El aya

Bette Davis en su elemento, luego de reiventarse como actriz a comienzos de los 60

THE NANNY (A merced del odio, Seth Holt, 1965)

EL BRITÁNICO DE ORIGEN ISRAELÍ Seth Holt forma parte del grupo de realizadores ingleses que contribuyeron al desarrollo del cine fantástico en las islas, pero cuya aportación quedó ensombrecida por la de Terence Fisher y, en menor medida, por la de Roy Ward Baker.

Curtido en los estudios Ealing, en los que desempeñó varios oficios, e incorporado luego por Michael Carreras a la factoría Hammer, Holt ocupa el lugar intermedio del escalafón junto a otros asiduos del fantastique inglés como Cyril Frankel, Val Guest, John Gilling, Freddie Francis o Wolf Rilla.

No se deberían buscar los méritos del director en su última obra, Blood of the Mummy’s blood (Sangre en la tumba de la momia, 1971), en el transcurso de cuyo rodaje falleció. Lo mejor de su corta filmografía se encuentra al principio, en el «thriller» The Taste of Fear (El sabor del miedo, 1961) y, sobre todo, en su ecuador, donde sobresale The Nanny («El aya»), rodada en 1965 y estrenada en España con un título más obvio, pero no desacertado: A merced del odio.

El director tuvo aquí como aliados al productor y guionista Jimmy Sangster, estrecho colaborador de Terence Fisher, y a la actriz norteamericana Bette Davis, cuyo concurso fue posible gracias a la renuncia de Greer Garson, quien rechazó el papel por creerlo perjudicial para su carrera (¡a esas alturas!), y por la alianza de dos productoras: la británica Hammer, por entonces en su «terrorífico» apogeo, y la norteamericana 20th Century Fox, que nunca descuidó el mercado inglés.

No sabemos cómo habría sido The Nanny protagonizada por la señora Minniver (cuyo almíbar se hubiera mezclado aquí con el cianuro), pero no cabe duda de que la niñera es un papel hecho a la medida de quien lo interpretó. La sagaz Bette Davis se dio cuenta de que el único medio de superar su declive consistía en adecuar su aspecto físico a las nuevas demandas del cine, por lo que se especializó en la interpretación de viejas arpías. Las encarnadas para Robert AldrichBaby Jane y la Charlotte de Canción de cuna para un cadáver— son el cañamazo sobre el que la actriz borda una de sus típicas brujas en The Nanny, basada en un relato original de Merriam Modell, o sea Evelyn Piper, que ese mismo año inspiraría a Otto Preminger una de sus películas más extrañas, Bunny Lake is Missing (El rapto de Bunny Lake).

Aunque convendría leer ambos relatos, se intuye la pertenencia a un tronco común. Tanto en Bunny Lake como en The Nanny hay un elemento realista distorsionado por el comportamiento anómalo de los personajes. Sin embargo, Holt es algo más obvio que Preminger, o si se quiere, menos penetrante. Su mirada cinematográfica no está completamente imbuida del espíritu del Free Cinema, pero sí toma prestados algunos rasgos del cine inglés de crítica social por entonces en boga. La deuda se salda con el retrato un tanto despiadado de esa familia burguesa compuesta por un padre de familia dignísimo pero gélido (James Villiers), una madre traumatizada (Wendy Craig) y una tía casquivana con problemas cardiacos (Jill Bennett). Todos ellos pasan el examen de Joey (William Dix), un niño problemático que debe enfrentarse, por un lado, a la secreta hostilidad de su aya; por otro, a su histérico entorno, y, por añadidura, a su pésima fama, que él mismo fomenta a través de bromas macabras, lo que le ha llevado a ser carne de reformatorio

Mucho más complejo es el retrato de la niñera, una mujer minada no sólo físicamente. Bajo la apariencia de las buenas formas —de una educación más protocolaria que real, reflejada en sus férreos atuendos—, la arpía trastoca verdad y mentira en su atormentada mente, destruida por el recuerdo de una hija que escapó a sus manipulaciones y perdió la vida a manos de un abortista clandestino (el trauma de la maternidad mutilada ya generaba un serio problema en la excelente película de Bryan Forbes Séance on a Wet Afternoon: Plan siniestro, 1964, que podría formar programa doble con The Nanny si no se quiere recurrir malévolamente a su contraria, Mary Poppins). Bette Davis, aquí en su elemento, traduce con maestría la falsa formalidad del personaje, su recóndito impulso destructivo, enfrentado a la crueldad infantil de Joey, que como tantos retoños del cine inglés de los 60 convirtió la palabra inocente en un eufemismo.

A lo largo de la historia, Holt maneja con destreza una sola incógnita: dilucidar quién de los dos, niñera o niño, es el verdadero malvado, de ahí las sospechas que, alternativamente, van cayendo de uno y otro lado. El resultado de su especulación no es apasionante, pero sí de gran consistencia. ♠

2 comentarios en “El aya

  1. Poco puedo comentar, ante mi desconocimiento de la película. Aunque aquí no parece haber sugerencias fantasmales, intuyo una cierta relación con «The Innocents» de Jack Clayton.

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    • En efecto, no hay nada «creepy», al menos exteriormente. En cuanto al motivo de la inocencia corrompida, aquí se trata de la propia de un niño con malas inclinaciones y peor educación; en «The Innocents», la corrupción es más sutil y parece nutrirse de recónditas fantasías adultas.

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