El elegido

Stephen Fermoyle (Tom Tryon), ante el cardenal Quarenghi (Raf Vallone), en la adaptación para la gran pantalla de la novela de Henry Morton Robinson, publicada en 1950/

THE CARDINAL (El cardenal, Otto Preminger, 1963)

SE HA REPETIDO HASTA LA SACIEDAD: la carrera de Otto Preminger fue una continua lucha por ampliar los límites de la libertad de expresión en un campo, el cine, vigilado durante décadas por la censura.

Desde los lejanos tiempos de Ambiciosa, la Iglesia Católica tuvo siempre en el punto de mira al audaz europeo, con el que tropezaba periódicamente, ya fuera por la palabra “virgen”, pronunciada en La luna es azul, o por las bragas sacadas a colación en Anatomía de un asesinato. Todo ello es conocido y forma parte de la memoria cinéfila.

Menos polvo ha levantado El cardenal; quizá porque va más allá de la anécdota y porque la compleja e inteligente mirada que vierte sobre la Iglesia no merece incluirse en el memorial de “codazos” y escándalos atribuidos al director.

De hecho, se la considera una película respetuosa con la Iglesia, cuando en realidad es una película respetuosa con los personajes, que no asumen necesariamente el punto de vista del cineasta. En una época en la que la censura empezaba a ceder, el director de Éxodo pudo haberse vengado de la institución religiosa por las múltiples zancadillas recibidas y, sin embargo, adoptó una postura muy premingeriana: analizar, no prejuzgar. El gran Otto no podía hacer una película “a favor” o “en contra” de la Iglesia, eso era demasiado fácil; el desafío consistía en meterse en el corazón del catolicismo, explorar sus contradicciones y, sobre todo, sondear a la institución religiosa a través de los individuos que la sirven.

De entre ellos, Preminger (y antes que él, el autor del original literario, Henry Morton Robinson) escoge a uno: el sacerdote norteamericano Stephen Fermoyle (Tom Tryon), cuya mirada retrospectiva vertebra el filme. Tomamos contacto con él cuando va a incorporarse al Sagrado Colegio Cardenalicio, es decir, cuando en apariencia ha triunfado. Sin embargo, el camino hacia esa meta ha estado jalonado de renuncias y sinsabores que el propio Fermoyle rememorará para el espectador, descubriendo al hombre que hay bajo las ropas talares.

Su recuerdo nos lleva de Estados Unidos a Europa y de Europa a Estados Unidos, describiendo un arco cronológico que pasa por guerras, crisis y el auge de los totalitarismos en el viejo continente. En este cuadro histórico se enmarca el destino de un hombre sin atributos cuya vocación fue elegida por otros y que, durante la primera parte, habla por boca de la Iglesia: primero, forzando la conversión al catolicismo del pretendiente judío de su hermana Mona (Carol Lynley), so pena de no apoyar el enlace; más tarde, decidiendo la muerte de Mona para que sobreviva el hijo que lleva en sus entrañas.

El conflicto moral y la sumisión al dogma marcarán, pues, la experiencia del joven sacerdote en su Norteamérica natal. En Europa, en cambio, luchará por abrirse paso el individuo que hay en él, un hombre capaz de pensar por sí mismo frente a otro que sencillamente obedecía reglas y preceptos.

El epicentro del debate se halla en una escena nocturna. En ella, Fermoyle expone a su protector, el cardenal Glennon (John Huston), los motivos por los que pide que se le dispense de sus votos, voluntad contraria a la de su mentor, que tiene “grandes planes” para él. La gravedad de la conversación, el tratamiento lumínico de los personajes y la puesta en escena retrotraen un momento muy similar: el diálogo sobre el destino de la nación hebrea que mantienen Ari Ben Canaan y su tío Akiva en Éxodo.

Especial interés revisten las dos estadías de Fermoyle en Viena. En la primera conoce a una mujer de mundo, Annemarie (Romy Schneider), de la que se enamora hasta el punto de plantearse el abandono definitivo del sacerdocio (excelente la escena en la que Stephen, al llegar de una fiesta, coloca a la altura de sus ojos diferentes trajes, calibrando a qué mundo pertenece su verdadero yo); en la segunda, el personaje asiste a los preparativos del Anschluss y el quebrantamiento moral del país anexionado por el Tercer Reich, representado tanto por el cardenal Innitzer, cuyo funambulismo político detectado en su día por Joseph Roth revela la ambigua postura de la Iglesia frente a los poderes violentos, como por la propia Annemarie, quien tras simpatizar con el nazismo acaba siendo sacrificada por él.

Preminger, judío austriaco que marchó a Estados Unidos en 1935 tras dirigir el Teatro del Josefstadt, proyecta en sus personajes una reflexión prismática sobre el ejercicio de la libertad. Especialmente, sobre el destino del individuo en un mundo que exige de éste renuncias y sacrificios tendentes al sostenimiento del poder en todas sus formas. ♠

4 comentarios en “El elegido

  1. Debo confesar que «El cardenal» no es una de mis películas preferidas de Preminger: es, desde luego, una película muy inteligente, de apariencia fría pero corazón cálido, suntuosamente fotografiada por Leon Shamroy. Pero los momentos excepcionales me parecen demasiado dispersos, y no encuentro en ella la fuerza acumulativa de otras de sus películas, de semejante o menor envergadura (pues Preminger hizo obras maestras en todos los formatos).

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    • Puede que los admiradores de Preminger difieran mucho en sus preferencias. La mía está encabezada, sin duda, por “In Harm’s Way”, que rara vez veremos ensalzada (en su día se dijo que era muy mala, como la excelente “Éxodo”). Por otro lado, los asuntos de la Iglesia apenas interesan hoy fuera del orbe católico, mientras que por entonces el público acudía a ver “Historia de una monja”, “Las sandalias del pescador”, “Los lirios del valle”, incluso “E venne un uomo”. Todas son películas de un tiempo que ha quedado atrás. Como la propia Iglesia.

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  2. El cine desciende de la ópera y del teatro de variedades, entre otras artes escénicas. De la primera filiación son testimonio los relatos sobre el poder, sus entresijos y corrupciones, que atraviesan su historia, desde Welles y Eisenstein hasta Coppola. Creo que «El cardenal» pertenece a esa línea.
    Muy diferente es el aprecio que siento por «In Harm’s Way» (como tú y supongo que todos los admiradores de John Ford), con sus resonancias de «They Were Expendable» y «Río Grande».

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    • Con independencia del lugar que le asignemos en nuestro escalafón personal, «The Cardinal» pertenece a ese soberbio ciclo que se inicia con «Anatomy of a Murder» (para otros, quizá, con «Bonjour tristesse») y se cierra con «In Harm’s Way», una de las ficciones mejor organizadas que he visto jamás. Son los grandes años de Otto. En mi opinión, por supuesto.

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