El hidalgo estepario

El caballero negro amenaza a Don Quijote (Nikolai Cherkasov) en la adaptación realizada por Evgeniy Shvarts. Fue el primer filme soviético estrenado en España tras la Guerra Civil

DON KIKHOT (Don Quijote, Grigori Kózintsev)

EN SU DISCURSO SOBRE HAMLET Y DON QUIJOTE, el gran escritor ruso Ivan Turguéniev sostiene que todos los seres humanos pertenecen a uno de dos modelos, el creado por Shakespeare o el ideado por Cervantes. Mientras Hamlet representa para él «el análisis y el egoísmo, y por tanto la incredulidad», Don Quijote personifica la fe. ¿En qué? «En la verdad que se encuentra fuera del individuo, pero que es posible alcanzar», ya que el personaje, concluye el autor de Rudin, está imbuido por entero de la «lealtad al ideal».

Turguéniev pronunció sus palabras a finales de 1859. Casi un siglo después, el cineasta ruso Grigori Kózintsev ofreció su propia visión sobre el príncipe danés y el hidalgo manchego en dos películas que matizan, en voz baja, los planteamientos de su compatriota. En sus últimas obras a las que hay que sumar una segunda adaptación de Shakespeare (Korol Lir: El rey Lear, 1970), que cierra su filmografía Kózintsev se aplicó a los personajes, quitándoles el polvo académico y representándolos bajo una luz desnuda, a veces pálida, pero siempre sugestiva.

Interpretaciones personales, que no ilustraciones del clásico; creaciones, antes que recreaciones de los mundos cervantino y shakespeariano. O gogoliano, pues recordemos que a Kózintsev y a su primer colaborador, Leonid Trauberg, se debe la mejor adaptación al cine de El capote (Shinel, 1926), luego recreada por el italiano Alberto Lattuada y por el ruso Alekséi Batálov.

Fuerza es reconocer que, en Cervantes, Kózintsev no tiene mucha competencia. Tampoco en España, donde, con la excepción de Albert Serra, no ha habido cineasta capaz de rayar a más altura que las pantorrillas de Sancho. Antiguamente se habría aducido la versión francesa de 1933, firmada por el alemán Pabst, pero ésta queda por debajo de su homónima rusa, cuyo guion firma uno de los defensores de Leningrado, el dramaturgo Evgeniy Shvarts.

Era el de Pabst un Quijote histriónico y tenoril (no en vano lo interpretó Chaliapin), epatante y consciente de su dimensión universal. Por el contrario, el de Kózintsev (encarnado por Nikolai Cherkasov, protagonista de las películas históricas de Eisenstein) destaca por su poco énfasis dramático; por poner el acento en la singularidad del personaje y la inutilidad de sus esfuerzos; también por su fluida mirada sobre los episodios que componen el original, mezclados libérrimamente por el director ucraniano, que rodó la película en su propia tierra, contando para ello con el asesoramiento del artista español Alberto Sánchez, exiliado desde el 38.

Curtido en las filas del teatro social y del cine soviético de vanguardia, Kózintsev estaba dotado para la síntesis y tenía un gran sentido de la unidad dramática. En Don Kikhot apenas hay altibajos; todo se sucede con naturalidad, no como páginas que van pasando ante los ojos del espectador, sino como cuadros imaginarios. El dominio de la dinámica del plano queda de manifiesto en la escena de la recepción en el castillo ducal, con la justa respuesta que el caballero da al eclesiástico que le reprende: en segundo plano, los cortesanos aparecen dispuestos conforme a patrones geométricos; en el primero, los personajes principales marcan con su mirada puntos de fuga que remiten a los espacios situados fuera de campo.

