Amar, soñar, tal vez morir

La feria de las ilusiones: Emilia (Susana Canales) y Ricardo (Luis Prendes) bailan antes de subir a la noria en una de la cumbres del cine español, basado en Miopita, de Antonio Zozaya 

CIELO NEGRO (Manuel Mur Oti, 1951)

EN EL VERANO DE 2003 nos dejó Manuel Mur Oti, pero a juzgar por el silencio que rodeó la noticia, de la que apenas se hicieron eco algunos periódicos (los nacionales y en particular los de su Galicia natal), pudo pensarse que ya estaba muerto desde hacía mucho tiempo.

En cierto modo, para la cultura oficial española ya era cadáver: un desaparecido, categoría a la que también pertenecía el escritor José Francés, quien, olvidado de todos, se declaraba muerto antes de cumplir con el protocolo de la extinción física.

Todo había jugado en su contra, desde el feroz individualismo a la desubicación crítica que padeció en diferentes momentos de su carrera, en los que le hubiera convenido militar en algún bando que no fuera el suyo propio. Pese a su marcada personalidad y una indisimulada tendencia a la megalomanía, pasó durante muchos años por un cineasta de aluvión, un director «de género». Con demasiada facilidad se prestaba a esa etiqueta: en su filmografía, compuesta por dieciséis títulos los que van desde Un hombre va por el camino (1949) hasta Morir, dormir… tal vez soñar (1975) coexisten policiaco y «western», cine bélico y remedos de tragedia giega, comedia y drama religioso, pero siempre con el melodrama por raída bandera.

Si el público de hoy se asomase a estas obras  las encontraría, en su mayoría, grandilocuentes, trasnochadas o directamente ridículas; sin embargo, la fuerza y vigor de su expresión cinematográfica, su torrencial y valiente forma de abordar los conflictos humanos, sus apasionados himnos al amor loco y al trabajo honrado sitúan sus mejores películas en una dimensión “bigger than life” que contrasta tanto con la estrecha y pacata España de Franco como con el afligido y desnortado país que le ha sobrevivido (no a Franco, sino a Mur Oti).

Para muchos su mejor película es la segunda, Cielo negro, rodada en 1951 a partir de Miopita, relato folletinesco de Antonio Zozaya  publicado en 1922. El título alude a los problemas de visión de Gerarda, una joven modistilla amenazada por la pobreza y escarnecida por un entorno que se mofa del cuento de hadas que ha construido para sobrevivir.

En la película el personaje se llama Emilia (Susana Canales), a la que aquella sociedad le tiende sus trampas con el fin de que renuncie a sus esperanzas y pierda la fe en todo. En su camino se cruzan varios personajes: Ricardo, un viajante que la enamora pero que se pierde tras doblar la primera esquina (Luis Prendes); Ángel, un poetastro que, por encargo, le escribe falsas cartas de amor (Fernando Rey) y, cómo no, las consabidas compañeras de trabajo que conspiran para hacerle fracasar. Sin querer, Mur Oti prepara el camino para Bardem, quien cinco años después, y con el pretexto de Carlos Arniches, rodaría con parecidos mimbres Calle Mayor.

Emilia es una víctima y su itinerario por las calles grises de Madrid, un auténtico vía crucis. Así lo entiende Mur Oti, quien vincula las ilusiones y espejismos que atormentan al personaje con su progresiva pérdida de visión, un tema, el de la ceguera, caro al melodrama y que, por un fatídico designio, afectaría a la propia esposa del director, fallecida un año antes.

Apoyado en la fotografía de Manuel Berenguer, Mur Oti despliega un amplio repertorio de recursos que demuestran su familiaridad con el género. Valga como ejemplo el uso dramático de los espejos y duplicaciones: en privado, Emilia compone una imagen seductora frente al espejo (y lo hace a partir de un rostro habituado a desaparecer bajo las gafas y el pelo férreamente recogido); en público, las jóvenes que asisten al baile imitan poses y se buscan con la mirada, sugiriendo un tácito entendimiento en el que no falta un matiz competitivo: quién será mejor amada.

Cielo 13

Es entonces cuando Mur Oti convoca a otro aliado del melodrama, la lluvia, que adquiere rango protagonista. Su primera aparición coincide con la verbena en la feria, un espacio onírico heredado de Borzage, de Stroheim, de Vidor, de Ophüls. No bien bajan de la noria, los novios se ven separados por un repentino aguacero que los confunde (casi se diría que aposta) entre la multitud; Emilia tienta el suelo en busca de sus gafas extraviadas mientras un payaso, guarecido bajo su paraguas y subido a una tarima, invita a entrar en la carpa mediante extravagantes invocaciones. Como si fuera consciente de su papel dentro de la diégesis, el augusto, interpretado por Vicente Soler, habla de «símbolos del mundo», «espejos de la vida» y «reflejos de la Humanidad», anuncio que parece dirigido a los espectadores antes que a los paisanos que huyen atropelladamente, sin prestarle atención.

Hay algo de alucinante y fantasmagórico en esta escena en que la lluvia parece llevarse todo de golpe. Con parecido ímpetu reaparecerá al final, convirtiendo la novelita de la costurera en odisea y envolviendo su desdicha en una épica a la que contribuyen las repicantes campanas y la emotiva música de Jesús García Leoz, alumno de Turina, que acabará cediendo su puesto a Haendel.

Precisamente el drama alcanza su apoteosis en la escena que sigue al intento de suicidio de Emilia en el Viaducto madrileño. Precedida por la cámara en un largo e ininterrumpido movimiento, la mujer corre bajo la lluvia hasta llegar a la basílica de San Francisco el Grande, donde acude en busca de consuelo. No dudo que esta conclusión —inspirada por el maravilloso Fejös de María, leyenda húngara contrariará a los lectores del republicano Zozaya y levantará más de una ceja por lo que hoy se consideran concesiones a la Iglesia Católica.

Sin embargo, el desenlace conviene a la naturaleza especular del filme y, por extensión, del melodrama. Si en la escena previa la cámara, había sobrepasado a Emilia, mostrándole el abismo en plano picado, en la iglesia la catábasis se torna anábasis: ahora la cámara se eleva mostrando el gesto implorante de la mujer, que tiende los brazos hacia la altura. Desde mi punto de vista, ambos finales el trágico neorrealista y el religioso que lo reemplaza son plausibles y están lejos de anularse mutuamente. ♠

2 comentarios en “Amar, soñar, tal vez morir

  1. La lluvia también tiene un papel importante en el final de «Orgullo». Es cierto que incluso las mejores películas de Mur Oti tienen una construcción dramática grandilocuente y muy poco sutil, y que, vistas hoy, el doblaje no les hace ningún favor, pero la fuerza de convicción del director puede con todas las barreras. «Cielo negro» es mi preferida de las que conozco suyas (seguida por la última, con cuyo título juegas para el de la reseña), y no puedo estar más de acuerdo en que la forma en que Mur Oti filma el desenlace lo hace plausible, necesario, memorable.

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  2. Lamento no ser muy original, pero también a mi «Cielo negro» me parece la mejor; del mismo modo, siento no haber sabido apreciar la última, que perseguí durante años. Las que prefiero a continuación son «A hierro muere» y «Orgullo». También la primera, «Un hombre va por el camino», en buena parte porque la protagoniza Ana Mariscal, a la que se le ha hecho todavía menos justicia que a Mur Oti.

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