Ha nacido un espectro

Van Helsing (Edward Van Sloan) intenta conjurar la amenaza del vampiro (Bela Lugosi) en el clásico de la Universal basado en la obra teatral de Hamilton Deane y John L. Balderston

DRACULA (Tod Browning, 1931)

COMO ES SABIDO, Bela Lugosi no fue el primer candidato para encarnar a Drácula en la producción Universal de 1931 dirigida por Tod Browning. Pese a que el actor de origen húngaro había triunfado en los escenarios con el Conde, el director apostaba decididamente por Lon Chaney, al que el cáncer impidió coronar su memorable galería de retratos fantásticos.

De algún modo, el destino quería que Lugosi interpretara al vampiro de vampiros, y que Drácula fuese, en varios sentidos, una obra suya. Dotado para el grotesque, Lugosi construyó el personaje al tiempo que su caricatura, como si las futuras parodias estuviesen implícitas en la primera caracterización.

Si ante las cámaras fue el actor quien impuso su peculiar estilo, detrás de ellas el operador alemán Karl Freund confirió a la película su álgida atmósfera. Tal vez por ello, ha quedado en entredicho la autoría de Browning, quien en tesituras poco estimulantes solía dejar el rodaje en manos de los técnicos, según atestigua el actor David Manners, intérprete de Jonathan Harker.

Que el autor de Garras humanas no encontrara apetecible el argumento, resulta difícil de creer; que añorase a Lon Chaney, puede entenderse; pero que el sonoro le pusiera una camisa de fuerza se antoja una explicación insuficiente, ya que a continuación iba a alcanzar su cima con Freaks. Además, era un director de fuerte personalidad, poco dado a delegar cometidos. ¿Por qué entonces Drácula es una obra tan por debajo de sus posibilidades?

Puede que la respuesta se halle en las condiciones de la producción y en el envaramiento que el pretexto teatral impone a la puesta en escena. Drácula no era una sola película sino varias: la muda y la sonora, la teatral y la cinematográfica, la inspirada en Stoker y la dramatizada por Hamilton Deane y John L. Balderston, la imaginada con Chaney y la realizada con Lugosi, la anglosajona que se rodaba por el día y la española que se filmaba de noche con destino al mercado de habla hispana. Tal esquizofrenia hizo que el director no acabara de tomar las riendas del proyecto, perdiese confianza en su aportación y frenase su inventiva, sin que la rivalidad entre los dos equipos (el diurno a su cargo y el nocturno liderado por el gran George Melford) supusiera un acicate creativo.

Por otro lado, el punto de partida limita considerablemente el desarrollo de la acción. No es lo mismo partir de una gran novela que hacerlo de su reducción teatral, imbuida además de las convenciones que la moral victoriana había ido asentando desde las primeras representaciones londinenses. El estudio consideraba que el original narrativo planteaba algunos riesgos (sorteados con genio por Murnau, quien arrostró la demanda interpuesta por la viuda del escritor, indignada con el Nosferatu de 1922), compensados en potencia por el éxito del Drácula escénico, un aval inmejorable.

Tal vez lo fuera para la taquilla, pero no para el filme, cuya dramaturgia resulta algo impostada y externa, corta de fantasía y demasiado representada, lo que afecta a casi todas las escenas que se desarrollan en el sanatorio del doctor Seward, que son muchas. Otro hándicap se encuentra –ahora sí– en las tomas de sonido de la primera época del sonoro, que imprimen a los diálogos un ritmo artificial, declamatorio, aprovechado por algunos actores (en especial por Lugosi) para dilatar sus apariciones en campo. A este artificio contribuye no poco la fotografía de Karl Freund, a menudo notable (véase el prólogo transilvano) pero en ocasiones afectada y retórica, como sucede en el ominoso oscurecimiento del palco donde Drácula habla de la muerte con solemne familiaridad.

Quizá por ello, lo mejor (y más cinematográfico) de Drácula se halla al principio, en el viaje de Renfield por el desfiladero de Borgo y, sobre todo, en la escena de la recepción en el castillo. Allí no sólo aguarda el vampiro sino la idea más valiosa de la obra. En vez de salir de su féretro, Drácula se materializa ante la cámara, que es atraída hipnóticamente por el personaje, cuya mirada hiela el objetivo. El trávelin no solo presenta de súbito al vampiro, abortando la exploración de la cámara, sino que levanta un icono de horror para la posteridad. Lugosi parecía ser consciente de ello. Y aunque Browning hizo los honores, su trabajo quedó ampliamente superado por el que Terence Fisher realizaría para la Hammer en 1957. ♠

2 comentarios en “Ha nacido un espectro

  1. Buen análisis de una película marmórea, que no sobrevive a su mito (al contrario de lo que ocurre con «Freaks»). Me parece que Browning no era el tipo de director capaz de hacer obras de encargo ni adaptaciones. Su talento brillaba sobre todo con historias que él mismo había concebido, en algún lugar entre Poe y Fuller, entre el melodrama sensacionalista y el humor macabro (incluyendo el juego con las expectativas del espectador, que hace pensar en Hitchcock).

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    • Sé que esto que voy a decir puede resultar impopular, pero siempre he creído que Browning, aún siendo un gran y admirable director, podría haber llegado más lejos. Poseía un descomunal talento para retratar lo raro y lo anómalo, un poco como su velado herededo David Lynch (al principio); por eso se me hace extraño su maridaje con MGM, la productora «familiar» por antonomasia. Con todo, su excepcionalidad dentro del cine norteamericano se antoja tan irrebatible como la de Stroheim o Sternberg (y no era europeo, lo que redunda aún más en lo singular de sus elecciones: el circo, los bajos fondos, la deformidad y las mutilaciones, lo siniestro). Entre Poe y Fuller, bien visto.

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