Un réquiem campesino

La naturaleza, solo a veces pródiga, muestra su cara más inhóspita en el primer largometraje de ficción del cineasta camboyano Rithy Panh, coproducido por Francia, Suiza y Alemania

NEAK SRE (La gente del arrozal, Rithy Panh, 1994)

NO FUE HASTA 1984, año en el que Roland Joffé presentó su película Los gritos del silencio, cuando el público occidental supo del calvario sufrido por el pueblo camboyano durante el régimen de los jemeres rojos, que tiranizó el país asiático entre 1975 y 1979.

Uno de los supervivientes de aquel genocidio fue Rithy Panh, quien siendo apenas un adolescente logró escapar del campo de concentración en el que había crecido y huir a Tailandia, desde donde se trasladó a Francia, en cuya capital aprendió el oficio de cineasta.

De regresó a su país, Panh pudo recomponer la memoria de aquel cruel periodo en el que «desaparecieron» más de dos millones de personas y del que nos ha dejado algunos impresionantes testimonios, entre ellos el documental S-21: La máquina roja de matar, y, más recientemente, L’imagen manquante (La imagen perdida).

A la memoria de sus familiares sacrificados está dedicada precisamente Neak sre (Gente del arrozal), su primer largometraje de ficción, rodado en 1994. Sin embargo, la película no trata acerca del confinamiento, tortura, persecución y muerte de sus compatriotas, sino que se centra en el avatar de una modesta familia dedicada al cultivo del arroz y, por lo tanto, en permanente lucha contra un medio hostil.

El cineasta no pretende escoger a una familia que represente a todas, que tenga las mismas tristezas, esperanzas e ilusiones que otras de su pueblo y que, además, esté investida con los dignos atributos de la saga. Muy al contrario, su aproximación a las vidas de Vong Poeuv y de su esposa Yim Om, padres de siete hijas, se caracteriza por su falta de solemnidad épica. Esta familia, nos dice el director, es singular incluso dentro de la pobreza y sus problemas (que comienzan con la fatal espina que se clava en el tobillo del padre) le pertenecen solo a ella, por más que algunos miembros de la comunidad intenten ayudar en la medida de sus posibilidades. La misma sensación de exasperante singularidad (una forma de soledad) acomete a la viuda que batalla en vano a lo largo de Un barrage contre le Pacifique (Un dique contra el Pacífico), basada en la gran novela de Marguerite Duras.

Panh no pronuncia discursos. Tampoco hay preámbulos poéticos ni voces externas que expliquen la relación de los campesinos con un paisaje desesperante. El hecho de estar vivo, de ser apto para cultivar ese suelo fangoso y deleznable, es el único razonamiento posible. «Cuando se está vivo hay que trabajar», asegura Om.

Solo los muertos están exentos del trabajo. Los muertos y todo animal que no sea cuadrúpedo. En Gente del arrozal, como en algunas sagas del filipino Lav Diaz, los bueyes constituyen el único y pasivo aliado del hombre; el resto de las bestias forma un silencioso ejército de fuerzas malignas y activamente conspiradoras, desde el silencioso búho, embajador de la muerte, hasta las escandalosas golondrinas, pasando por toda suerte de criaturas rastreras, como cangrejos, gusanos y serpientes, que o bien amenazan con arruinar la cosecha o anticipan la hora final de los campesinos.

La naturaleza no ahorra padecimientos a los que ya sufren, ninguna divinidad se apiada de los hijos del arrozal. Paradójicamente, la tierra es el común destino de los desterrados, de quienes fueron «deslocalizados», según la jerga política. La memoria del desarraigo cruza por la mente del padre enfermo, quien viéndose cercado por la muerte se retrotrae al momento en el que fue arrojado a los caminos por los soldados del gobierno; un recuerdo dado en analepsis, pero conjugado en presente por el personaje: es como si aquellos fusiles se hubieran convertido en la espina clavada en su pie, como si una cosa se derivara naturalmente de la otra.

Con la misma espontaneidad —si no con una especie de sordo fatalismo, ya que los campesinos jamás se lamentan de su suerte—, la viuda se vuelve loca. Un día habla con su marido para figurarse que aún sigue con ella y al siguiente lo ve trabajando de noche, en el arrozal. Así de simple. Ninguna de las siete hijas encuentra extraño lo que le ha sucedido a su madre, que se aferra patéticamente a su último resto de belleza para encontrar a otro hombre, pasando por prostituta a los ojos del pueblo. En este orden, la locura es un accidente más. Otra espina clavada, no en un pie, sino en la mente.

Dado que la cámara registra estas vicisitudes con aparente y externa «objetividad», podría colegirse que Panh rehúsa proyectarse anímicamente sobre sus personajes. Todo lo contrario. El director presta gran atención a las fracturas y vacilaciones de la conciencia, expresadas siempre a través de miradas cargadas de sentido (la desesperada del padre, al ordenar en vano a la espina que abandone su cuerpo; la exhausta de la madre, ahogada en sus propias lágrimas tras la reja de bambú; la resignada de la hija mayor, Shaka, obligada a cargar prematuramente con su madre y sus hermanas; la hosca de la pequeña Sophon, cuyo bello rostro infantil comienza a fruncirse). Todas estas miradas sirven a Panh para reconstruir la memoria de la caída familiar, contada a través de aquello en lo que nadie osa leer al otro lado del planeta: el dolor y la lejanía, aunados por Rilke en el verso que se cita en los créditos de salida. ♠

2 comentarios en “Un réquiem campesino

    • La verdad, no me lo había planteado; son aproximaciones diferentes. Una me funciona como ficción, la otra como documental, la otra como síntesis creativa… Pero bueno, en la tesitura de elegir una película de Panh, me quedaría con esta. Por el momento.

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