le persigue desde su experiencia en el frente. Habría bastado esa sugerencia, pero el rostro del actor se crispa para que Rose perciba su carga interior mientras una marcha militar irrumpe intempestivamente en la banda sonora, subrayando lo evidente. Por fortuna, Lean salva la escena a continuación, cuando hombre y mujer salen de una artificial penumbra para refugiarse en un beso que entraña la promesa de una mutua salvación.

No soy el primero en señalar la elegancia con que Lean pasa de lo general a lo particular, de un gran paisaje a una emoción íntima, de la exterioridad a la privacidad. Por ejemplo: es fácil advertir el talento con el que está resuelta la escena en la que Charles imagina lo que está sucediendo entre Randolph y su mujer a partir de los indicios que encuentra en la playa (Lean da un paso arriesgado y reúne a los actores en el mismo plano mientras Beethoven acude en socorro del pobre Maurice Jarre, autor de una partitura banal y equivocada, sin el menor aliento lírico); pero hay otros excelentes momentos que pasan inadvertidos y que acreditan a un director, así la transfiguración del rostro de Rose tras haber hecho el amor en el bosque, un cambio que confirma las sospechas iniciales del marido y que la mujer, azorada, percibe al echar un furtivo vistazo al espejo del cuarto, que le devuelve la imagen de una mujer más joven y bella.

Tiene razón Sarah Miles cuando califica de indecente el escarnio con el que se recibió a La hija de Ryan el día de su estreno. Indecencia e injusticia que de algún modo se anuncian en la penúltima escena, cuando el matrimonio abandona la aldea entre abucheos, acompañado por el tonto del pueblo y del sacerdote. Lean presentía lo que le aguardaba. ♠

14 comentarios en “Aldea maldita

  1. No especialmente «Doctor Zhivago» – y no tanto por simplificaciones sino por problemas estructurales – pero sí mucho y desde siempre «In wich we serve», a medias con Noel Coward, «Great expectations» más que «Oliver Twist» – contradiciendo a mi hija -, muy especialmente «The passionate friends», con debilidad por «The sound barrier», grandes momentos resistidos tras pases desde la niñez de «Lawrence of Arabia» y culminando con la hermosa «A passage to India» son mis preferidas de Lean. «Ryan’s daughter» un escalón por debajo, me parece «solo» una muy buena película, que como especificas al final, contiene ya su propia crítica como corolario.

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    • Sí, me temo que lo de «Doctor Zhivago» sea ya una causa difícil a estas alturas. Yo siento debilidad por estas superproducciones de los 60, crecí con ellas y jamás me importaron los desdenes e insultos que la modernidad les dedicó (ay, la modernidad). Coincido contigo en la preferencia dickensiana y también en la debilidad por «The Sound Barrier». Hay un pero que me impidió disfrutar en 1985 de «A Passage to India»: el trato un tanto ridiculizador (y hasta culpabilizador, cosa que no sucede en «Ryan’s») que recibe el personaje femenino, aunque casi todos los de Lean sean algo patéticos; será cuestión de volver a verla. ¿Nadie habla de «Kwai»?

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  2. «The bridge…» me parece notable. Tiene una especie de pugna, lógica una vez conocidas las circunstancias en que se creó, que le otorgan un carácter dual, entre lo grande y lo pequeño, lo importante y lo trivial, el plano general y el detalle, muy interesante. En tiempos fue aclamada y ahora ni por la cancioncilla famosa sería reconocida.

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    • Gracias por salir al quite. Es otra que necesita repaso (¿y cuál no?). De otras pre-épicas también guardo buen recuerdo: “Madeleine”, “Hobson’s Choice”… No tiene una mala. Quizá haya en su estilo un exceso de caligrafía, pero siempre será preferible a lo contrario.

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  3. El caligrafismo – Marcos creo que lo conoce mejor que ninguno de nosotros – tuvo gran respeto en la Italia de los 30 y 40 y movimientos con parecido espíritu aún más – la pintura japonesa sobre todo – así que todo consiste en acotar para revertir el insulto en elogio.

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    • En efecto. Llevado al ejemplo de Lean, me refería a ese formalismo exquisito que la modernidad suele asociar con manierismos conservadores y clasicismos superados. Pero ya sabemos que a la modernidad le gusta hacernos comulgar con ruedas de molino. O de ARCO.

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  4. Todo es una cuestión del punto de vista. Lo que en otros tiempos pudo parecer mera ilustración aplicada (me refiero sobre todo a las películas en blanco y negro) puede verse de otra manera si uno se olvida de las viejas críticas, prejuicios, etc. Precisamente el formalismo de estas películas nos permite conectar con historias y situaciones que, narradas de otra manera, podrían resultar ajenas, trasnochadas o simplemente «ya vistas». «The passionate friends» me parece un buen ejemplo de película muy superior a su argumento (aunque se basa en la novela de un gran escritor).

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    • Siento desconocer la novela de Wells, de modo que no puedo juzgar. Imaginar cómo serían las historias contadas de otro modo es interesante -al menos como ejercicio privado- pero no sé si lleva lejos. ¿Cómo sería una persona si fuera de otro modo? Otra persona. Y volveríamos a empezar. Si «Ryan’s Daughter» es cómo es, se debe a la refinada mirada y la peculiar sensibilidad de su director; de otro modo sería una telenovela o un drama neoacadémico, tipo Terence Davies. Lo del blanco y negro como categoría no lo entiendo. ¿Te refieres a la época en la que mayoritariamente se rodaban así? Perdona, pero ahí me perdí.

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  5. Lo siento, escribí el comentario deprisa y además me he desviado un poco del tema: me refería a las películas de lo que suele considerar como primera etapa de Lean (que, de forma simplificada, he etiquetado como en blanco y negro).

    Aclaro que yo tampoco conozco la novela de Wells: me refería a lo que queda de ella como base argumental de la película, y que me parece poco atractiva como «historia». Lo mismo es aplicable a «La hija de Ryan», y quizá no está de más repetirlo ahora que en el cine y sus aledaños solo se valora lo que tienen de «story telling».

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