Hermosos y malditos

Complicidad inmediata: Bart y Laurie (respectivamente interpretados por John Dall y Peggy Cummins) inician baja la carpa de la feria su camino de amor y perdición

GUN CRAZY (El demonio de las armas, Joseph H. Lewis, 1950)

HAY PELÍCULAS DE CULTO Y PELÍCULAS DE CULTO. Unas son obsequiadas con ese título al día siguiente de su estreno (bastan con que estén inspiradas en un cómic o que las dirija un amigo de Tarantino); otras, en cambio, se lo ganan a pulso, tras superar la prueba del tiempo.

Entre estas últimas se cuenta Gun Crazy (El demonio de las armas), obra maestra de Joseph H. Lewis, que en Estados Unidos, su país de origen, se distribuyó con otro título —Deadly is the Female— políticamente incorrecto.

Basada en una historia de MacKinlay Kantor (coautor del guión junto a Dalton Trumbo, por entonces en la lista negra, y cuyo lugar en los créditos ocupa Millard Kauffman), la película es un relato vigoroso e intenso construido con los mínimos recursos. Milagro del cine de bajo presupuesto que Lewis obra desde el prólogo: él y su operador Russell Harlan emplazan la cámara en el interior del escaparate de una armería; desde ese punto de vista, vemos al joven Bart Tare (Russ Tamblyn), calado por la lluvia, que se aproxima y rompe el cristal para hacerse con uno de los revólveres, pero en su precipitada huida resbala y es arrestado por la policía. Un prólogo angustioso que, por tono y atmósfera, por el uso de sombras de pesadilla, recuerda el comienzo de Moonrise, de Borzage, rodada el año anterior.

Pero lo mejor está por llegar. No bien regresa del servicio militar (prórroga de su estancia en el reformatorio), Bart conoce en una atracción de feria a Laurie Starr, quien se gana la vida en arriesgados números de tiro al blanco. El joven rebelde se ha convertido ya en adulto, y lo encarna el apuesto John Dall, actor que hizo pocas pero muy buenas películas (además de esta, La soga y Espartaco). Laurie tiene los rasgos aniñados de Peggy Cummins, cuya presentación es antológica, vestida como una amazona de «western» y moviéndose felinamente por el escenario, vista desde la perspectiva de Bart, lógicamente maravillado.

El intercambio de miradas no tiene nada de inocente, pero Lewis se las arregla para hacer como si lo fuera. El director neoyorquino logra amalgamar con sencillez todos los elementos en juego: sorpresa, peligro, amor a primera vista, desafío deportivo y promesa sexual; también ecos de la infancia perdida, etapa de la que viene Bart y en la que el arma sustraída anticipó de algún modo a la muchacha destinada a ocupar el centro de su mitomanía. Cambiando lo cambiable, podríamos estar ante una reinterpretación en clave adulta del primer capítulo de Luz que se apaga de Rudyard Kipling, en la que los huérfanos unen sus destinos a través de las armas. ¿Lo cargamos en la cuenta de Kantor o de Trumbo?

Pero aún es más verosímil que Laurie despierte en el inmaduro Bart la imagen de una mujer poderosa, diestra en el uso de las armas y de todo lo demás: una nueva Annie Oakley capaz de ejercer como pareja profesional, compañera de juegos, novia, madre y hermana, facetas que Laurie desempeñará con exasperado arrojo, llevando siempre la voz la cantante. Quien dice Annie Oakley dice Bonnie Parker o, mejor aún, Belle Starr, la legendaria bandolera cuyo apellido hereda Laurie.

En Gun Crazy, la fascinación erótica tiene dos facetas complementarias: el fuerte, irresistible «sex appeal» de la chica, y su destreza con el revólver. Cuando Bart acepta el reto del feriante y se mide con Laurie, ambos jóvenes se reconocen como sharpshooters a través del intercambio de disparos, trazando así la senda peligrosa que habrá de recorrer su amor.

La carrera criminal de la pareja («No es mujer que haga feliz a un hombre», advierte el payaso en el camerino) viene decidida por el carácter ansioso y destructivo de la chica, que ya «despachó» a un tipo en St. Louis y que no desea medias tintas. Es significativo que los amantes den sus golpes a cara descubierta, casi siempre vestidos de vaqueros, mostrando un atrevimiento exhibicionista y suicida.

Desde que la conoce — sino antes de ese momento—, Bart esta ligado fatalmente a Laurie («como la munición a la pistola») y no puede dejar de seguir sus pasos. Tras un atraco, la pareja decide separarse, pero tan pronto como Bart arranca el coche se ve obligado a dar la vuelta, gesto que es correspondido de inmediato por Laurie. Visual y dramáticamente, los amantes se encadenan y dejan de ser dos para convertirse en uno.

Cada escena está rodada por Lewis como un intento de superar a la anterior en cuanto a síntesis y economía de elementos, práctica que extenderá a su otra gran película negra, The Big Combo. Así, el director californiano resume la noche de bodas en un único plano que muestra a la pareja detenida frente a un decorado que es a la vez motel, restaurante y juzgado. Más tarde, filma el atraco a un banco mediante una sola toma realizada desde el asiento trasero del coche en el que viajan los proscritos, secuencia justamente famosa que luego sería homenajeada por Jean-Luc Godard.

Desde À bout de souffle a Ladrones en la noche, pasando por Bonnie and Clyde, el catálogo de películas en las que ha influido El demonio de las armas es amplísimo y llega hasta nuestros días, como prueba la amanerada cinta post-Dogma Dear Wendy. Pero en 1949, Lewis no sabía que estaba creando escuela. Sólo hacía cine. De su idealismo teníamos sospechas, corroboradas luego por Bogadanovich, quien lo consideraba «el último hombre honesto en una cueva de ladrones». Sus aciertos no son numerosos, pero rodaba con pasión y en Gun Crazy hace lo que se espera de un romántico: situarse impúdicamente cerca de sus personajes, jóvenes y malditos como los que Nicholas Ray había mostrado poco antes en They Live by Night. ♠

2 comentarios en “Hermosos y malditos

  1. «The Big Combo» es también magnítica, pero creo que depende más de la calidad de la fotografía (el trabajo de John Alton es de los que nunca pasa desapercibido); la última vez que la vi, en una copia inadecuada, me bajó un poco su estima por ella. Todo lo contrario puedo decir de esta «El demonio de las armas», perfectamente situada en la órbita romántica de Nicholas Ray. ¿Qué otras películas recomendarías de Joseph H. Lewis?

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    • Ni el de Alton pasa desapercibido ni el de Russell Harlan, a quien tanto deben varios Hawks. También yo prefiero «Gun Crazy», tan singular en su género como «Terror in a Texas Town» lo es en el suyo. Luego recomendaría tanto «The Big Combo» como «The Undercover Man». De sus «westerns», además del citado, sugeriría los dos con Randoph Scott, en especial «7th Cavalry». «The Haliday Brand» solo tiene de «western» el envoltorio y a ratos se toca con Mur Oti. «Desperate Search» y «A Lady without Passport» son muy simpáticas, bastante más que «Cry of the Hunted», sorprendentemente pesada. Paralela a Fuller, «Retreat, Hell!» es un solvente filme bélico. De las primeras de posguerra, encuentro más atractiva «My Name is Julia Ross» que «So Dark the Night» y de entre las anteriores, quizá «The Mad Doctor of Market Street». Puede que haya algo interesante entre sus últimos trabajos para la televisión, pero no lo he detectado.

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