Kózintsev no llama la atención sobre estos procedimientos. La aparente uniformidad de perspectiva y tono, unida a la lívida gama cromática, confieren a la película un aspecto bidimensional, común a otras películas rusas «del deshielo», rodadas en colores primarios. Por idéntica razón, casi pasa inadvertido el suntuoso movimiento de grúa que relaciona las calles de la villa y el tumulto vecinal que se origina cuando el «gobernador» Sancho se dispone a tomar posesión de su Ínsula (maravillosa anticipación cervantina del esperpento autonómico). Kózintsev lo hace todo fácil; y su mirada delata la confianza en un público formado tanto por aquellos que conocen el libro como por quienes, tras ver el filme, se sentirán animados a conocerlo. Pocas adaptaciones habrán aceptado con más humildad su condición de lugar de paso.

Contrariando a tantos expertos en la obra de Cervantes (entre los que no se halla Nabókov, guía desaconsejable) el director se permite al final otra licencia: no mostrar al hidalgo como un hombre excesivamente arrepentido por sus quimeras, a las que renuncia en su lecho de cordura, que es el de la muerte. En el último plano, la imaginación del buen Alonso Quijano aún exhala una dulce fantasía y vuelve a mostrarnos, incorregible, cómo caballero y escudero regresan a los caminos, vistos ambos en lontananza, difuminados por el ocaso que se cierne sobre los campos de La Mancha. ♠

 

11 comentarios en “El hidalgo estepario

  1. Supongo que adaptar el Quijote de forma más o menos literal es una empresa imposible: las estampas de molinos y aldeanas se adueñan de la función, y los juegos de espejos, la ambivalencia infinita de la novela, se escapan sin remedio. Como bien señalas, incluso lectores perspicaces en otros ámbitos como Nabokov se han estrellado por tomarla demasiado al pie de la letra.
    Entre las películas quijotescas no literales me quedo con «Good Sam» de McCarey y «Nazarín» de Buñuel. La versión de Kozintsev fracasa con dignidad, como el protagonista: me ha gustado especialmente la escena que analizas de la recepción en el palacio de los duques, cómo responde don Quijote a los reproches del clérigo. La suavidad y nobleza de entonación de Cherkasov dan en el centro del personaje: he aquí un don Quijote que no es (solo) ridículo.

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    • Aunque tiene mucho menos prestigio que sus adaptaciones shakesperianas, yo prefiero este Kózintsev “exportable”. Respira mejor y los actores son más divertidos. En todo caso, cualquiera de sus últimas películas en solitario está por debajo de las que hizo con Trauberg en el mudo. A mi juicio, por supuesto. En lo que concierne a Cervantes, Nabókov no se entera de nada.

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  2. El caso de Nabokov tiene algún parecido con el de Lourcelles: su gusto es extraordinariamente fino, pero muy estrecho. Es un guía insuperable para lo que encaja en su estética, pero no solo fue injusto con Cervantes: basta leer sus apreciaciones sobre Dostoyevski, sin ir más lejos.
    Tengo pendientes de ver «El capote» y «Sola», pero estoy de acuerdo en que «La nueva Babilonia» es una película superior, mucho menos marmórea que las del periodo final de Kozintsev.

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    • Me lo quitaste de la boca, pero no solo con Cervantes y Dostoyevski. También con Conrad, por ejemplo. Y le perdona la vida a Stevenson, cuyas mejores obras le dan ciento y raya a su idolatrado «Ulises». Eso por no hablar de «Guerra y paz», esa novela para niños. Se podría seguir. Bajo su crítica del «Quijote» siempre he visto el oscuro propósito de endulzar el paladar a los lectores y universitarios de habla inglesa, a los que canta las bondades de Shakespeare, Sterne, Austen, Dickens…, diciéndoles poco menos que se despreocupen y no se sientan desafiados por el monumento español, que por venir de ahí es muy bruto y soez, y literariamente «no es para tanto». ¡Ay, Señor! Si yo hiciese recuento de decepciones literarias, llenaría varias páginas con los títulos sagrados del canon universal, que no es otro que el canon anglosajón, erigido por los Bloom, Steiner, Nabókov… Antes me dejo guiar por Borges y Calvino.

