Regreso al O.K. Corral

Doc Holliday (Jason Robards), flanqueado por los hermanos Virgil y Wyatt Earp (respectivamente interpretados por Frank Converse y James Garner)

 HOUR OF THE GUN (La hora de las pistolas, John Sturges, 1967)

DOS COSAS LLAMAN LA ATENCIÓN en relación con Hour the Gun. Nunca ha sido reivindicada como uno de los últimos grandes «westerns” y tampoco como uno de los mejores trabajos de su director, el modélico y ordenado John Sturges.

Solo lo primero se explica con facilidad. A finales de los 60 se puso de moda lo que luego se dio en llamar “western crepuscular”: el cine del oeste agonizaba y había que llorar por él (o aguantar la risa, que es lo que en su fuero interno hacen muchos de los que asisten a los funerales). Sturges no era hombre de lágrima fácil; no solo se negó a sumarse al coro de plañideras, sino que hizo una película política, rigurosa y áspera, atenta a los factores éticos y legales que se derivaron del famoso duelo en el O.K. Corral, contado aquí con los planos justos y de la manera más difícil, es decir, haciendo que la historia se derive de ese enfrentamiento armado, lo que frustra la expectativa del público, ya que anula la posibilidad de un ulterior y espectacular tiroteo (todos los que hay en la película son cortos, rápidos, sin pirotecnia añadida).

Sturges no hace la mínima concesión a la mitomanía, una decisión valiente tratándose de la leyenda del sheriff Wyatt Earp y de su amigo, el tísico pistolero Doc Holliday, ya ennoblecidos por John Ford en su inolvidable My Darling Clementine (Pasión de los fuertes, 1946) y diez años más tarde por el propio Sturges en Gunfight at O.K. Corral (Duelo de titanes).

Respecto a su primera aproximación, Sturges hace algunos cambios que equivalen a volver el calcetín del revés. Mientras Duelo de titanes era un “western” épico, arrojado y fulgurante, en la línea de las producciones Paramount de Hal B. Wallis, La hora de las pistolas se revela más reflexiva, tácita y contenida. Este contraste es evidente desde la elección del reparto y, en especial de los protagonistas, allí Burt Lancaster y Kirk Douglas, que dan a la película su tono espectacular y aventurero, aquí James Garner y Jason Robards, dos actores sin carisma, de aspecto ambiguo el primero, velado y taciturno el segundo. Robert Ryan, que ejerce como villano de la función en el papel de Ike Clanton, parece reunir algunas de las características de ambos, aportando al filme otra nota acerba, heredada de Los implacables, donde ya encarnaba a un hombre más interesado por los negocios que por las personas.

En su encomiable sobriedad, la película no incluye zooms ni ralentís, ni chistes baratos ni guiños a ese público que ya empezaba a relamerse con los “spaghettis” venidos de Italia; tampoco hay mujeres, con lo que queda excluido el romance, hasta ese momento condimento indispensable de tantos “westerns” que no lo exigían. Solo tenemos a un “marshall” obsesionado por la legalidad de sus actos y a un lugarteniente enfermo que, en los momentos delicados, ejerce de su conciencia. Para la galería del género queda un momento terrible: Morgan Earp, acribillado a balazos sobre una mesa de billar, confía in extremis a su hermano Wyatt que, contra lo que todos creen,  no ha visto desfilar su vida.

El guion lo firma Edward Anhalt, escritor del cine estadounidense “comprometido” (Kazan, Zinnemann, Kramer, Dmytryk) que dos años antes había colaborado con Sturges en ese raro filme de ciencia ficción titulado The Satan Bug (Estación 3 Ultra Secreto). ♠

4 comentarios en “Regreso al O.K. Corral

  1. Sí, es bastante sorprendente que este excelente western haya sido arrinconado y olvidado en favor de los que se hacían en esa época (desde los infames spaghetti westerns a «The wild bunch», a la que plástica, narrativa y moralmente rebasa con creces) o de la película precedente de Sturges (que, vista junto a esta, desvela a unos personajes que más que seres son tipos).

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    • Vista de nuevo hace unas horas, me sorprendió todo: la ejemplar concisión, los magníficos diálogos, su tratamiento (nada compleciente) de la violencia, la fría fotogenia de paisajes y decorados, el complejo entramado ético… incluso James Garner, de ordinario anodino, está espléndido. Como nada está magnificado se explica que público y crítica hayan pasado de largo.

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  2. No he visto esta película, pero las que conozco de Sturges (entre las que destacaría «Mistery Street») demuestran que fue un director excelente, de una clase hoy definitivamente perdida. Junto al de técnicos, escritores, intérpretes (¡qué gran actor Robert Ryan, por ejemplo!), el trabajo de estos directores explica la calidad media de la producción de Hollywood en aquellos tiempos en que se hacían 500 películas al año… y hasta un poco después.

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