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  3. Ah, me encanta «La nueva Babilonia» (fascinante y terrible episodio el de la Comuna), pero tampoco nos olvidemos de «S.V.Z.» (Soyuz velikogo dela, 1927). «Odna», también con la Kuzmina, es espléndida. Desde el arranque.

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    • Gracias por la recomendación.
      La literatura (especialmente en la concepción que tenía de ella Nabokov, hija del formalismo ruso) está unida a la lengua. En ese sentido, el cine es un arte más universal, con menos barreras: gracias a los subtítulos, podemos disfrutar de la prosodia de los actores y la sonoridad de la lengua rusa (el cuidadoso trabajo del sonido es esencial en la película de Kozintsev) sin perder el significado.
      No he leído su curso sobre el Quijote, pero no creo que Nabokov tuviera prejuicios genéricos contra la cultura española; de hecho, creo recordar que en «Ada o el ardor» cita con admiración unos versos de Jorge Guillén. Él nunca dejó de comportarse como un aristócrata diletante que salía al campo en busca de unas determinadas especies de mariposas, y cualquier otra cosa que encontrara por el camino era una distracción o un fastidio. Me parece más grave la ignorancia de los «sabios» con aspiraciones de totalidad como Bloom.

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  4. Como todos nosotros, Nabókov tenía prejuicios, algunos de los cuales (el que le había impedido disfrutar de Jane Austen, por ejemplo) llegó a reconocer. En su curso sobre el «Quijote» no arremete directamente contra la cultura española, pero sí aventa el tópico bárbaro personificado por esa pareja que va por el mundo buscando palizas (Papini dixit) y sufre todo tipo de crueldades. Pero… quién habrá entendido mejor esa sordidez (aparejada al escarnio de los ideales) que Cervantes. La España de siempre está ahí, y aún la reconocemos, vívidamente, al releerlo. Lo mismo pasa con la Norteamérica (no menos mezquina) que Nabókov describe en «Lolita». En fin, supongo que ayer me apetecía darle un palo, que es el que yo recibiría, centuplicado, si divulgara mis objeciones a tantos libros y autores que pasan por grandes.

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  5. Sí, supongo que todos nos aferramos a nuestras pequeñas rebeldías personales contra los cánones estandarizados: lo ideal sería cultivar un gusto lo más amplio posible, pero no tenemos tiempo para todo y hay que seleccionar. En cuanto a los cursos de Nabokov, creo que en definitiva revelan más sobre él mismo y su estética (digna de la mayor atención y respeto, salvo por su carácter excluyente) que sobre los autores que estudiaba.

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    • Totalmente de acuerdo. De todos modos, si esto fuera una universidad y te permitieran escoger los profesores, lo tendría claro: Borges y Calvino. En general, de la crítica anglosajona (o asimilada al mundo anglosajón) me fío poco. Y en el cine no digamos.

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  6. En el mundo anglosajón también hay escritores que han acertado a transmitir el placer de la lectura iluminando libros de otros, como V. Woolf o W. Auden. Entre los catedráticos mi preferido es Auerbach, y entre los filósofos Nietzsche, Shestov y Benjamin. Y en territorios más excéntricos habría que citar a Handke, Lampedusa, Paz, Gimferrer, Vila-Matas… Seguro que me olvido de muchos que son esenciales.

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    • Un buen crítico (incluso aquel con el que se puede discutir) es algo inapreciable; el problema es detectarlo. A veces se halla entre los propios escritores, como Zweig o Sábato, de los que solo se conocen sus novelas. Ah, Shestov. Tengo pendientes sus reflexiones sobre Tolstoi y Dostoyevski. Cuántas lecturas aplazadas, cuántos autores por descubrir… En fin, con la excusa de Kózintsev hemos derrotado hacia la literatura, que era la segunda matriz de este blog.

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